La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar #2
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Ishtar #2

La sonrisa de Derek es tan irónica que no necesita decirle nada más para que entienda que no es solo eso. Como si no tuviera palabras para continuar, o como si no quisiera pronunciarlas, exhala un suspiro tembloroso y da un paso atrás para sacarse la camisa.

Ishtar entiende de repente por qué ha evitado quitársela hasta ahora.

El tatuaje que le baja por la cara y el cuello ahora se extiende mucho más allá.

Es la misma hiedra de tinta negra de siempre, la que está acostumbrada a admirar y a acariciar, pero ha crecido y de pronto su sombra se alarga hacia el hombro izquierdo, comienza a bajar por el brazo, desciende hasta el pecho como si las ramas quisieran protegerle el corazón o devorarlo.

Ishtar deja escapar un jadeo ansioso, porque está segura de que eso no es normal y, por hermoso que resulte, tampoco es bueno.

El tatuaje parece vivo, se alarga muy poco a poco ante sus ojos, se retuerce en las puntas.

Hay hojas pequeñas esperando a abrirse y crecer, brotes preparados para convertirse en ramas finas que seguirán extendiéndose por toda la piel.

La tinta quiere conquistar el cuerpo, como si más que una hiedra se hubiera convertido en una planta carnívora.

—No puedes ser un necromante y escapar de Muerte cuando te reclama.

Derek pronuncia las palabras sin mirarla, con la mandíbula tensa, e Ishtar solo es capaz de observar su rostro un segundo antes de que los ojos se le vuelvan a ir al tatuaje, a la manera en la que le marca la piel y lo reclama.

La respiración se le acelera. Ahora sí, está segura de que el agua se ha quedado helada.

O quizá sea ella quien esté provocando el cambio de temperatura, tal vez porque es justo lo que necesita.

A lo mejor tiene que quedarse congelada dentro del hielo.

No, no solo ella. Los dos. A lo mejor esa es otra manera de parar el tiempo que corre en su contra.

Ishtar toma aire con dificultad. Por el cuerpo de Derek se extiende la tinta y por el suyo comienza a extenderse la culpa.

—N-No. T-Tú no… Tú nunca quisiste…

Derek cierra los ojos. Los aprieta con fuerza, igual que los puños.

—Lo siento. —Ishtar quiere gritarle que no se disculpe. No es él quien tiene que disculparse—. Te juro que no quería ocultarte nada, pero no quería… No sabía… No quería preocuparte, Ishtar. No quería que te sintieras…

—¿Culpable? —A ella se le escapa una risa histérica—. ¡Por supuesto que me siento culpable! ¡Yo te he hecho esto! ¡Yo decidí devolverte a la vida y…!

—Y me salvaste. —Derek vuelve a dar un par de pasos adelante e Ishtar siente sus manos empapadas contra las mejillas.

Le toma el rostro con seguridad, para obligarla a mirarlo a los ojos en lugar de dejar que la tinta se la arrebate también a ella—.

Me salvaste, Ishtar. ¿Me oyes? Me salvaste y me estás regalando algunos de los días más felices de mi vida.

Me dijiste que llevabas años enamorada de mí, pero ¿sabes cuántas veces he soñado yo con lo que tenemos ahora?

¿Sabes cuántas veces imaginé que te sacaba del palacio, te traía aquí y te tenía solo para mí?

No, no lo sabes. No puedes saberlo, porque yo mismo he perdido la cuenta.

Ishtar deja escapar un sollozo ahogado, cargado de angustia, mientras las primeras lágrimas se mezclan con las gotas de agua que él deja sobre su cara.

A pesar de eso, alza las manos y las pone sobre las suyas.

Las aprieta, desesperada. Le duele el pecho.

Le duele como si volviera a estar en el nido y los demonios se lo estuvieran desgarrando.

Le duele como si la sharada se hubiera cansado de esperar y estuviera a punto de llevársela de una vez por todas.

—Tiene… Tiene que haber una solución. Tiene que… Me dijiste que te alegró estar vivo. Quieres estar vivo. Encontraremos… Encontraremos la manera de pararlo. Tiene que haber una manera. Tiene que…

Los ojos de Derek destellan y, aunque Ishtar jamás lo ha visto llorar, está segura de que está a punto de hacerlo. Está sufriendo. Está sufriendo y ni siquiera sabe si es por sí mismo o por ella.

