La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #2
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Darien #2

—Tienes que despertar, Caleb. Tienes que despertar para que podamos decidir qué hacer a continuación.

Para que podamos… recuperar tu vida. La que mereces.

Tenemos planes, ¿recuerdas? Me… Me prometiste que viviríamos juntos.

Me prometiste esa casa y ese jardín y ahora no puedo pensar en otra cosa.

Yo también estoy cansado. Yo también quiero que se acaben los misterios.

Quiero… una vida ordinaria. La clase de vida que no aparece en los libros de historia, que nadie sabe apreciar de verdad. Porque, si es contigo…

Darien calla. El «valdrá la pena» muere en el aire antes de que pueda pronunciarlo, porque Caleb aprieta los párpados. El celestial siente que se le acelera el corazón cuando escucha el gemido que se le escapa. Después, el necromante gira la cabeza hacia él.

—¿Darien…?

Su nombre nunca ha sonado tan bajo de sus labios, tan dubitativo, pero el celestial no necesita más para echarse hacia delante.

Al fin. Se le escapa una respiración agitada que casi es una risa y Caleb abre los ojos.

Siguen siendo tan claros como siempre, despejados como el cielo del verano.

Durante un instante, el necromante parece perdido, algo somnoliento.

Aun así, le estrecha la mano. Es un gesto débil, pero no importa. Es real.

—¿Como te sientes? ¿Te duele algo…?

Darien cierra la boca antes de poder lanzarle todas las preguntas que le pican en la lengua. Se recuerda que está convaleciente, que no puede agobiarlo, pero eso no hace que su corazón vaya más lento.

—Estoy… —Caleb titubea, como si no pudiera confiar del todo en lo que le dice su cuerpo—. Estoy bien. No me duele.

No parece muy convencido, porque lo siguiente que hace es alzar la mano que tiene libre y palparse la piel.

Darien supone que eso es que recuerda todo lo que ha pasado.

Lo que no sabe es si se siente reconfortado o resignado al ver que no hay ni rastro de herida alguna.

Quizá esperaba haber dejado de ser inmortal.

A lo mejor aguarda ese momento en el que los cortes no se curen, en el que el cuerpo se le cubra de tatuajes y se sienta más unido que nunca al bosque.

—¿Y notas algo diferente?

—Me siento… cansado. —Y darse cuenta de ello debe de aliviarlo hasta el punto de que una sonrisa juega con la comisura izquierda de su boca. Alza las cejas en esa expresión irónica tan propia de él—. Quizá a partir de ahora podamos dormir juntos más a menudo.

Darien deja escapar una risa algo nerviosa y esta vez, cuando los ojos se le anegan, es por el alivio.

Aunque la preocupación no llega a desaparecer, la tensión que lleva horas acumulando se deshace un poco.

Está a punto de echarse a llorar cuando Caleb alza la mano libre y le roza el rostro con cuidado, como si fuera algo muy delicado.

Le pasa las puntas de los dedos por el borde de los ojos, le limpia una lágrima antes incluso de que esta pueda descolgarse.

—Siento haberte preocupado.

Él tiene que contener un sollozo antes de echarse hacia delante e inclinarse sobre su boca.

No está pensando cuando lo hace. Es un arrebato, una forma de demostrarle que, aunque estuviera preocupado, ahora gana la felicidad.

O quizá sea un intento desesperado por sentir que todo vuelve a estar bien.

No importa. Lo único que importa es que Caleb corresponde.

Que enreda los dedos en su pelo, como suele hacer, y lo besa despacio, alargando los minutos, dejando que él se calme contra sus labios.

Funciona. Mientras lo besa, Darien casi es capaz de olvidarse de todo lo que no sea ese gesto, de cualquier cosa que esté más allá de esa habitación.

Casi.

Al final, se separan. Al final, la realidad cae sobre él con más fuerza que nunca y lo obliga a recordar todas las conversaciones que tienen a medias, todas las preguntas que le queman en la garganta. Empieza por la más fácil:

—¿Estás seguro de que quieres darle a Eunomia a Lilith?

Caleb entorna los ojos al escucharlo. Tiene que ver sus dudas, sus miedos, pero no deja que eso le arrebate ni un poco de su decisión.

—Esa espada nunca debería haber entrado en mi cuerpo. Quizá ahora pienses que arrebatármela es un error, que al menos me mantiene a salvo, pero sabes tan bien como yo que es una trampa.

Claro que lo sabe, igual que sabe que la inmortalidad lo hace sentir miserable. Es una trampa porque se quedará solo, una y otra vez. Porque él no eligió esa vida. Pero vuelven a hablar los miedos que resurgen cuando recuerda los gritos de Caleb, las manos de Ishtar dentro de su pecho.

Daría lo que fuera por quitarse esa imagen de la cabeza.

—No viste cómo estabas. Había… Había sangre por todas partes y te curabas muy despacio y… —Odia sonar como lo hace, casi suplicante. Odia que parezca que está poniendo excusas—. ¿Qué pasa si la siguiente vez no te curas? ¿Qué pasa si es eso lo que…?

—No sabemos qué es lo que va a pasar —le recuerda el necromante con esa calma que él envidia más que nunca.

No sabe cómo es capaz de mostrarse tan tranquilo después de lo que ha pasado—.

Eunomia y Dysnomia funcionan de manera diferente, ¿no?

Quizá sacarme la espada de Destino ni siquiera me abra una herida.

—Pero ¿y si lo hace?

—Tomaremos precauciones. Esto nos ha tomado por sorpresa, pero estamos en Arsay. Podemos buscar un necromante o un poblado cercano antes de sacar a Eunomia. ¿Eso haría que te quedaras más tranquilo?

Apenas, pero supone que no tiene muchas más alternativas.

A estas alturas, solo pueden seguir adelante, sobre todo cuando Caleb está tan decidido.

De todos modos, puede que todavía tarden en conseguir arrancarle la segunda espada.

Primero tienen que encontrar a Lilith. Supone que el siguiente paso será ir a la Fosa de los Infieles, buscarla allí, pero quizá no la encuentren y su rastro se convierta entonces en algo difícil de seguir.

Darien suspira, sin querer seguir pensando en ello, y se inclina para apoyar la frente contra el hombro de Caleb en un gesto de pura rendición.

—Está bien —susurra a regañadientes.

El necromante enreda los dedos en sus cabellos, juega con ellos, deja caer un beso sobre su coronilla.

Después de pasar parte del día entre visiones y estando tan pendiente de Caleb, después de todo el miedo y la tensión, la manera en la que lo toca le relaja el cuerpo, le insta a cobijarse contra él.

—No te preocupes, celestial. —La voz del necromante es una caricia en su oído—. No me he olvidado de nuestra casa con jardín.

Un escalofrío le recorre la columna. Es una sensación de anticipación muy parecida a cuando Caleb toca el medallón que sigue llevando al cuello, pero esta vez no tiene nada que ver con la joya, sino con esa promesa de futuro.

No hay nada que quiera más.

Sus miradas se encuentran de nuevo cuando levanta la cabeza.

El rostro de Caleb está muy cerca, tanto que solo tendría que estirarse un poco para poder alcanzar su boca de nuevo.

Quiere hacerlo. Quiere que su beso vuelva a emborronar el mundo, que le haga pensar que no existe mucho más aparte de ellos.

Se acerca, de hecho. Alza una mano y le roza la mejilla con la punta de los dedos mientras se inclina. Nota su respiración contra la piel.

—¿Seguro que estás bien? —susurra.

Su boca ya casi le toca cuando él responde:

—Estaré mejor cuando me beses, celestial.