La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #2
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Darien #2

Es un ladrón, un criminal perseguido, y huye a Arsay con la esperanza de que no lo encuentren, pero lo hacen.

Está malherido y sabe que tiene que ocultarse, así que entierra a Dysnomia y el Amuleto del Tiempo para librarse de ellos, pero no llega mucho más lejos sin desvanecerse.

Lo salva una celestial. Es joven, un poco más que él, pero tiene unos ojos castaños preciosos que se apiadan de él a pesar de que es un brujo.

Le ofrece la absolución. Le ofrece exorcizarlo, y él ve en eso una oportunidad.

En Odelia buscan a un brujo, buscan a alguien que tiene el Amuleto, pero no le pasará nada si deja de ser ambas cosas.

Es un vagabundo sin una pierna, la sombra del hombre que fue, pero sus días se llenan con la sonrisa de Tabitha Eliz y el mundo no parece tan oscuro cuando deja que ella lo cuide como nunca nadie lo había cuidado, en esa casa en medio del bosque que encuentran cerca.

Es un mentiroso y le esconde su pasado, su nombre, y la culpa lo corroe cuando, semanas más tarde, ella le dice que lo quiere.

Cuando, no mucho después, también le confiesa que está embarazada.

Es solo un hombre enamorado y, cuando la mujer que ama muere después de dar a luz a dos niños, sabe que la forma de salvarla es poner en marcha el objeto que un día escondió en el bosque.

No lo suficientemente lejos para no sentir la tentación.

No lo suficientemente lejos para no sentirlo llamándole y diciéndole que puede arreglarlo todo.

Es un hombre con el corazón roto, porque ella despierta, pero nunca lo perdonará por haberla alejado de su destino, pese a que su medallón aguanta la transgresión.

Quizá no se rompe precisamente por el enfado.

Porque su fe es más fuerte que su amor y ella lo odia por lo que ha hecho y por haberle escondido tantas partes de él.

Aun así, le perdona la vida. Aun así, deja a uno de sus hijos con él.

El que tiene los ojos claros, como los suyos, quizá porque prefiere abandonar a ese niño a recordarlo a él cada vez que lo mire.

También deja el Amuleto en sus manos (no quiere verlo, no quiere tocarlo) y una advertencia: si alguna vez vuelve a usarlo, ella volverá para matarlo.

Es padre y vuelve a ser brujo, porque se siente demasiado indefenso sin un demonio y ahora tiene un niño al que debe proteger. En el Trato que hace pide la fuerza suficiente para poder cuidarlo. A cambio, da la única pierna que le quedaba.

Es feliz, pero ni siquiera su demonio es suficiente para proteger a su niño de la enfermedad que se manifiesta por primera vez cuando la criatura apenas ha cumplido los tres años.

Sabe qué es lo único que puede ayudarlo.

También sabe que, si lo usa, Tabitha volverá a por él, pero está bien.

Aceptará el castigo. Si tiene que pagar el precio, lo hará.

Si tiene que luchar por ese niño, aunque sea contra ella, lo hará.

Así que, cuando está a punto de perderlo, salva a su hijo de la muerte, desentierra a Dysnomia y aguarda.

Espera hasta que Tabitha aparece, pocos días después.

Lleva a Eunomia en las manos y a él se le ocurre la idea en cuanto ve la espada de los celestiales.

Ese encuentro ya se ha dado mil veces antes.

Si nadie lo detiene, ocurrirá mil veces más.

Es Valerick y Warlic, los dos a la vez, y la luz envuelve la sala y la sangre se derrama por su ropa, por el acero y la madera y…

Darien cae al suelo como si las piernas hubieran dejado de responderle y trata de alejarse de la estatua, en un intento de que la visión se desvanezca antes.

Está mareado, las manos le tiemblan y un dolor sordo se le clava en la sien.

Alguien pronuncia su nombre, lejos, muy lejos, pero apenas lo reconoce.

Se lleva la punta de los dedos al estómago, pero la ropa está seca, y la agonía que siente no es suya.

El presente y el pasado se funden, tratan de confundirlo.

La habitación no deja de girar a su alrededor.

—¿Celestial? —Sí. Celestial. Es celestial, no brujo—. ¿Me oyes?

El chico intenta asentir. En algún momento, ha cerrado los ojos y ha escondido la cara entre las manos, y ahora siente las palmas heladas contra su frente.

