Darien
DARIEN
Tardan varios días más en hallar la casa que están buscando, pero, cuando la encuentran, el primer pensamiento de Darien es que se han equivocado de lugar.
Le cuesta asociar esas ruinas con el hogar que una vez fue: ya no quedan ni puerta ni ventanas, la chimenea es un amasijo de piedras caídas y el tejado ha empezado a derrumbarse.
No puede creerse que ese jardín descuidado fuera hace poco más de una década un lugar de juegos, historias y aprendizaje.
Su mente intenta reconstruirlo, encontrar los puntos en común y, a la vez, negar lo evidente: que el tiempo pasa, que los restos de ese edificio fueron un refugio años atrás, abrigo y descanso, pero ahora solo son un amargo recordatorio de otra vida.
Los ojos de Darien vuelan a Caleb, que pasa por su lado para adelantarse.
El celestial tiene la pulsión de tomarle la mano y caminar a su lado, pero siente que no es el momento.
El necromante parece muy lejos de allí mientras mira alrededor y se da cuenta de las cuerdas que siguen atadas al manzano pero que ya nunca volverán a ser un columpio, del pequeño huerto ahogado por las malas hierbas.
Para Darien es fácil mirar con sus ojos porque conoce todos los recuerdos que tiene de ese lugar, pero una parte de él desearía poder borrarlos.
Se siente un intruso. Su dolor es prestado, una añoranza que no le corresponde, una vida que ha robado sin querer.
Detrás de él, Derek e Ishtar se mueven intentando no hacer ningún ruido, como si temieran perturbar el silencio del lugar, aunque no quede nadie a quien molestar.
—¿Estás seguro de que aquí encontrarás todas las respuestas, santito?
El chico del tatuaje se muestra escéptico, pero él tiene fe en que puede conseguirlo. No conoció a Valerick, pero sabe tanto de él que cree que hay un pequeño vínculo que los une. Además, las respuestas que está buscando se centran sobre todo en Caleb y espera que eso le facilite las cosas.
—Supongo que solo hay una manera de descubrirlo.
El necromante ya ha entrado en la casa para entonces, como si no quisiera pensar demasiado en todo lo que está ocurriendo, o quizá porque los recuerdos lo asedian y prefiere acabar rápido con ese trámite.
Sus tres acompañantes lo siguen, pero todos se detienen en la puerta, sorprendidos por las dos figuras que los esperan dentro.
Valerick.
Darien sabe que es él incluso cuando parte de la estatua queda a contraluz.
Domina la estancia principal, ese lugar que en otro tiempo servía de sala y cocina, y es lo único que la maleza no ha querido tocar: aquí y allá hay flores, hierbas que han nacido entre las hojas abandonadas en el suelo, enredaderas que usan las paredes para intentar trepar hacia la luz.
Pero la estatua está intacta. Dos hombres se alzan espalda contra espalda, muy diferentes entre sí y, al mismo tiempo, tan parecidos como solo pueden ser la misma persona.
Uno tiene el rostro alzado, el otro lo esconde; uno tiene ambición, el otro lleva el dolor inscrito en la postura; uno todavía es joven, un muchacho que creyó que podía moldear el mundo a su antojo, mientras que el otro ha descubierto que lo único que le queda es proteger lo que ama y seguir fiel a sus ideales, a su familia.
Uno no ha tocado el Amuleto y el otro lo llevará encima hasta el final de sus días.
Uno no ha conocido a Tabitha Eliz y el otro, sí.
Darien supone quién creó ese recordatorio. El hombre que lo conoció siendo esas dos personas tan diferentes. El mismo que se llevó a su hijo y lo crio como si fuera otro sobrino más.
—¿Ese es…? —Ishtar está tan sorprendida como él.
—Mi padre. —Caleb conserva la misma calma de siempre, pero a Darien le parece sentir el más leve temblor en su tono—. Y tu hermano.
—Valerick Brynsen.
—Yo lo conocí como Walric. Supongo que tenía más de un nombre y más de una cara.
Valerick es el príncipe joven, el hijo de un tirano, el amante de su propia madrastra.
El traidor que le robó el Amuleto del Tiempo a su legítima dueña.
Warlic es el otro, el brujo que tuvo una relación con una celestial, el padre que lo habría hecho todo por su hijo.
El traicionado que murió antes de poder contar sus secretos, con una misión autoimpuesta que Muerte quiere que Darien repita.
—Tuvo que hacerlo —murmura el sensible—. Ser esas dos personas. No habría sobrevivido de no ser por eso. Si Iraides hubiera sabido que el hombre que le robó el Amuleto estaba aquí…
Ishtar se revuelve en su sitio, incómoda ante la mención de su madre, pero incluso ella tiene que admitir que no era una mujer clemente. La emperatriz lo habría matado o, por respeto a lo que un día habían compartido, al menos lo habría capturado y encerrado en las mazmorras de palacio.
—Ten cuidado, santito, el camino hacia la perdición empieza cuando defiendes a un brujo.
