La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

—Ese no es nuestro problema. —La voz de Elira no es brusca, aunque habla cada vez más rápido, igual que camina más rápido y hace más aspavientos.

Está pensando en todo lo que podría pasar, en las consecuencias, en los daños principales y colaterales, y toda ella se acelera para seguir el ritmo de su cabeza—.

¿No estás rompiendo con las tradiciones de Odelia, Astrey?

¿No estás intentando crear un nuevo mundo?

Pues exígele a Daiva que haga lo mismo. Su sistema de gobierno ha sido el mismo desde la fundación del reino y ahora se ha quedado obsoleto.

Que elija un sucesor que no tenga la sangre de Aiva.

Que demuestre que realmente está dispuesta a cambiar.

Después de lo que ha hecho, ya le estamos haciendo un favor al exigir un cambio en vez ir directamente a por su cabeza.

El emperador sigue a su prometida con la mirada, tratando de continuar su hilo de pensamiento.

Todo lo que dice es justo, como cabría esperar de ella.

Y, al mismo tiempo, se pregunta si no podría ser un problema.

Los celestiales han demostrado ser bastante imprevisibles, sobre todo cuando su dios se mete por el medio con visiones y profecías.

Y se han declarado guerras civiles por cosas más insignificantes que un sucesor…

Aunque no es eso lo que más le preocupa.

—¿Y qué hay de las murallas? En la carta dicen que, si les devolvemos a la santa y aceptamos la paz, ellos detendrán el avance de las murallas.

Dejando al margen que ya no tenemos a su santa y por lo tanto no podemos usarla para negociar, me pregunto hasta qué punto tienen ese poder.

Y siguiendo tus argumentos, ya que yo estoy deshaciendo la conquista que mi padre hizo sobre Evren, ¿no deberían hacer ellos lo mismo?

Su prometida frunce un poco el ceño, confusa.

—¿Quieres exigirles que las murallas retrocedan hasta donde estaban antes? Es justo, pero no sé si serán capaces de…

—Quiero que las murallas caigan.

La declaración deja un silencio incómodo tras de sí.

Esa muralla lleva ahí mil años y para los celestiales es uno de sus símbolos más importantes.

El Sacro Reino jamás hubiera existido sin ella.

Pero, después de lo que ha ocurrido, no pueden seguir arriesgándose a que continúe extendiéndose bajo los deseos del próximo soberano egoísta o el capricho de cualquier dios.

Si los celestiales quieren paz, que se ocupen de ella.

Que la derriben piedra por piedra si hace falta.

Ya no hay ninguna Aiva que tenga que esconderse detrás de los muros para escudarse de Saenal.

Y siempre ha habido misioneros en Odelia, predicando sobre Destino a todo el que quiera pararse a escucharlos.

Entonces ¿por qué los brujos no pueden entrar en el Sacro Reino?

¿Por qué deberían conformarse con ver su capital desde lejos?

Si los celestiales quieren formar parte del nuevo mundo que está creando, tendrán que recibir a los brujos y necromantes con los brazos abiertos.

Elira comprende su razonamiento sin necesidad de más explicaciones. Cruza los brazos y cabecea, pensativa.

—Es probable que te respondan que eso no depende de ellos. Lo más seguro es que se aferren a que Destino creó esos muros hace mil años.

—Ese no es nuestro problema. —Astrey paladea las mismas palabras que ha empleado ella hace solo unos minutos—.

Que no hubieran hablado de las murallas como si tuvieran algún control sobre ellas.

Que no finjan que tienen un poder que no tienen solo para asustarnos.

Al final, la realidad es que un pequeño destacamento de Los Elires fue suficiente para pararles los pies en las montañas, ¿no?

Ahora tenemos a toda la Guardia Imperial a nuestra disposición.

Y al Amuleto del Tiempo. Aunque eso no lo dice en voz alta.

Elira lo observa, pensativa. Ella misma tiene que estar de acuerdo en que los celestiales, al final, son bastante inofensivos.

A menos que su dios decida enviar un ejército de celestes para allanarles el camino, sus tropas están hechas solo de carne humana, y ni siquiera las bendiciones divinas pudieron salvarlos de un ataque bien orquestado.

Tal y como él lo ve, en este momento tienen que echarle un pulso a la reina de Daiva.

Y ella ni siquiera tiene tanta fuerza.

Así que Elira asiente y vuelve a acercarse.

Cuando se para delante del espíritu, él extiende los brazos para rodearle la cintura y ella se lo permite, aunque mantiene esa expresión aparentemente desinteresada que no se corresponde con el leve paso que da hacia delante o con la manera distraída en la que le aparta un par de mechones de la cara.

—La idea no les va a gustar —le advierte.

—Quizá. Pero el mundo que queremos crear no necesita murallas, ¿verdad? No tiene sentido ponérselas. Hubo un tiempo en el que no existieron y todo era mejor.

Elira no responde de inmediato. Sus dedos se detienen en la trenza blanca, siguiendo su contorno con las uñas.

—En realidad, no sabemos si todo era mejor , solo sabemos que era diferente.

—Astrey abre la boca para protestar, pero ella continúa—: Pero tienes razón.

No necesitamos un mundo con murallas imposibles de traspasar.

Ya tenemos una historia que nos ha mantenido enfrentados durante muchos años: no necesitamos nada que nos separe más.

El Portador extiende una sonrisa y asiente. Por fin, esto es lo que tenía que pasar. Es justo lo que quería, lo que lleva toda una vida deseando. Poder para cambiar el mundo, para moldearlo a su antojo, para mejorarlo, y alguien a su lado para ayudarlo a decidir la forma que tiene que tener.

Está seguro de que pueden convencer a los celestiales.

La pregunta es si será por las buenas o por las malas.