El frío le despeja un poco los pensamientos, le hace más consciente de lo que pasa a su alrededor, del ruido de pasos sobre las hojas, de ese cuerpo cálido que está cerca de él pero que no se atreve a tocarlo todavía.

Más consciente, también, de lo que acaba de ver, aunque eso le da náuseas.

La cabeza todavía le da vueltas cuando la levanta, muy poco a poco.

La luz le acuchilla los ojos, pero se acostumbra pronto y, al hacerlo, la estatua vuelve a tomar consistencia delante de él.

Es cierto, Valerick tenía muchas caras, pero todas ellas lo llevaron hacia su final.

Viéndolo en perspectiva, quizá estaba condenado a acabar así.

Se estremece, pero vuelve la vista hacia sus acompañantes, hacia sus expresiones de preocupación, y se da cuenta de que no sabe cómo empezar a hablar.

Caleb está tenso y se apresura a tenderle una mano que él no puede aceptar, porque teme que sea demasiado.

Así que niega y se queda donde está, muy quieto, agarrándose las manos, tratando de encontrar las palabras.

—Estoy bien —dice al fin.

Caleb aprieta los labios, pero se nota que es solo una forma de contener la pregunta que se puede ver en su mirada.

—¿Qué has visto?

Es Derek quien pregunta lo que todos los demás están pensando.

Darien toma aire y mira al suelo en un intento de ordenar sus pensamientos. La desesperación que sintió Valerick en su última noche con vida le pesa en el pecho. Ese es el sentimiento más fuerte, el que se ha quedado con él. El brujo pensaba que estaba haciendo lo correcto, pero…

—Todo. Lo… he visto todo. —Su voz suena ahogada, le raspa en la garganta—. He visto que Valerick no solo robó el Amuleto, sino también a Dysnomia. Se la trajo a Arsay, aunque durante un tiempo la escondió, porque dejó de ser brujo y no podía empuñarla.

Caleb lo mira con el ceño fruncido, sin entender.

—La noche en que murió, tu padre volvía a empuñarla. Estaba dispuesto a luchar con ella por ti, pero cuando vio que Tabitha llevaba a Eunomia…

Darien calla. Por un momento, ni siquiera sabe cómo continuar.

—Quiso destruir las espadas —dice al fin—.

Había estado conviviendo con una celestial durante mucho tiempo, se había enamorado de ella, tenía un hijo en el Sacro Reino al que nunca podría ver.

Supongo que pensó que… que estaba harto de todo lo que los separaba.

Y que eliminar las espadas sería un buen primer paso para acabar con la lucha entre los bandos.

Puede entenderlo. Todo empezó con las espadas. Antes de que estas existieran, los fieles de los dioses no discutían. Aiva y Saenal no habrían sido marionetas de Destino y Caos sin ellas. Y sin ellas, probablemente, ni siquiera existirían murallas, porque el Sacro Reino jamás se habría fundado.

El error de Valerick fue creer que destruir el poder de los dioses en Evren podría borrar siglos de enemistad. Darien empieza a pensar que para eso habría que matar a todos los Originales y, aun así, está seguro de que la gente seguiría luchando por lo poco que pudiera quedar de ellos.

—Pero no lo consiguió, ¿no? —Ishtar no parece muy convencida.

Darien niega con la cabeza, pero todavía mira hacia Caleb, porque sabe que esa no es la pregunta que él quiere hacer. Ve cómo su expresión cambia poco a poco, cómo sus ojos se aceran, cómo empieza a llegar a una conclusión que no le gusta.

—¿Por qué nos cuentas esto, celestial? ¿Qué tiene que ver con mi inmortalidad?

Darien traga saliva.

—Pensó que podía usar el Amuleto para destruir las espadas. Se equivocó. En el último momento, perdió el control, porque estaba muriéndose, porque que entrases en el cuarto lo desconcentró. Eunomia y Dysnomia no desaparecieron. Sus energías solo encontraron un nuevo lugar en el que seguir viviendo.

La expresión de Caleb se descompone y el celestial siente como si lo hubiera abofeteado.

Lo ve dar un paso atrás, negar con la cabeza.

Llega incluso a entreabrir los labios, pero ningún sonido sale de ellos.

A su lado, Ishtar se lleva las manos a la boca.

Derek se ha quedado tan pálido como callado.

Aun así, Darien continúa, porque prefiere no diluir la verdad. Prefiere que no quede nada sin decir.

—Eunomia y Dysnomia están dentro de ti, Caleb. Y la única razón por la que eres inmortal es porque no has dejado de alimentarte de su poder durante todo este tiempo.