Lilith #2
—Os escudáis en los designios de vuestro dios para no tomar las riendas de vuestra vida.
Los deseos de Destino no son más que una excusa para no hacer las cosas que no queréis hacer.
Incluso cuando rezáis, pedís milagros o rogáis que os mande una señal, lo único que hacéis es buscar una forma de excusaros si no conseguís lo que queréis.
—Eso no…
—Hacer realidad vuestros deseos no depende de nadie más que vosotros.
—¿Qué sabrás tú? —Lilith resopla y vuelve la vista al cielo justo cuando una línea blanca se desliza hacia el borde de esa parcela de cielo—. ¡Una!
Lo dice sin respiración, tan maravillada con esa estrella que cae del cielo como la primera vez que vio una.
Esta vez, Nathan no da un respingo a su lado y se despierta.
No vuelve de allá de donde esté, pero por primera vez en toda su vida, la celestial cambia su primer deseo y pide que regrese.
Que vuelva a ella, aunque la realidad es que ni siquiera tiene que ser a ella.
Estará bien si siguen caminos separados, pero él tiene que recuperar el control.
Tiene que quedarse en ese cuerpo y tomar la decisión correcta.
—Niña, yo ya recorría Evren siglos antes de que nacieses —replica Adriel—. ¿Crees que no he hablado con celestiales? Tal vez sepa más cosas de los tuyos y de vuestras costumbres que tú misma.
—Sí, estoy segura de que conoces la oración del exorcismo de principio a fin.
—Por lo general, quienes la pronuncian en mi presencia nunca llegan al final. Suelo abrirles la garganta antes. O cortarles la lengua. Pensé que lo habías entendido y por eso no has insistido en usarla.
—¿De verdad crees que me das miedo, demonio?
—Oh, yo creo que sí. —Hay cierta satisfacción en su tono—. Aunque, en mi experiencia, lo que os da más miedo a los celestiales no son los demonios como tal, sino lo que significamos.
Lilith frunce los labios mientras una estrella se descuelga del cielo, tan rápido que podría haberse imaginado el rastro que deja tras de sí.
—Dos —murmura. Sabe que es la única que está jugando, pero, aun así, siente la necesidad de contar en voz alta, como lleva haciendo durante más de una década.
Esta vez su deseo es para Darien. Ojalá él también esté mirando al cielo.
Ojalá esté bien—. Los demonios significáis caos, violencia, suciedad.
Pero a quienes llevamos a Destino con nosotros nunca nos daréis miedo.
Una risa suave, ácida, parece hacer vibrar el suelo.
—Incluso los más devotos entre los tuyos tienen miedo a la tentación. Incluso tú, santa. Os pasáis la mitad de vuestras vidas asustados por la idea de alejaros del camino correcto. ¿Y sabes por qué?
Lilith lo observa de soslayo. Las ascuas bajo la piel de ese cuerpo brillan con más suavidad, como si la criatura estuviera relajada.
—Porque no queremos convertirnos en monstruos.
Adriel sonríe y, aunque no enseña los dientes, es obvio que está disfrutando de esa conversación, de poder señalarle todo aquello en lo que cree que se equivoca.
—Porque no queréis que vuestro dios os abandone.
Porque si hasta él os repudia, ¿quién no lo va a hacer?
¿Quién os va a querer? Ni siquiera tu familia volvería a pronunciar tu nombre nunca más si mañana Destino decide que no eres digna.
Lo perderías todo y, ¿sabes lo peor? Que hasta tú acabarías creyendo que te lo mereces, santa.
Si tu dios te diera la espalda, si no te quedase ni siquiera eso, tú no te enfadarías, como hizo Nathan.
Simplemente te darías por vencida. Y eso te aterra.
Por eso te aterro yo. Y por eso te has empeñado en salvar a Nathan.
Porque quizá has creído que, si lo haces, alguien estaría dispuesto a salvarte a ti también.
Lilith traga saliva y aparta la mirada, incómoda.
Se dice que es por el rostro en sombras, por esos ojos en los que sigue ardiendo una pupila naranja, pero sus palabras le dejan un poso extraño en las entrañas.
Sabe que no debe escuchar, que así es como los demonios se te meten dentro, fingiendo que saben lo que quieres.
Sin embargo, quizá tenga un poco de razón.
Si su medallón se rompiese mañana, su madre sería la primera en olvidar que tuvo una hija, igual que hizo con Adam.
Y ella… sí, a lo mejor pensaría que se merece perder lo poco que le queda.
Pero el demonio se equivoca en lo más importante: no quiere salvar a Nathan porque piense que así alguien la salvará a ella.
Lilith no espera que nadie la salve. Está sola, lleva estándolo un tiempo.
No tiene apenas vínculos con el Templo, más allá de ser la hija de la Suma Celestial, y la única amiga que le queda dentro de las murallas es Ammarah.
Espera que ella esté bien. El deseo que le viene a la mente cuando susurra un apagado «Tres» va para ella.
Quiere volver a verla. Sabe que nunca va a poder convertirse en su guardia personal o en su consejera, como bromearon tantas veces, pero espera poder decirle lo que piensa: que nunca debería haber enviado a las tropas fuera de las murallas, que tiene que haber otra forma de hacer las cosas.
Que ella misma ha comenzado a darse cuenta de todos los errores que ha cometido.
—Estás equivocado, demonio —murmura—. No eres tú lo que me da miedo. Lo que me da miedo es que estés en ese cuerpo. Que lo hayas cambiado todo. Que, incluso si recupero a Nathan de donde esté, tú vas a seguir ahí… y eso significa que habrá una distancia insalvable entre nosotros.
—La distancia ya la había antes de que yo llegara, santa.
Sí, tiene razón, y eso duele incluso más.
La distancia entre ellos empezó antes incluso de que él pusiera en marcha el Amuleto del Tiempo.
La crearon los secretos, todas las cargas y los miedos que ambos decidieron callarse.
Quizá si hubieran sido más sinceros el uno con el otro, si se hubieran cuidado más, si hubieran confiado más, nada de esto habría pasado.
Lilith cierra los ojos y se cubre los párpados con los brazos.
A una parte de ella le gustaría seguir pidiendo deseos, pero otra es demasiado consciente de que el demonio tiene razón: nadie va a cumplir sus anhelos por ella.
El año pasado pidió volver a mirar el cielo con Nathan esa noche y, como muchas de las cosas que ha anhelado en su vida, ese deseo se ha cumplido de una forma retorcida.
El cuerpo de Nathan está ahí, a su lado, pero él está lejos y no cree que la luz de las estrellas llegue al rincón en sombras en el que se encuentra.
La noche se ha vuelto fría y se siente tentada a pedirle al demonio que encienda la hoguera. De pronto, no quiere pensar en estrellas caídas, en celestes que pueden o no estar mirando hacia ella. Por primera vez, prefiere que no la observen.
—Ojalá pudiera olvidarme de él para siempre —murmura, como si no fuese más que otro deseo que lanzar al firmamento—. Pero no puedo. Lo echo de menos. Te echo de menos, Nathan. Y si crees que Adam te liberó, no entiendo qué haces encerrado de nuevo. Por favor, sal. Vuelve. Quiero verte…
Calla. El silencio se posa sobre ellos y, sin los sonidos de la hoguera haciéndoles compañía, la noche se siente más solitaria que nunca, más vacía que nunca.
El demonio no se burla de ella. No se ríe ni le repite la pena que da, lo absurdo que es lo que está intentando, lo ridícula que resulta. Esa vez se lo dice ella sola.
A su lado, Adriel suspira.
—Cuatro.
Lilith no vuelve a mirar al cielo.