La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar
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Ishtar

ISHTAR

Los manantiales no son extraños en Arsay.

Durante los últimos días han pasado por un par de ellos, pero Ishtar no puede evitar alegrarse cuando encuentran uno junto al que acampar no muy lejos del cementerio.

Los árboles todavía les dan un refugio, pero se apartan lo suficiente como para formar un claro sobre sus cabezas, desde donde pueden ver el cielo pálido que deja tras de sí el día moribundo.

La princesa de Odelia se queda de pie junto a la orilla, observando la superficie cristalina.

Puede ver el fondo con nitidez, no demasiado hondo, y cuando se agacha para sumergir la mano, se da cuenta de que el agua está templada.

A su espalda escucha a Derek manipular la leña que han recogido por el camino, preparándola para encender una hoguera.

—¿Sabes qué es lo único que echo de menos del palacio?

—¿La gran cama mullida? ¿Las mesas llenas de comida? ¿La seguridad de que no te vas a encontrar un oso por los pasillos?

Ishtar pone los ojos en blanco, aunque no puede evitar sonreír.

—No. Darme un largo baño de agua caliente.

La risa que Derek deja escapar se corta en el momento exacto en el que el chico se da la vuelta.

La bruja no se gira para comprobar que la está mirando.

No lo necesita, porque su silencio grita y le arranca una de esas sonrisas traviesas.

Para entonces, ella ya se ha quitado los zapatos, el chaleco que llevaba por encima de la camisa ha caído al suelo y la falda se le desliza por las piernas hasta crear un círculo alrededor de sus pies.

Ishtar mira por encima de su hombro y sonríe un poco más al descubrir la mirada de Derek perdida en su cuerpo, con la expresión de un hambriento ante un festín vetado para él.

Solo es un segundo, antes de que él se dé cuenta de que ella lo está mirando.

Trata de disimular carraspeando y vuelve a centrarse en la leña, como si quisiera concentrarse en la tarea con todas sus fuerzas.

—Estoy seguro de que esa agua no está caliente.

—Todavía.

Ishtar llena la palabra de intención mientras se sienta en el borde y hunde los pies en el agua.

Sus dedos rozan la superficie líquida, no más que otro tipo de materia, y piensa en la temperatura, la aumenta.

Su demonio, dentro de ella, parece tan satisfecho como siempre que decide usar su poder para hacer que el mundo se amolde a sus deseos.

No va a cansarse nunca de esa sensación.

Volutas de vapor se levantan de la superficie para cuando ella se hunde en el manantial, disfrutando de la sensación.

La camisa que no se ha quitado flota a su alrededor, pero ni siquiera le importa.

Lo único que hace es sumergirse y contener la respiración durante todo el tiempo que puede, hasta que los pulmones le reclaman aire.

Cuando vuelve a la superficie, con el cabello y la camisa empapados, Derek vuelve a estar mirándola.

Se ha acercado a la orilla, tentado como si ella fuera una sirena, y se muerde el labio en cuanto la ve apartarse el pelo de la cara, con las luces del atardecer lanzando destellos al agua que la rodea.

—Sabes perfectamente lo que estás haciendo, ¿verdad? —le pregunta él, con la voz ronca.

Ella le dedica su sonrisa más inocente.

—¿Animarte a darte un baño? Son necesarios. Hemos caminado muchísimo. No querrás oler mal, ¿no?

—¿Eso es lo que le vas a decir a tu sobrino y al celestial si nos pillan?

—¿Si nos pillan haciendo qué? —Ishtar parpadea, inocente—. ¿Bañándonos? ¿Qué tiene de malo?

Derek resopla, pero Ishtar ve la sonrisa que se le escapa. Ella es incapaz de contener la suya, expectante, cuando ve que su caballero se inclina para comenzar a desabrocharse las botas.

—Demonio —masculla, y ella ríe.

Ishtar espera que se quite la ropa, quiere verlo hacerlo, quiere volver a descubrir su cuerpo y esta vez observarlo bajo la luz.

La última vez ni siquiera se desnudaron, ansiosos y desesperados como estaban.

Fue rápido y furioso, y fue magnífico, pero Ishtar quiere un poco más de calma esta vez.

Quiere mirarlo de frente y repasar con sus dedos cada centímetro de piel. Quiere memorizarlo.

Pero Derek no le da el gusto de verlo desnudo. Se desprende del cinto en el que lleva las armas y de los pantalones, pero no de la camisa ni de los calzones. Sin importarle mojarse, se adentra en el manantial.

—Te vas a empapar la ropa si entras así, ¿seguro que no quieres quitártela…?

Él la ignora. Llega hasta donde está y extiende una mano hacia su cara.

Ishtar se estremece con la caricia y, después, con la manera en la que le aferra el cabello empapado y tira de ella hacia él.

Se le escapa un jadeo en cuanto Derek se inclina contra sus labios.

Todo su cuerpo se enciende y se calienta con mucha más rapidez con la que lo ha hecho el agua a su alrededor.

