Caleb #2
Caleb lleva tantos años sin temer a la muerte, consciente de que nunca vendrá a por él, que por primera vez en mucho tiempo se estremece al pensar en ella. De pronto, tal y como lleva toda una vida queriendo, perder la vida es una posibilidad y él…
Él siente que se le cierra el estómago ante la idea de su propio final.
Darien se ha quedado lívido, consciente de que Ishtar tiene razón.
Ha estado tan preocupado por desentrañar el pasado, por encontrar las claves que puedan concederle su deseo de volver a ser mortal, que probablemente él tampoco ha reparado en lo que eso podría llegar a suponer.
Ahora que lo entiende, lo mira con miedo, con el mismo terror a perderlo que conoce de muchas vidas antes.
Aun así, tras esos primeros segundos, el celestial toma aire y baja la vista.
Con cuidado, busca la mano de Caleb y entrelaza sus dedos en una muda señal de apoyo.
Porque, por mucho que le asuste la idea de perderlo, no va a cometer los errores de sus antepasados.
Respetará su decisión, sea la que sea. Traiga las consecuencias que traiga.
Caleb encuentra su propia seguridad en ese agarre.
—No quiero morir —admite tras volverse hacia Ishtar—.
Todavía no. Quiero… Quiero disfrutar de una vida tranquila, sin más secretos del pasado ni preocupaciones para el futuro.
Pero eso no va a pasar mientras siga siendo inmortal ni mientras el Amuleto todavía exista.
No quiero morir, pero tampoco quiero seguir viviendo como hasta ahora.
Darien no dice nada, pero le aprieta un poco más la mano.
Ishtar traga saliva, insegura todavía, pero Derek deja una caricia sobre sus cabellos que la obliga a fijarse en él.
No dicen nada. Hablan sin palabras y, como si en esos ojos ella encontrara el valor o la comprensión necesaria, al final baja la vista y asiente.
—Lo intentaré.
Caleb respira hondo cuando la bruja se arrodilla frente a él.
Se siente inquieto, abrumado por una incertidumbre a la que no está acostumbrado.
No sabe qué va a pasar, qué va a sentir, pero lo peor es no saber si va a funcionar.
Si Ishtar no puede arrancarle a Dysnomia de dentro, no sabe quién podría conseguirlo, y no cree que su inmortalidad vaya a desaparecer si una de las dos espadas se mantiene en su interior.
Seguirá alimentándose de ella, lo quiera o no.
La bruja extiende una mano hasta su pecho. A Caleb la sensación le resulta extraña, porque no está acostumbrado a que nadie más que Darien se acerque tanto, pero eso es todo. No le hace daño. No hay ni debilidad ni confusión. No se parece en absoluto a lo que sintió cuando lo tocó la santa.
—No siento nada —murmura Ishtar—. ¿Debería?
No está seguro, pero Lilith lo sintió. Supo desde el primer momento que había algo extraño con él, incluso si parecía tan confusa como el propio Caleb. Aunque, como Derek ha dicho, los brujos y los celestiales nunca han funcionado igual.
—Piensa en ella —sugiere—. Usa… Usa tus poderes, si es necesario.
—¿Estás seguro?
Él asiente, aunque Ishtar todavía tarda un poco más en llenarse de la seguridad que necesita. Titubeante, intercambia una mirada con Darien, que trata de sonreírle.
—Todo irá bien.
Caleb no sabe si las palabras del celestial son para la princesa, para él o para sí mismo, pero se aferra a ellas de todas formas.
Ishtar también, porque cabecea y cierra los ojos, dispuesta a agarrarse a esa promesa.
Aunque le tiembla un poco el pulso, su expresión se cubre de decisión.
Pese a ello, al principio no pasa nada. Los segundos se deslizan entre el grupo en una tensión sostenida.
Y después lo siente.
Empieza como un cosquilleo desagradable bajo la piel.
Es apenas un calambre que se extiende desde la carne y hacia dentro, recorriendo músculos, tendones y huesos.
A medida que Ishtar se concentra, sin embargo, se convierte en algo más.
Mientras el aspecto de la bruja cambia y las venas negras que vieron el día en que hizo su trato se marcan un poco más, el cuerpo de Caleb empieza a arder.
Al principio la sensación es soportable, algo que solo le hace apretar los dientes, pero va aumentando poco a poco, hasta que le parece que la sangre le empieza a hervir.
A Caleb se le escapa un gruñido, pero se obliga a no cerrar los ojos.
Se aferra con más fuerza a la mano de Darien y aguanta.
