La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
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Lilith

LILITH

Durante los días que siguen a su encuentro, Lilith camina con los ojos clavados en la espalda de Nathan, aunque a veces no puede evitar pensar que en realidad va detrás del demonio.

Al fin y al cabo, es él y no su amigo quien modifica el terreno a su paso, quien trata de ponerle las cosas difíciles creando escaleras, rampas imposibles, intentando que le pierda la vista de las maneras más rastreras.

La celestial siente que no puede desconcentrarse, porque si lo hace puede acabar a tres metros del suelo, así que pasa las horas despiertas en tensión, consciente de que un gesto de su mano podría llegar a matarla.

Por supuesto, él lo sabe. Juega con ella y la provoca, se burla diciéndole que no puede seguirle el ritmo y usa la magia de forma indiscriminada, a veces solo por el placer de obtener una reacción de ella.

La primera noche que acamparon, montó todo un espectáculo al encender la hoguera y transformar las llamas en orbes de luz.

Incluso llegó a lanzar alguna hacia ella, que se negó a soltar un grito, pero se apartó con la cara pálida y los ojos desorbitados.

Fue un error. El demonio tradujo la sorpresa y el instinto de supervivencia por terror y decidió que intentaría provocárselo cada vez que pudiese.

El fuego se convirtió entonces en un truco frecuente para mortificarla y a la celestial todavía le sigue costando no reaccionar cuando siente el calor demasiado cerca de la cara.

Pese a eso, la realidad es que nunca le ha hecho daño: la criatura parece entretenerse poniendo a prueba sus límites y nada más.

Supone que eso sí es una decisión de Nathan que el demonio ha accedido a respetar, pero esa es la única certeza que tiene de que su amigo sigue ahí, en alguna parte, porque en todo ese tiempo no ha salido del lugar oscuro en el que está.

No importa lo que Lilith hable por las noches, mientras mira las chispas saltar de la hoguera.

No importa las historias que cuente o las formas en las que lo intente hacer salir, supone que porque hay pocas cosas nuevas que pueda decirle.

Si esa criatura tiene acceso a todos los recuerdos de Nathan, a todos y cada uno de los días que ha vivido, tiene que saber ya cada cosa que le dice de ellos dos, de Darien, de Ammarah e incluso de Adam.

Aun así, cada vez que se detienen a pasar la noche (porque puede que Adriel no necesite dormir, pero el cuerpo humano de su anfitrión sí) ella sigue con sus historias:

—¿Recuerdas aquella vez que nos escondimos en…?

—Estaba pensando en que a Darien le habría gustado…

—¿Te acuerdas del juego en el que…?

—Ammarah nunca nos perdonaría si supiera que…

Y el demonio siempre responde, con un resoplido y algún comentario hiriente que le deja claro que sus palabras nunca llegan a su objetivo:

—Lo que no recordaba es que tuvieras tantas ganas de hablar siempre. ¿Ese también es un milagro de tu dios?

—Estaba pensando que en toda mi existencia no he conocido a nadie tan molesta como tú.

—¿Te acuerdas tú de cuando Nathan huyó sin mirar atrás de Daiva? Quizá porque no quería que lo siguieses.

—¿Y tu reina sí te perdonará que duermas tan cerca de un brujo?

Noche tras noche, el ser que vive dentro de Nathan trata de discutir con ella. Noche tras noche, ella intenta ignorar sus quejas y alarga unos dedos invisibles hacia su amigo, en un intento de llegar allá donde esté.

Noche tras noche se queda dormida sin obtener verdaderos resultados.

Esa en concreto, sin embargo, no sigue el mismo patrón.

Como siempre, empieza de una manera que ya es casi rutinaria, con él deteniéndose una vez el sol se ha puesto.

Lilith lo ve mirar a su alrededor y reconoce el momento en el que toma la decisión de que ese será el lugar en el que acampará.

Ella se ha parado a solo unos pasos de distancia y se deja caer sentada en el suelo, agotada, soltando un suspiro de alivio.

El demonio se ha pasado el día apurando el paso y poniéndoselo difícil, aunque ella no ha abierto la boca para quejarse.

De alguna forma, siente que el camino que está haciendo es una prueba.

Una de paciencia, de convicción, de fortaleza.

Una que quizá su dios esté observando con especial atención.

Y, si lo está haciendo, Lilith ha llegado a la conclusión de que mira sin hablar, sin lanzarle una sola visión.

Es casi un alivio, aunque no vaya a decirlo en voz alta: desde que se ha reunido con el demonio, duerme profundamente cada noche, sin un solo sueño o pesadilla.

Ha decidido considerarlo una señal de que está donde debe estar.

—¿Sabes qué día es hoy?

—¿El día que me dejas en paz?

—La Noche de los Milagros. Hoy es el día en el que los celestes recorren el cielo buscando deseos que concederles a los fieles a Destino.

Hay un resoplido en la penumbra que deja claro que Adriel piensa que eso es una tontería. Una chispa se prende en sus dedos de uñas negras cuando los chasquea. Le ilumina la cara, que se vuelve todavía más angulosa, más llena de sombras, con unos ojos profundos como pozos.