—Ahora mismo me importa más quitártela a ti.

Después, la besa. Ishtar deja escapar un gemido contra su boca y se olvida de la calma que quería en cuanto siente las manos de Derek alzándola.

No duda en aferrarse a él, en rodearle el cuello con los brazos y la cintura con las piernas.

El beso es inclemente, descuidado, lleno de una sed que ni toda el agua del manantial podría saciar.

De eso, como de la magia nueva que ahora le corre por las venas, tampoco va a cansarse.

Durante los últimos días no ha podido tener suficiente de esa cercanía, de esos besos y esas manos, porque los ratos que pasan solos son demasiado breves, pero sabe que no sería suficiente ni siquiera si él la tocase todos los días, si la besara así a todas horas.

Lleva tanto tiempo anhelando ese tipo de contacto, de descontrol, que ahora que por fin puede tenerlo no quiere que se acabe nunca.

La lengua de Derek abandona su boca para descender por su cuello y beber directamente de las gotas que se le cuelan por el escote.

Ishtar se pega un poco más a él, se mueve hasta que siente su cuerpo duro contra el suyo y nota cómo la respiración se le entrecorta contra su piel.

Después siente su mano. Los dedos le aprietan el muslo y después se deslizan por él y…

Y, de pronto, pierde fuerza.

Ishtar deja escapar una exclamación cuando se siente a punto de caer, pero se aferra con más fuerza y Derek la sostiene solo con el brazo derecho. Aun así, oye su gemido de dolor, el jadeo que se le escapa y, cuando se separa lo justo para poder mirarle la cara, descubre la palidez en su rostro.

—¿Derek?

Él traga saliva y la suelta con cuidado.

Ishtar vuelve a encontrar el suelo del manantial con los pies, sintiendo un frío intenso que no tiene nada que ver con la temperatura del agua.

Su caballero da un paso atrás y se lleva una mano al brazo izquierdo, observándolo con una tensión que hacía mucho que no veía en él.

Se mira la mano. La abre y la cierra. Por un momento, incluso parece olvidarse de ella.

—Derek, ¿qué ocurre? ¿Estás bien?

Su caballero da un respingo, como si despertara de un trance. En cuanto se da cuenta de lo preocupada que está, se apresura a forzar una risa que le sale un poco estrangulada.

—Perdona. Me ha dado un tirón en el hombro. —Con cuidado, mueve el brazo, prueba de nuevo a mover la mano y después sacude la cabeza—. Que sepas que no suele pasarme esto. Por lo general, suelo ser un amante habilidoso, capaz de tener las dos manos ocupadas a la vez.

Ishtar frunce un poco el ceño. Le gustaría reírse, seguirle la broma, pero no puede.

Se fija en su brazo y extiende los dedos.

Antes de que pueda tocarlo, sin embargo, Derek le atrapa la muñeca.

Es un movimiento tan rápido, tan inesperado, que solo puede ser instintivo.

Su caballero tiene que ser consciente de su propia brusquedad, porque traga saliva y se apresura a suavizar el gesto al llevarse su mano a la boca y besarle los nudillos con cariño.

—Estoy bien.

No, no lo está. Ishtar ha mentido las veces suficientes sobre su propia salud como para saber cuándo alguien está intentando hacer lo mismo.

Le duele que Derek lo intente, que trate de engañarla, que no se deje cuidar pese a todas las veces que él la ha cuidado a ella, así que frunce el ceño, retrocede un paso y aleja los dedos.

En el momento en el que Derek pierde su contacto, pierde también parte de su seguridad.

—¿De verdad ha sido solo un tirón? —pregunta ella. Derek aprieta los labios y a Ishtar esa reacción le parece respuesta más que suficiente—. ¿Qué ocurre? ¿Qué no me estás contando?

—Ishtar…

La manera en la que pronuncia su nombre hace que todo su cuerpo se prepare para el golpe que está por venir. El frío se intensifica, como si el manantial se estuviera convirtiendo en un glaciar.

Ishtar se abraza el cuerpo, aunque sabe que eso no va a protegerla de la helada.

—Habla.

—Salgamos del agua primero. No creo que te venga bien coger frío y…

—¡Derek!

La exclamación le sale con tanta fuerza que un par de pájaros alzan el vuelo desde una rama. Tiene un mal presentimiento y comienza a sentir que el aire le falta, pero la sharada no tiene nada que ver con ello. El demonio de su interior está en silencio, tan expectante como ella.

Derek traga saliva. La mira como si estuviera ante algo aterrador, algo de lo que sabe que no puede huir. Se ha llevado la mano derecha al hombro izquierdo y se lo está apretando con más fuerza de la que seguramente sea consciente.

Al final, se rinde. Ishtar sabe que está a punto de recibir respuestas en cuanto él baja la vista hacia el agua.

—¿Sabes qué pasa cuando un necromante traiciona a Muerte?

La princesa se abraza un poco más el cuerpo. Siente que está a punto de empezar a tiritar.

—Pierde sus poderes. Ya… Ya hemos hablado de esto.