La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

La carta de Ammarah de Daiva es ridícula.

La ha recibido esa misma mañana de manos de una emisaria celestial que lo observó como si tuviera que contener las ganas de exorcizarlo, pero no sabía qué esperar de su contenido.

Esperaba dejar a los celestiales para cuando se encargase de sus territorios, pero que su reina haya decidido hacer el primer movimiento le ahorra trabajo y preocupaciones.

Sobre todo cuando su mensaje es tan obvio.

En las palabras de la soberana del Sacro Reino se percibe el miedo que le tienen (no sabe si al Imperio o simplemente al objeto que le cuelga del cuello), pero al menos tiene que admitirle la osadía de intentar poner sus propias condiciones cuando debe de ser consciente de quién tiene la victoria asegurada en caso de que se enfrenten.

La tenían en la época en la que el Inmortal reinaba y la siguen teniendo ahora.

Todo lo que pueden hacer los celestiales es ocultarse detrás de su muralla sagrada o intentar avanzar para que esta siga creciendo, pero las tropas se han mantenido quietas y Astrey suponía que era porque entendían las posibles consecuencias de atacar.

El Amuleto está en sus manos.

Y que no vaya a usarlo de cualquier manera no significa que no pueda emplearlo para proteger sus territorios si lo obligan a ello.

«Un buen emperador no solo responde a los ataques: se adelanta a ellos. Si aplastamos a los celestiales, Evren volverá a estar en paz por primera vez en un milenio. ¿No es ese el mundo que deseas?».

Su demonio no deja de molestarlo mientras vuelve a releer la carta, aunque intenta aislarse de su voz.

Ammarah de Daiva no da la impresión de querer atacar, sino acabar con el conflicto que ella misma ha iniciado con su mal llamada «Purificación», pero aceptar sus propuestas significaría ignorar los crímenes que han cometido en los últimos tiempos.

Los pueblos arrasados, las conversiones forzadas.

Que parte de su ejército quedara sepultado en las montañas no es suficiente castigo para pagar todas las vidas que el Sacro Reino ha condenado en nombre de su dios.

Y Astrey está convencido de que la única voz a la que quiere escuchar va a estar de acuerdo con él.

Así pues, aunque tiene un par de ideas para responder a esa misiva, al final la vuelve a enrollar y se dirige hacia la puerta del despacho.

Dos golpes en su lado de la puerta son suficientes para que alguien fuera de la habitación le permita salir…

… o entrar, porque cuando el Portador abre, se encuentra ante él el desorden tranquilo de la biblioteca.

Es obvio que esa se ha convertido en la habitación favorita de Elira dentro de palacio.

Tras devolver la novela de la infancia de Astrey a las estanterías, ha decidido empezar con otras lecturas.

Hay libros allí que ni siquiera están en la biblioteca de Ilan, libros que el anterior emperador reclamó a la universidad para adornar esos estantes.

Tratados sobre el Amuleto del Tiempo, sobre historia antigua.

Algunos se robaron de los reinos que fue conquistando, relegados a ser trofeos de sus hazañas; otros, los menos, fueron regalos para ganarse su favor.

Todos, sin excepción, deben de haber pasado ya por las garras de la princesa de Orlaith, y ha sido ella, de hecho, quien ha sugerido que sean devueltos a sus lugares de origen por medio de los cancilleres que pronto visitarán palacio.

Elira está incluso más nerviosa que él al respecto. Quizá por eso se ha puesto a leer de manera compulsiva, en un pobre intento de pensar en otra cosa. Ahora algunos de los libros por los que ha pasado están por todas partes, en el suelo, en las distintas mesas o en los sillones.

—¿Tienes un momento para mí, mi emperatriz?

La bruja está sentada en uno de los asientos, encogida sobre sí misma, pero alza la vista del tomo con el que estaba y enarca las cejas.

Está preciosa. Siempre se lo ha parecido, pero en los últimos días a veces le resulta difícil apartar la vista de ella.

O quizá es que ya no siente que tenga que apartar la mirada.

Ya no tiene nada que esconder, ni sobre sí mismo ni sobre lo que siente por ella.

—Depende de para qué.

—Para darme tu visión sobre un asunto. —Astrey le dedica una de sus sonrisas mientras levanta la carta que lleva en la mano—. Me vendría muy bien una gran mente política.

Sabe que suena como un adulador, pero funciona, porque Elira entorna los ojos, intrigada, y cierra el libro que tiene entre las garras.

El brujo se acerca y se inclina sobre ella, aunque no suelta el mensaje cuando ella intenta cogerlo.

Su estrategia para conseguir un beso no funciona, sin embargo.