—No enciendas la hoguera —le pide ella. No va a decir «por favor», pero su tono es suave, inofensivo—. El cielo se ve mejor sin luces.

Él parece pensárselo. Es obvio que tiene ganas de llevarle la contraria para provocarla, pero, para su sorpresa, la llama se va consumiendo entre sus dedos hasta apagarse por completo.

Los únicos puntos de luz que quedan en la linde del bosque en la que se han detenido son los que arden en el rostro del brujo y las estrellas que brillan sobre sus cabezas.

Con un suspiro satisfecho, Lilith se tumba sobre la hierba.

El demonio, a tan solo unos pasos, se sienta con las piernas cruzadas.

Durante un par de minutos, se sumen en un silencio extrañamente cómodo, mientras ella mira al cielo en busca de estrellas fugaces.

No deben de quedar muchos días para llegar a la Fosa y Lilith se pregunta si debería pedirle ayuda a los celestes para que ralenticen su avance o para encontrar la forma de llegar hasta Nathan.

La cuenta atrás ha comenzado y sabe que, cuando lleguen a su destino, no va a poder convencer al demonio de que se aleje del cuerpo de su hermano.

Tendrá que luchar contra él y someterlo para asegurarse de que no se lleve a Adam.

«Y luego, ¿qué?».

La celestial ha pasado mucho tiempo centrada en seguir adelante, en no plantearse nada más, pero desde hace unos días, hay una voz que no deja de preguntarse qué va a pasar después de que lleguen a la Fosa, después de que consiga su objetivo, después de que devuelva a Nathan a la normalidad (porque tiene que hacerlo, tiene que haber una forma, no puede permitirse fallar) y se dé cuenta de que, a pesar de todo el cariño que pueda sentir por él, son dos personas que quizá no van a poder entenderse nunca más.

Siempre que esa voz sale a la superficie, Lilith se niega a escucharla. Intenta aplastarla, responderle que no puede centrarse en eso ahora. Pero la voz siempre vuelve, aunque a ratos consiga espantarla hablando del pasado en vez de pensar en el futuro:

—¿Te acuerdas de la primera vez que quisimos ver las estrellas esta noche, Nathan? ¿Cuántos años podíamos tener…?

—Espero que pocos. Sería muy ridículo que fuerais adultos y pensarais que pedirle deseos a las estrellas podía funcionar.

Lilith se niega a apartar los ojos del firmamento, aunque siente ganas de resoplar como hace el demonio siempre.

—Creo que siete —se responde a sí misma—.

Fue idea tuya. Estuviste insistiéndome para que saliéramos de la cama en medio de la noche y, como sabías que en el claustro nos verían los adultos, propusiste que nos escondiéramos en los jardines, entre los arbustos de las azaleas.

Y yo tardé mucho más de lo que en realidad quería en responderte que sí, que lo haría.

A eso Adriel no replica nada y, aunque Lilith no se atreve a mirarlo, le gustaría pensar que la está escuchando.

Que Nathan también lo hace.

—Así que nos escabullimos en medio de la noche.

Acordamos que contaríamos las estrellas que caían del cielo y que ganaría el que viese más.

Y tú, pese a lo mucho que me habías rogado que fuéramos, te quedaste dormido.

Siempre dices que no, pero te vi dar un salto en el sitio cuando yo vi la primera estrella.

Silencio. Quizá la criatura se ha cansado al fin antes que ella.

Quizá se ha retirado a donde sea que vayan a descansar los demonios y a su lado solo quede un cuerpo dormido.

Le da igual. Quizá incluso dormido pueda llegar hasta su amigo.

Quizá pueda colarse en sus sueños, si es que los tiene, y sentarse a su lado y hablarle.

—¿Sabes? Mi primer deseo durante aquella Noche de los Milagros fue que volviéramos a ver juntos las estrellas al año siguiente. Y ese fue también mi primer deseo todos y cada uno de los años que siguieron.

No sabe por qué no se lo había dicho antes, supone que porque le daba vergüenza.

Porque se le hacía extraño confesarle que quería pasar todas las Noches de los Milagros con él y porque decir ese tipo de cosas la hacía sentir vulnerable.

Porque abrir el pecho y mostrar lo que llevas dentro, tus sueños y tus anhelos y lo que de verdad te importa, implica confiar en que la otra persona no se atreverá a tocar nada.

Y, aunque confiaba en Nathan, aunque le habría confiado su vida, quizá el problema es que el corazón es para ella algo más difícil de ofrecer.

Tal vez no estaba dispuesta dejárselo a nadie, ni siquiera a él.

Tal vez sigue sin estarlo.

—Los celestiales sois unos hipócritas.

Lilith da un respingo y mira a su lado, más allá de esos pasos que los separan. El pulso se le acelera, porque la dureza de esas palabras suena a Nathan, es su voz, es su tono, pero entonces ve la sonrisa retorcida, con todos esos dientes hechos para matar, y sabe que sigue siendo el demonio.