—O podemos aprovechar el tiempo que tenemos, Ishtar.

—Derek le roza las mejillas con los pulgares y diseña una sonrisa artificial, rota en los bordes—.

El que me quede. Podemos… atesorarlo. No sé cuánto será.

Quizá semanas enteras, si tenemos en cuenta el paso al que avanza.

No… No es mucho. Sé que no es mucho, porque yo querría ofrecerte años enteros, y sé que no es justo para ti, pero…

es todo lo que tengo. Y es tuyo. Mis últimos días son tuyos si los quieres.

La última frase es apenas un sollozo y a Ishtar se le rompe el corazón en dos en cuanto lo escucha.

Quiere decirle que no puede decir algo así, que no puede ser que eso sea suficiente para él, y, al mismo tiempo, lo entiende tan bien que solo le duele más.

Ella sabe mejor que nadie lo que es vivir siendo consciente de que hay un punto y final pisándote los talones.

Ella sabe lo que es aprender a apreciar un tiempo limitado.

Derek siempre ha sabido que ella moriría joven, y aun así se ha quedado a su lado.

Nunca le ha importado cuánto tiempo le quedara y ella, en cambio…

¿Qué está haciendo? Odiaba que su madre estuviera obsesionada con alargarle la vida.

Se había decidido a aprovechar el tiempo que le quedase.

Estaba viviendo los últimos días como si fueran un regalo, sin pensar en el futuro porque sabe que ni siquiera el demonio que tiene dentro podrá salvarla llegado el momento.

Qué egoísta es. Qué estúpida. Ella, que sabe mejor que nadie lo que es que otros te reduzcan solo a una enfermedad, que te recuerden día sí y día también que quizá no te queda mucho tiempo.

No quiere hacer lo mismo con él. No quiere que él se sienta como ella se ha sentido siempre. No puede. No va a permitirlo.

Así que, aunque no puede evitar que se le escapen las lágrimas, aunque le sigue doliendo, asiente y se abraza a él. Besa su hombro, su pecho, allá donde el tatuaje le pinta la piel. Piensa hacerlo todos los días. Piensa anestesiar con su boca cada nuevo brote de tinta.

—Los quiero. Claro que los quiero. Te quiero. Mis últimos días son tuyos.

Derek se tambalea un poco por el abrazo, pero pronto la estrecha con fuerza.

Ishtar nunca lo ha visto llorar. Jamás, en todos esos años, ni una sola lágrima.

Ni siquiera cuando le confesó la historia de su familia ni cuando le hablaba de los días que pasó solo en el bosque antes de que Dyne lo encontrase.

Ahora, sin embargo, lo siente temblar. Escucha el sollozo, siente su respiración entrecortada contra su cuello cuando esconde el rostro.

Contra ella, Derek por fin se rompe.

Caleb y Darien los encuentran poco después, cuando el sol ya ha muerto y las primeras estrellas se desvelan.

Para entonces, ambos están sentados en la orilla, apretados el uno contra el otro, todavía con la ropa húmeda, pero dándose todo el calor que necesitan.

Derek ni siquiera se ha vuelto a poner la camisa para entonces, así que lo ven.

Los dos tienen que ser conscientes de la forma amenazante del tatuaje, de su avance sutil pero imparable.

Caleb aprieta los labios, estrecha con un poco más de fuerza los dedos de su acompañante; Darien aparta la vista al suelo como si creyera que está viendo algo que no debería ver.

Derek los mira, aunque no hay palabras. No hay preguntas.

Ishtar entiende rápido que es la última en descubrir la verdad, pero no le importa.

Se aprieta un poco más contra él, deja otro beso sobre su hombro marcado, y no dice nada cuando Darien se sienta a su lado y le aprieta la mano.

Caleb toma asiento junto a Derek. Cuando le aprieta el hombro libre de tinta, el otro lo despeina en respuesta.

Los cuatro callan, en un silencio solemne lleno de todas las cosas que les duelen y los miedos que comparten.

En el cielo se desprende una estrella.