Ella lo engaña cuando se acerca como si fuera a concederle una caricia de su boca y aprovecha que él baja la guardia para apartarse y robarle la misiva.

Al instante siguiente está en pie, paseando por el cuarto mientras la abre.

—¡Eso ha sido trampa! —protesta el brujo.

Elira esconde una sonrisa tras el papel.

—No eres el único que sabe tenderlas, serpiente.

Astrey resopla, pero los labios le tironean mientras se apoya en el reposabrazos del sillón y la sigue con la mirada, sin interrumpirla.

Sabe que no tiene sentido hablarle mientras está absorta leyendo, así que espera mientras gira uno de sus anillos.

Su mano elige, casi sin darse cuenta, la joya de las piedras rojas, esa que ahora le adorna el dedo anular.

Elira la puso ahí en cuanto salió del cuarto de Linette la noche en la que esta volvió a morir.

Tenía el rostro serio y la marca de una lágrima traicionera todavía cruzándole la mejilla, pero no dijo nada y Astrey tampoco preguntó.

No quiso saber los detalles, así que solo dejó que deslizase ese anillo sobre su dedo y que después cubriera su pena con un beso y con las caricias desesperadas que vinieron después.

No han vuelto a hablar de ello.

Con la primera luz del alba, Astrey decidió meter ese recuerdo en el baúl de su mente, junto con todo lo que le duele.

Todo lo que no quiere ver. No ha funcionado igual de bien que otras veces, pero ha adormecido el dolor, la frustración y la sensación de fracaso.

Lo justo para poder volver a respirar. Lo justo como para que sus pensamientos no se centren todo el tiempo en su madre, en el hecho de que su propio tiempo no fue suficiente para devolverla a la normalidad, pese a haber pagado con ese mechón blanco que ahora se trenza todas las mañanas para apartárselo del rostro.

Podría teñírselo, cortárselo, pero quiere que se quede ahí, que le recuerde lo que no pudo hacer, del tiempo que ahora le falta y corre en su contra, de que es más difícil manipular el Amuleto que a la gente.

Lo odia, sobre todo porque a veces se siente tentado de volver atrás e intentarlo de nuevo.

Lo único que se lo impide es ella. Elira.

El presente que tiene sentido porque está a su lado, porque ha aceptado gobernar con él, porque ella siempre mira al futuro independientemente de lo mucho que le pese el pasado.

—No me lo puedo creer.

Su voz lo devuelve a ese instante y Astrey deja las manos quietas en el mismo momento en que ella se gira hacia él, ondeando la carta como una bandera. Cualquier rastro de diversión ha desaparecido del rostro de su prometida y ha sido sustituido por la indignación. Puede entender por qué.

—¿Qué no te crees? ¿Que quieran la paz o que se atrevan a ponernos exigencias?

—Que la mujer que ha escrito estas líneas piense que puede parecer inocente y pacificadora cuando ha exiliado a su propia gente, ha matado y ha obligado a convertirse a su fe a todos los pueblos libres que rodeaban sus murallas —replica ella—.

Estoy segura de que, si la dejaran, si pudiera controlar a su dios, ya habría conquistado Orlaith y avanzaría hacia aquí.

No es mejor que un Inmortal. No es mejor que aquello que dice querer evitar.

Y tampoco puedo creer que piense que sus actos pueden quedar impunes.

El espíritu ha entrado en ese cuarto con la esperanza de encontrar una voz que le lleve la contraria a las que suenan en su cabeza, pero de pronto no está tan seguro de poder encontrarla.

—Daba por hecho que ibas a ser más… comedida, no que me instarías a mandarles de vuelta las cenizas de su carta y de su mensajera.

—Tampoco he dicho eso. Acabas de llegar al poder: no quieres que tu primer gran plan sea enfrentarte a un pueblo que se esconde detrás de una muralla que ni tú ni tus soldados pueden traspasar.

—Elira reanuda su camino por la sala mientras habla—.

Pero la propia reina dice que tú no eres Iraides, que no eres culpable de sus delitos, mientras que ella no puede decir lo mismo.

Todo lo que ha hecho Daiva en los últimos tiempos es culpa suya.

¿Quiere un nuevo orden? ¿Paz? Entonces quizá deberías decirle que, para conseguirla, el Sacro Reino debería seguir el ejemplo de Odelia y empezar de cero.

Astrey enarca las cejas.

—¿Me estás diciendo…? ¿Qué? ¿Que le diga a Ammarah de Daiva que abdique y ponga a otra persona en su lugar? Por muy aterrados que estén los celestiales, no creo que vayan a aceptar eso.

—¿Por qué?

—Porque en esa carta dice que es la única de su familia que queda viva. El trono es su destino y no tiene a nadie a quien nombrar. No…