Desde el fondo de su cuerpo, algo se queja y se revuelve.
Eso es solo el principio.
El verdadero dolor llega después, cuando el calor se le mete en las venas y se las abre.
Las nota deshacerse, igual que nota cómo la carne se le derrite en los huesos, cómo cada órgano dentro de su cuerpo se convierte en una ascua incandescente.
Con un jadeo y los ojos nublados, mira hacia abajo.
La magia de Ishtar ha roto la tela de su camisa y las uñas de la bruja le marcan la piel, pero no es eso lo que le causa ese sufrimiento que amenaza con dejarlo sin consciencia.
La agonía, en realidad, llega desde dentro.
Más allá del calor, algo se agita cerca de su corazón.
De pronto le parece que una criatura ha anidado allí y ahora le está clavando sus dientes afilados en los músculos, en las costillas.
La siente deslizarse entre sus huesos y abrazarle los pulmones para que no pueda respirar.
Caleb nota que se ahoga, que todas las palabras que nunca ha pronunciado se quedan atrapadas entre las fauces de ese monstruo que vive dentro de él, que intenta aferrarse a él incluso cuando todo lo que quiere es que se lo saquen, que se lo quiten, sin importar si se lleva pedazos de su interior al salir.
Siente ganas de tirar de su propia piel, de abrírsela y sacarse él mismo a esa alimaña, ese poder que se llevó parte de sus recuerdos y lo convirtió en un extraño en su propio cuerpo. Quiere…
El grito que le rompe la garganta ahoga el sonido desgarrado de su pecho al abrirse, desgarrando piel y huesos de una sola vez.
Ishtar se detiene de inmediato, tan asustada por su grito como por la grotesca imagen que ahora tiene ante ella. En su rostro, los rasgos de su demonio batallan contra los humanos; uno de sus ojos sigue siendo castaño, pero el otro se ha vuelto completamente negro.
Está aterrada. Caleb lo sabe, igual que sabe que quizá deberían parar, que no deberían seguir adelante, que puede que ni siquiera su cuerpo lo aguante, por más inmortal que sea.
Y, aun así, dice:
—¡Sigue! —Su voz es un gruñido cargado de dolor, pero también de decisión—. ¡Estoy bien!
Es mentira, todos deben de ser conscientes.
Tiene el torso abierto en canal, con los órganos a la vista, como un animal dispuesto para ser destripado.
La sangre le corre por la piel, le mancha la ropa, tan rota como su cuerpo.
Pero en medio de todo ese horror surge una luz.
Es roja, cálida y brillante. Nace de su interior, seductora como el canto de una sirena e igual de peligrosa.
Aun así, Ishtar aprieta los dientes y se centra en ella.
Le cuela la mano en la apertura de su pecho, buscando, y Caleb vuelve a gritar.
Siente los dedos palpando en su interior, en algún lugar entre el corazón y los pulmones, y es insoportable.
Aunque no quiera, aunque no desee nada más que continuar hasta que acabe, su cuerpo se revuelve por inercia y Derek tiene que apresurarse a colocarse a su otro lado para rodearle los hombros y ayudarlo a mantenerse firme.
Caleb apenas se da cuenta. En lo único en lo que es capaz de pensar es en la mano de Darien, en que no puede soltarla, no va a soltarla.
Se aferra a él hasta que le clava las uñas, hasta que podría hacerle sangre.
Ni siquiera entonces el celestial lo suelta.
No intenta escapar de él. Le está susurrando palabras al oído, pero Caleb no puede diferenciarlas, así que se imagina que son promesas.
Confesiones. Se imagina que le dice que está a su lado y que no va a dejar de estarlo nunca.
Se imagina que le habla de su casa con jardín y de los días felices que todavía les esperan allí.
La mano de Ishtar se hunde en su cuerpo hasta la muñeca.
El sufrimiento deja de ser descriptible.
Cuando está a punto de volverse loco por el dolor, cuando siente ganas de suplicar que se detenga porque no cree ser capaz de soportarlo, cuando le da la impresión de estar reviviendo cada herida que le han hecho alguna vez, algo cambia.
Ishtar jadea, con los ojos completamente negros y muy abiertos, y comienza a sacar la mano de nuevo.
Sus dedos se aprietan alrededor de una empuñadura oxidada en la que se adivina la forma de una serpiente.
El filo asoma justo después, mellado y retorcido.
Con un último tirón, Dysnomia abandona su cuerpo.
Y Caleb pierde el conocimiento.