Nathan
NATHAN
La voz al otro lado de la puerta se ha convertido en algo imposible de ignorar.
Adam tardó en escucharla, pero incluso él es consciente de que está ahí ahora.
Cada día es un poco más fuerte, un poco más clara, interrumpe sus conversaciones o los distrae.
A veces, Nathan se acerca a la puerta, pega la oreja contra la madera y escucha, pero nunca se atreve a abrir.
No puede. La puerta los protege, la llave echada los protege.
Adam y él estarán en peligro en cuanto salga.
No puede permitirlo. Están en la torre precisamente porque es el único lugar en el que pueden estar a salvo y juntos.
Están en la torre porque el mundo que se encuentra más allá va a hacerles daño.
Así que siempre termina centrándose en eso.
En Adam. En su risa, en sus besos. En sus palabras, que son las únicas que importan.
Hoy, sin embargo, mientras cientos de estrellas caen sobre el Sacro Reino, la voz al otro lado de la puerta suena con tanta fuerza que Nathan termina apartando la vista del firmamento y se fija solo en la madera.
De pronto, tiene la seguridad de que ha escuchado esa voz antes.
Hay un nombre que no recuerda atado a ella y a todas esas estrellas que hoy se descuelgan del cielo.
Nathan aprieta la mano de Adam mientras se dirige a la entrada. Su acompañante, tranquilo y complaciente, lo sigue.
Nunca habían conseguido diferenciar del todo lo que dice la voz. Hasta ahora:
—Te echo de menos, Nathan. Por favor, sal. Vuelve. Quiero verte.
Él entorna los ojos. No sabe quién está al otro lado, pero tiene que quererlo, porque la nostalgia empapa sus palabras.
O quizá sea una trampa. Quizá alguien está intentando arrastrarlo fuera de la torre y, si cae, tanto él como Adam estarán perdidos.
Su amante también lo sabe, porque lo mira con los labios apretados, preocupado.
Así que, un día más, no abre. Solo pone la mano libre sobre la madera, como si así pudiera tocar también a la persona que espera tras ella. No funciona. No se escucha nada más.
Nathan vuelve la mirada hacia el balcón.
Las estrellas lo esperan, los deseos le esperan.
No dejan de caer. Están lloviendo meteoros sobre la ciudad, un recordatorio de que todo lo que desee está al alcance de su mano.
Todas esas estrellas son para él. Para Adam.
El cielo les habla, les promete un futuro tan brillante como las perlas que se desprenden de él.
Debería volver al balcón y admirarlo como se merece.
Pero se apoya contra la puerta y tanto Adam como él se sientan en el suelo, con las manos todavía entrelazadas.
Así, si la voz vuelve a hablar, quizá descubran quién se esconde tras ella.