La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb
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Caleb

CALEB

Caleb descubrió que no era como los demás niños poco después de empezar a vivir con Nilam y Astrey.

Fue en medio de un juego, mientras Astrey y él se perseguían por el jardín.

Se cayó porque eso es lo que pasa cuando los niños juegan, se hizo daño y comenzó a sollozar más por la sorpresa que por el dolor.

Los pantalones se le habían roto y llegó a ver el corte que se había hecho en la rodilla.

Astrey también lo vio, cuando acudió a él, preocupado y repitiendo su nombre con el susto atado a él.

Y, después, el corte se curó.

Como Caleb no recordaba lo que eran las heridas, al principio ni siquiera le sorprendió que desapareciera sin dejar marca. Al menos, hasta que vio la expresión incrédula de Astrey y comprendió que aquello no era normal.

—Se ha curado solo —le dijo Astrey a Nilam minutos más tarde. Caleb se aferraba con fuerza a la mano de su hermano adoptivo—. Se ha caído, se ha hecho una herida en la rodilla y se ha curado. ¿Cómo ha hecho eso?

En el poco tiempo que llevaba con ellos, Caleb nunca había visto a Nilam sorprendido.

Era un hombre tranquilo y paciente, que siempre tenía una expresión serena en la cara, la misma que él terminaría imitando años más tarde.

Aquel día, sin embargo, se le descompuso.

Se fijó en él y el chiquillo sintió ganas de esconderse contra Astrey, como si hubiera hecho algo malo y no quisiera ser descubierto.

Quizá fue eso lo que hizo que Nilam se diera cuenta de que había reaccionado demasiado, porque esbozó una sonrisa pequeña en compensación y se acuclilló delante de él.

—¿Es eso cierto? —Caleb asintió, temeroso de haber hecho algo indebido—. Ya veo. Supongo que es una de esas cosas que los celestiales llaman milagro.

—Eso no tiene ningún sentido —protestó Astrey—. Caleb no es un celestial. ¿Por qué iba Destino a concederle un milagro? ¿No es raro?

«Raro». Caleb llevaba poco tiempo reaprendiendo palabras y ese día memorizó aquella. Lo que le había pasado era raro. Él, por extensión, era raro. No terminaba de entender el significado de aquel concepto, pero no parecía algo positivo.

—¿Crees que tiene algo que ver con el hecho de que no recuerde nada? —insistió Astrey.

Aquello también debía de ser raro.

—Quién sabe —respondió Nilam—. Quizá lo descubramos algún día.

Pero él ya debía de saberlo.

Debía de tener sospechas, al menos, porque estuvo allí aquella noche.

—Nilam llegó unas horas después de que tu padre muriera —murmura Darien.

Ha estado buscando recuerdos por el resto de la casa y ahora se sienta a su lado, contra una de las paredes del salón, para terminar de contarle su propia historia.

La que no recuerda. La que le da sentido a todo—.

Descubrió dónde vivía tu padre en cuanto naciste, porque su demonio sintió cómo ponía en marcha el Amuleto para salvar a Tabitha y decidió presentarse aquí.

Te vio cuando eras un recién nacido y, desde entonces, se habían estado carteando.

Valerick le pidió muchas veces volver a ver a Astrey, pero Nilam creía que era mejor que no lo hiciera.

Quería que su sobrino viviese al margen de los recuerdos del palacio y, con Valerick cerca, nunca podría haberlo hecho.

Caleb frunce los labios, pero no dice nada al respecto.

—Tu padre le avisó de lo que podía pasar.

Fue… Fue Valerick quien le pidió que se encargara de ti si moría.

Tabitha todavía estaba aquí cuando apareció Nilam.

Tú estabas en sus brazos, inconsciente, y ella se sentía…

culpable. Perdida. Nilam le preguntó qué había sucedido. Y ella se lo confesó todo.

Así que Nilam lo sabía. Quién era su madre, por qué había perdido los recuerdos, por qué él era raro .

Su maestro había tenido todas las respuestas, pero se las vetó, del mismo modo que le vetó a Astrey la posibilidad de reencontrarse con uno de los hermanos con los que había compartido sus primeros años de vida. El hermano que lo salvó de la muerte.

Por su seguridad, supone. Porque siempre les enseñó que el conocimiento era poder y, si él era el único lo sabía todo, quizá así pudiera mantenerlos a salvo.

Pero ¿a qué precio?

—Fue él quien hizo la réplica de Eunomia, para que Tabitha pudiera volver al Templo victoriosa y con el Amuleto en las manos —concluye Darien, con la mirada baja—. Creyó que estaría mejor en el Sacro Reino. Cuanto más lejos de vosotros estuviera el Amuleto, mejor.

Caleb tiene ganas de reírse. Qué estupidez.

Y qué irónico. Por mucho que Nilam quisiera mantener ese objeto lejos de ellos, él terminó asaltando la basílica de Daiva para intentar robarlo y Astrey ha conseguido colgárselo al cuello.

Supone que su maestro nunca contó con eso.

Con que Nathan Tabiz, su hermano, el de verdad, pudiera heredar algún día ese reloj robado y salir de las murallas con él.

Que su hermano, el de verdad, tendría las mismas debilidades que un día tuvo su padre, aunque nunca lo conociera, y que, tal y como hizo el propio Valerick, se terminaría condenando a sí mismo por el deseo de salvar a alguien.