Darien mira a Derek, pero se encoge de hombros.
A una parte de él le gustaría que fuera tan fácil enfadar a Destino, pero ya sabe que no es así.
Probablemente a su dios ni siquiera le importe que toque esa estatua, aunque a él la idea le ponga un poco nervioso.
Quizá por eso, en un desafío silencioso, se adelanta para colocarse junto a Caleb.
—¿Estás bien?
Ese par de ojos azules que tan bien conoce se vuelve hacia él. Tiene la expresión seria, ilegible, pero lo ve asentir.
—¿Lo culpas? Por… no mostrarte las dos caras. Por no contarte toda la verdad.
El chico no responde de inmediato. Su mirada vuelve hacia la estatua, hacia el hombre penitente, el que se esconde, el que no se atreve a mostrar el rostro al cielo.
—No —contesta al fin—. No lo culpo. Yo solo era un niño cuando murió y tal vez creyó que no lo entendería.
Quiero pensar que me lo habría contado cuando creciera, que esperaba tener la oportunidad.
Al fin y al cabo, quería hacer las cosas bien, ¿no?
Por eso huyó de palacio. Porque se arrepentía de lo que había pasado.
—La culpable de eso fue mi madre.
Ishtar se ha acercado también a la estatua y se ha detenido al otro lado del necromante. Tiene las manos apretadas y se retuerce los dedos en un gesto que evidencia que, aunque fuera la antigua emperatriz quien acabó con toda la familia imperial, siente un poco de responsabilidad.
—No. Mi padre también fue culpable. Él aceptó sublevarse contra el Inmortal.
Él estaba allí la noche en que Iraides asesinó a sus hermanos y no hizo nada para detenerla.
Decidió desaparecer con el Amuleto y… usarlo.
Se equivocó. Pero supongo que todos lo hacemos.
Yo también he cometido errores que han hecho sufrir a otras personas.
—Sus ojos caen de nuevo sobre Darien, en una disculpa muda—.
La cuestión es que después intentó hacerlo mejor.
Derek se ha acercado también y apoya una mano sobre el hombro de su amigo, pero después su mirada, como la de todos los demás, se fija en el celestial.
Es su turno.
Darien respira hondo antes de dar un paso más al frente, decidido.
Trata de concentrarse, de aislarse incluso de las personas que lo rodean.
No quiere necesitar más que un intento, así que piensa solo en ese hombre que ha visto a través de los ojos de su hijo y de todos los objetos que conservan una memoria de él.
Un roce. Eso es lo único que hace falta para que los recuerdos lluevan sobre él.
Es un niño feliz, uno que corre por los pasillos infinitos de su hogar, que cuenta todas las habitaciones que hay, que entra a todas sin llamar.
Su madre le regaña, pero también se ríe cuando él la arrastra en esas aventuras que no se le pueden mencionar a su padre, porque no son dignas del hijo de un emperador.
También es un joven príncipe. Es el más pequeño de todos los hijos, así que nadie lo toma en serio.
Su madre ha muerto y él mira por la ventana en lugar de atender a sus lecciones, pese a los esfuerzos del nuevo maestro, que lo trata con paciencia e intenta ganarse su interés.
Pero él solo puede pensar en el día en el que salga de Damira, en cuando pueda convertirse en alguien más digno, en alguien a quien los demás respetarán.
Es un brujo que sale del nido de demonios de Yuda cojeando para no apoyar demasiado peso en esa pierna nueva, monstruosa, a la que no termina de acostumbrarse.
El cuerpo le duele y la satisfacción que siente no es la que debería, pero, aun así, finge.
Porque nunca admitirá que se ha equivocado.
Porque tiene tiempo para aprender a confiar en esa extremidad nueva, ya que no piensa volver a palacio tan pronto.
Es libre y Evren es grande y los meses pasan antes de que se entere de que su padre va a volver a contraer matrimonio.
Es Valerick Brynsen, el último hijo varón del Inmortal, y se siente perdido dentro del gran palacio, sin saber qué es lo que quiere hacer con su vida.
Es uno más de muchos hermanos, de muchos hijos, pero el único que sigue a su madrastra con la mirada y se da cuenta de que cada vez está más triste, más consumida.
Es el que la ve llorar un día y trata de consolarla, apenado, consciente del maltrato de su esposo, y acaba enredado en las sábanas de una cama que su padre solo visita con la esperanza de conseguir un nuevo heredero.
Es el mismo que se sienta con la niña que el emperador se niega a reconocer como hija legítima y le lee cuentos y se inventa las historias más asombrosas para ella.
Es un traidor. Es el hombre que conspira contra su padre para salvar a la mujer que ama, para acabar con las injusticias, y el que ve a sus hermanos desaparecer convertidos en polvo.
El que discute con la nueva emperatriz, el que se niega a aceptar lo que ha pasado, el que se calla que Sera ha sobrevivido.
Es el que se mete en la cama de su amante una última vez antes de levantarse en medio de la noche y robar el Amuleto del Tiempo y la espada de Caos.