La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #3
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Darien #3

Darien no puede evitar el estremecimiento que se le cuela debajo de la piel.

En realidad, debería alejarse. Debería poner distancia y dejarlo descansar.

El problema es que no quiere. Ahora que está despierto, que respira junto a él, contra él, lo último que desea es alejarse.

Así que recorta el último suspiro que los separa y vuelve a su boca, a ese hogar en el que nada puede hacerles daño.

Caleb lo está esperando. Al principio, su beso es dulce, cálido, un roce, pero se hace más real a medida que se aproximan un poco más.

Los dedos de Darien se deslizan por su cuello hasta su pecho, los de Caleb ocupan ese lugar en su cadera en el que siempre le gusta descansar.

Son gestos casi inconscientes, automáticos, como si sus cuerpos supieran exactamente en qué lugar del otro encajan y no pudieran evitar buscarlo.

Ahora que están tan cerca, Darien no encuentra motivos para volver a alejarse.

La piel de Caleb está al descubierto y él, de pronto, recuerda demasiado bien cómo se siente recorrerla.

La única vez que lo hizo se sintió demasiado bien perdiéndose en ella.

Mientras daba órdenes y Caleb obedecía y le dejaba hacer, no existió nada más.

Puso su cuerpo a su disposición durante horas, pero no fueron suficientes para que Darien se cansara de tocarlo.

No cree que vaya a ser suficiente jamás.

Sus dedos se deslizan un poco más abajo.

Su piel sigue siendo tan suave como aquel día.

No hay ni rastro de la herida que sangraba hace unas horas, ni siquiera el recordatorio de una cicatriz, y eso lo tranquiliza tanto que lo único que quiere es olvidarse por completo de todo lo que ha pasado ese día.

Quiere repasarle el pecho con los dedos y sustituir por completo el dolor con algo más agradable. Con mejores recuerdos…

Pero Caleb le detiene cuando su caricia le alcanza el estómago.

Darien despierta al notar sus dedos alrededor de la muñeca.

El beso se interrumpe y ambos se observan, en un silencio tenso que tira de ellos.

El celestial está a punto de abrir la boca, de pedir perdón, de avergonzarse.

Pero lo cierto es que no se arrepiente demasiado y no cree que tenga nada por lo que sentir vergüenza.

Quizá simplemente no puede pensar, porque el corazón le late acelerado en los oídos, en los labios, en la punta de los dedos, en todas partes.

Le nubla el juicio, pero no lo suficiente como para ser consciente de que, aunque el necromante lo ha detenido, no le aparta la mano.

Sigue sintiendo su piel bajo las yemas. Está fría, como siempre, en contraste con esos ojos que parecen a punto de derretirse.

Caleb está intentando controlar la respiración y su expresión es contenida, pero Darien lo conoce lo suficiente como para saber que ese no es su aspecto calmado de siempre.

—Deberíamos…

Parar. Caleb no completa la frase, pero está claro que se refiere a eso. Aunque la puerta del cuarto está cerrada, quizá piense que Derek e Ishtar están cerca. No lo están. Hace no tanto que le dijeron que irían a buscar algo de cenar. Con suerte, todavía tardarán un poco en volver.

—Sí —admite la parte más racional de Darien—. Deberíamos.

Pero él tampoco pronuncia la palabra «parar» y ya ni siquiera sabe a qué se refiere.

Solo sabe que nota los músculos del estómago de Caleb bajo los dedos y están tensos y quiere seguir bajando.

Puede que su cabeza y su boca consideren que es una mala idea, pero su mano desciende hasta el trozo de piel que hay por debajo del ombligo.

Caleb respira hondo y le aprieta un poco más la muñeca, pero no lo aparta.

Podría hacerlo, tiene fuerza más que suficiente para alejarlo si quisiera.

Pero quizá no quiera. Eso es lo que le dice su otra mano, la que todavía le toca la cadera y lo aferra como si quisiera retarlo a separarse.

Quizá, en el fondo, quiera lo mismo que él. El olvido. La perdición.

Darien traga saliva.

Su caricia baja un poco más.

Y Caleb decide abandonar por completo el control.

La manera en la que se lanza a por su boca entonces le recuerda a su primer beso, furioso, impaciente, desenfrenado. Fue algo caótico, igual que ahora, cuando la lengua del necromante se cuela en su boca al tiempo que sus dedos se cuelan por debajo de la cinturilla de su pantalón.

La primera vez que pasaron la noche juntos, la primera vez que se desnudaron delante del otro, fue lenta.

Ambos eran conscientes de que tenían todo el tiempo del mundo, una noche entera por delante, así que no se apresuraron y se entretuvieron en las reacciones del otro, en los descubrimientos, en las peticiones a media voz.

Darien llegó a soñar incluso con que tendrían muchas más, con que se aprenderían los ángulos y curvas del otro, con que no necesitaban el Amuleto para detener el tiempo y fingir que estaban solo ellos en el mundo.

Ese día, sin embargo, mientras el sol los deja solos en la habitación y las sombras caen sobre ellos, Darien no puede dejar de oír el tictac de un reloj haciéndose eco por todo el cuarto, cada vez más y más rápido, más y más rápido, más y más rápido.

El sonido se le cuela bajo la piel, le acelera el corazón.

Le arde en el pecho, en las manos, en los besos que se vuelven descuidados, puntuados por jadeos, por palabras entrecortadas que no llegan a ser capaces de pronunciar.

Se les acaba el tiempo.

Y lo único que pueden hacer es aprovecharlo sin preguntarse si el próximo beso desesperado, la próxima caricia, el próximo suspiro, serán los últimos.