Darien
DARIEN
Derek es el primero en reaccionar. Es él quien evita que Caleb se desplome y lo sostiene con facilidad, como si no fuera más que un muñeco hecho de tela y paja.
Ishtar, todavía abrumada por lo que acaba de suceder, toma aire y aprieta los dedos con más fuerza alrededor de la empuñadura de Dysnomia.
Sus ojos pasan del negro al castaño y las líneas bajo su piel pierden intensidad hasta volver a convertirse en los trazos delicados de un pincel.
Darien, en cambio, lo observa todo como si él no terminara de ser parte de esa escena, como si las imágenes que acaba de vivir pertenecieran a una pesadilla de la que él no es capaz de despertar.
Su mirada se desliza hasta su propia mano, vacía después de que los dedos de Caleb resbalasen, sin fuerzas, entre los suyos.
Le sorprende descubrir que tiene cuatro medialunas grabadas en el dorso, porque ni siquiera siente dolor.
—¿Está…?
No es él quien comienza esa pregunta que no quiere ni pensar. Ishtar ha dejado la espada en el suelo, a un lado, y se inclina hacia delante con la ansiedad escrita por toda la cara.
—Está curándose —responde Derek—. Parece que más lento de lo habitual, pero está dejando de sangrar.
Darien jadea. Es la mención a la sangre lo que hace reparar en toda la que hay a su alrededor.
En el pecho de Caleb, empapándole la camisa.
En las manos de Ishtar. En la espada. Su color rojo lo deslumbra, se le cuela dentro de la cabeza y emponzoña cada uno de sus pensamientos, que se mueven en círculo.
Todavía le parece oír, por debajo de los gritos, el sonido húmedo y desagradable de unos dedos rebuscando entre la carne y los órganos.
Todavía nota esa energía extraña que crepitaba en el aire como el anuncio de una tormenta.
—¿Darien?
El celestial da un respingo y la realidad le cae encima como una losa.
Sus compañeros lo están mirando, pero ha sido la princesa quien ha pronunciado su nombre.
Su expresión de preocupación es muy parecida a la que tenía hace un minuto, mientras observaba la herida de Caleb, pero él no tiene el pecho abierto, no se ha quedado inconsciente, no está más indefenso que nunca.
—Va a ponerse bien, santito —le asegura Derek antes de hacerle un gesto con la cabeza hacia la puerta—. ¿Por qué no salís fuera? Que os dé el aire. Y traedme un poco de agua.
Darien empieza a negar, incapaz de pensar en la idea de separarse del necromante. Ishtar, en cambio, se pone en pie y trata de limpiarse las manos manchadas de sangre en la falda.
—No —responde el celestial—. Quiero quedarme. Quiero estar aquí y…
—¿Y qué? —La mirada de Derek es inflexible—.
¿Sentarte a su lado a pensar en todas las cosas que no puedes hacer por él, incluyendo tocarlo, porque estás demasiado alterado?
¿Frustrarte porque la curación es lenta y hundirte en tu propia cabeza?
Eso no lo va a ayudar en nada. Sal de aquí, hazme caso. Lo necesitas.
Está dispuesto a protestar, a discutir, pero Ishtar asiente.
—Derek tiene razón. Y yo necesito quitarme toda esta sangre de encima.
Darien aprieta los labios y lanza otro vistazo al rostro dormido del necromante.
Siempre ha sido pálido, pero hoy su tono de piel le resulta enfermizo.
Aun así, sabe que es cierto: no hay nada que pueda hacer por él, aparte de volverse loco contando los minutos que tarda en responder.
Ni siquiera va a poder volver a cogerle de la mano hasta que no se relaje un poco.
Ahora mismo podría hacerle daño sin querer.
Si no deja de pensar en lo que ha visto, en la sangre y la espada y su cuerpo rompiéndose, quizá convoque el recuerdo y lo obligue a revivir el dolor.
Es eso lo que hace que se ponga en marcha: el sufrimiento que pueda provocarle si se queda cerca.
La casa está en penumbra, pero fuera el sol brilla y la luz le hace daño en los ojos en cuanto sale.
Ishtar camina delante y él se deja guiar, sin saber muy bien hacia dónde se dirigen.
Supone que van al río que vieron de camino, el mismo en cuya orilla solían sentarse Caleb y su padre hace mucho tiempo.
Le parece escuchar la canción propia del agua fluyendo en la lejanía, pero también risas y voces que han escapado del pasado.
Recuerda a Muerte diciendo que Valerick le dio a su hijo años que se quitó a sí mismo y se pregunta cuántos serán.
Cuántos le quedan. Cuánto tiempo va a poder retenerlo a su lado.
Ni siquiera es consciente de que se ha detenido hasta que se da cuenta de que Ishtar se para varios pasos por delante.
A él los pies le pesan como rocas y la cabeza, que inclina hacia delante, también.
Sus dedos buscan las marcas de las uñas de Caleb en el dorso de su mano.
Ahora sí siente el dolor. Uno que no sabe cómo encarar, que se le ha metido en los huesos, que le corre en las venas.