Es un ciclo.

Desde que el Amuleto existe, su uso es un ciclo y nunca va a tener fin.

—Hay que destruirlo.

Las palabras de Darien ni siquiera le sorprenden tanto como deberían. Entiende de dónde vienen. Entiende que deben de estar pensando en lo mismo y que esa es la única manera de romper esa rueda que lleva siglos dando vueltas.

Ishtar, en cambio, se alarma un poco. Como ellos, se ha sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y tiene los brazos cruzados. Derek está justo a su lado. Aunque se han apartado de Caleb para darle espacio, no han querido dejarle solo.

—¿Quieres… destruir el Amuleto?

Darien asiente, decidido.

—Muerte vino a verme hace unos días. Me dijo que Valerick quiso acabar con todo y que estuvo a punto de conseguirlo, pero que se equivocó en lo más importante: él creía que el problema eran las espadas, que eliminándolas se solucionaría todo.

Pero ellas existen porque existe el Amuleto.

Fueron diseñadas para que los brujos y los celestiales lucharan para conseguirlo y ha sido así durante tanto tiempo que la gente ya se ha olvidado de cualquier otra alternativa.

Sin embargo, si nos deshacemos del Amuleto…

Las espadas dejarían de tener sentido. Las luchas de poder por ese objeto se acabarían.

—Pero no sabemos cuáles serían las consecuencias de destruir el Amuleto —replica Derek—. Si su uso hace que el mundo tiemble, ¿su destrucción no podría ser peligrosa también? El poder de un dios está contenido ahí dentro, ¿no? ¿Qué pasará con él si queda libre?

Darien no tiene respuestas para eso, así que es incapaz de decir nada.

—¿Y cómo lo haríamos? —interviene Ishtar—. Astrey es el Portador ahora y no va a dejar que nadie le arrebate el Amuleto. Aunque se lo quitáramos, no tenemos manera de…

—Tenemos las espadas.

Todos se giran hacia Caleb, tensos. Quizá sea solo porque no ha dicho ni una sola palabra en varias horas o quizá porque entienden de inmediato lo que quiere decir.

Darien parece luchar contra las ganas de tocarlo cuando se clava las uñas en sus propias manos. Tiene la duda escrita por toda la cara.

—Las espadas están…

—Dentro de mí. —Se lleva una mano al pecho, como si pudiera sentirlas debajo de la piel.

No puede. La revelación solo le ha hecho ser más consciente de sí mismo, de todas las cosas que otros le han ocultado, pero no ha cambiado nada más—.

Su energía lleva años refugiándose en mi cuerpo, pero tiene que haber alguna manera de sacarlas.

—¿Cómo?

No lo sabe. Pero tiene claro quién puede conseguir reclamar al menos uno de esos objetos de leyenda.

—La santa.

Recuerda lo mucho que lo debilitó en la fiesta, cuando lo empujó; recuerda cómo le fallaron las fuerzas, cómo se sintió mareado y torpe. No cree que sea casualidad. Esa mujer y Eunomia están destinadas: si alguien puede recuperar la espada de Destino y empuñarla, esa es ella.

Darien tiene que seguir su razonamiento. Él, que se ha criado entre celestiales, sabe que Lilith Rheiz es la legítima elegida de su dios, y como tal, hay cosas que solo ella puede hacer. Al fin y al cabo, Darien también es un celestial, pero su tacto nunca lo ha debilitado.

—Aunque Lilith pudiera reclamar a Eunomia, algo que por ahora es solo una suposición, ¿qué pasa con Dysnomia? Caos no nombra santos.

—Porque no los necesita —señala Derek—. Todas esas historias de elegidos son cosa de Destino, pero a Caos le gusta el libre albedrío, la capacidad del ser humano de serlo todo o nada por sus propias elecciones.

Los nidos son lugares fundamentalmente igualitarios: cualquier mortal puede obtener un demonio poderoso si consigue llamar su atención y ofrecer un buen Trato.

Según esa misma lógica, cualquier brujo podría empuñar a Dysnomia, ¿no?

Valerick Brynsen lo hizo y no parecía ser demasiado poderoso.

Sí, tiene sentido. Tiene tanto sentido, de hecho, que tres pares de ojos se fijan inmediatamente en Ishtar. Ella palidece y hace una mueca. Sabe lo que los demás están pensando y ya ha empezado a sacudir la cabeza incluso antes de que alguien diga algo.

—No, yo no…

—Inténtalo. —Ishtar niega con la cabeza, pero Caleb continúa—: Por favor, Ishtar. Eres la única bruja en la que confiaría para esto. Y la espada fue de tus padres antes de que el mío la robara, ¿no? De alguna manera, es tuya. Te pertenece por derecho.

Pero la princesa de Odelia se pone en pie, inquieta.

—Yo ni siquiera sé esgrima. No… No quiero esa espada para nada.

Y, de todos modos, ¿no te preocupa lo que pueda pasarte si funciona?

Llevas años alimentándote de dos objetos sagrados, Caleb: ¿qué va a pasar con tu cuerpo cuando no estén ahí?

Dices que quieres dejar de ser inmortal, pero ¿estás preparado para morir pronto?

Porque quizá sea eso lo que suceda. Quizá, si te arrancamos esas espadas de dentro, te matemos.