—Lo va a matar. Sacarle las espadas lo va a matar.
El pensamiento se le escapa, se convierte en palabras antes incluso de que él pueda pensar en detenerlas, y es todavía peor cuando lo escucha de su propia voz. El miedo rompe la presa tras la que lo estaba conteniendo y lo inunda todo, tira de él hacia abajo, cada vez más lejos de la superficie.
Ishtar se acerca. Cuando levanta la vista para observarla, ve en su expresión el rastro de los mismos miedos que lo sacuden a él, pero también precaución. Aunque hace calor, se abraza el cuerpo como si la sangre en la que está empapada le hubiese helado la piel.
—No lo sabemos. Lo que le ha sucedido a Caleb es… excepcional. No hay nada con lo que podamos compararlo, así que es imposible que sepamos qué va a pasar.
Tiene razón, pero…
—No deberíamos seguir adelante. Es… Es peligroso. Es arriesgado.
—Pero es su decisión. —Ishtar baja la vista—. No podemos dejar que nuestro miedo elija por él, Darien. No sería justo. Caleb se ha pasado toda la vida buscando respuestas y ahora tiene derecho a decidir qué hacer con ellas.
Quizá estaba mejor sin esas respuestas. Quizá todo lo que está pasando es responsabilidad suya, por ayudarlo a encontrarlas. Quiere decírselo a su amiga, admitir que se siente culpable por haberse empeñado en descifrar todo ese misterio.
Pero lo que se le escapa es algo mucho más sencillo:
—No quiero perderlo.
La voz le sale rota, tan miserable y repleta de ansiedad como se siente.
Contra eso Ishtar no puede discutir. Probablemente lo entiende mejor que nadie.
Ella sabe lo que es sentir el mismo miedo que lo azota a él como una tormenta, la misma desesperación que la impulsó a suplicar que alguien usase el Amuleto del Tiempo para resucitar a la persona que ama sin pensar en nada más.
Darien no va a hacer eso, sabe que Caleb no querría que lo hiciera y ya ha visto la misma historia repetirse demasiadas veces, pero quizá por eso duele tanto.
Porque, si lo pierde, si arrancarle las espadas acaba con él, no va a haber vuelta atrás.
La princesa no dice nada. Nunca le ha importado que sus propias heridas salgan a la luz, que sus recuerdos y temores caigan encima de los dos, así que se echa hacia delante y lo abraza con todas sus fuerzas.
Darien siente su cuerpo cálido a través de la marea que trata de llevárselo, una roca a la que aferrarse en medio de la riada.
Se aferra a ella, desesperado.
Pero el miedo no se va.
Caleb todavía duerme cuando el sol comienza a ponerse.
Darien lo observa, con la mano entrelazada en la suya, esperando algún cambio en su rostro: una mueca, una sonrisa, algo que al menos le indique que está soñando.
Ni siquiera puede asegurar que el leve color que ha aparecido en sus mejillas no sea un truco de la luz.
En su pecho descubierto, limpio después de todo el tiempo que el celestial ha dedicado a hacer desaparecer la sangre, la herida profunda que tenía hace unas horas ha desaparecido sin dejar rastro.
Mientras lo vela, Darien repasa todo lo que han descubierto ese día.
Piensa en Valerick, en Nilam, en Tabitha.
Piensa en el parentesco entre Nathan y ese chico que ahora duerme en el suelo, sobre una cama improvisada hecha con mantas.
Lo han movido de la sala principal al que fue su dormitorio en otra época, aunque no se lo ha dicho a nadie: tan solo ha señalado que es una de las pocas partes de la casa que tienen el techo entero.
Aquí durmió, aquí pasó su convalecencia. Aquí murió y resucitó.
Aquí vuelve a estar, como si no hubiera pasado el tiempo, a pesar de que ni él es el mismo ni le acompaña ya ese padre que habría hecho cualquier cosa por él, que sufrió a su lado cada instante de su enfermedad.
Sabe, por los recuerdos de Valerick, que ese hombre solía hablarle cuando se quedaba junto a su cama, así que él también lo ha estado haciendo.
Espera que lo ayude. Espera que su voz llegué allá donde esté y que solo tenga que seguirla para poder reunirse con él.
Le ha hablado de cosas estúpidas, de anécdotas del Templo o de lo irónicas que le resultan ahora las primeras conversaciones que tuvieron.
No se reconoce en el chico al que atacó en la basílica y tampoco lo reconoce a él en la persona fría y cruel que pensó que sería, pero, sobre todo, le parece increíble el camino que han hecho para llegar hasta ese momento, hasta ese lugar.
Hace unos meses ni siquiera se conocían.
Hace unos meses, Darien estaba seguro de que su vida iba a ser muy diferente, estática, solitaria, anclada en la clase de rutina que lo habría hecho marchitarse poco a poco.
Al final, sin embargo, tras mucho tiempo hablando de cosas irrelevantes, pasa a pronunciar deseos en voz alta. Hace unas cuantas noches le pidió algunos a las estrellas fugaces, pero lo cierto es que tiene mucha más fe en ese chico que ahora duerme junto a él.