Darien #2
Caleb respira hondo y, aunque Darien lo ha preguntado sin maldad, de pronto se da cuenta de lo cruel que ha sido.
Ha perdido a personas muy importantes para él, pero no pudo honrar a ninguna.
Ni a su padre, a quien olvidó durante mucho tiempo, ni a su maestro, a quien tuvo que dejar atrás en la casa que un día fue su hogar.
—No, todavía no —murmura. Lo dice con la mirada baja, perdida, pero después le aprieta la mano y vuelve a mirarlo a los ojos—. Pero, llegado el momento, sí que me gustaría que otros me enterrasen a mí.
Cuando consigan encontrar la solución a su inmortalidad. Cuando sea libre de esa eternidad a la que otros lo han condenado y que él nunca pidió.
—Quizá no en un cementerio, pero sí en un jardín —continúa—. Los cementerios suelen estar cerca de poblados, pero los necromantes que evitan las comunidades y viven más apartados lo hacen así.
Darien esboza una sonrisa despistada, porque no es capaz de imaginarse del todo a ese Caleb adulto en el jardín de una casa. En el jardín de su casa, supone, porque no se está refiriendo a la casa de Nilam, llena de malos recuerdos y la más amarga de las despedidas. Tampoco a la de su padre.
—¿Eso es lo que deseas para tu futuro? ¿Una casa con jardín en la que vivir apartado como un ermitaño?
En la comisura del necromante se adivina una sonrisa.
—¿Tan extraño te resulta?
—No. —De hecho, le parece que tiene mucho sentido, que encaja con él—. Es solo que… llevas años siendo un mercenario. Pensé que esa era la vida que te gustaba.
Aunque, siendo justos, nunca se lo ha preguntado.
Quizá como él se ha sentido tan perdido en los últimos tiempos daba por hecho que los demás tenían muy claro qué querían hacer.
O a lo mejor es solo que siempre lo ve tan seguro de sí mismo, tan cómodo en su propia piel, que no se había planteado que quisiera hacer las cosas de forma diferente.
Caleb vuelve la vista a los árboles. La luz del atardecer lanza un destello irreal a sus ojos claros.
—Supongo que ya he visto suficiente de este mundo.
Ya he tenido suficientes misterios y luchas y…
estoy cansado, Darien. Quiero un hogar de verdad.
Un lugar al que volver y en el que poder pasar el resto de mis días tranquilo.
Un lugar que sea solo mío… No. No solo mío. Quiero un lugar que sea nuestro .
Caleb vuelve a mirarlo y los árboles y los pájaros se quedan súbitamente en silencio.
Las cintas dejan de agitarse sobre sus cabezas, hasta la brisa aguanta la respiración.
Darien está seguro de que todo se detiene, como si el Amuleto se hubiera puesto en marcha y el tiempo solo siguiese corriendo para Caleb y para él.
De pronto, ellos son las dos únicas criaturas que siguen en ese bosque y lo único que el celestial puede oír es la furia con la que le late el corazón.
—¿Nuestro?
Es una palabra muy sencilla, pero le cuesta pronunciarla, como si le pesara la lengua en la boca.
O quizá tan solo sea ese el efecto que esos ojos azules provocan en él.
No es capaz de mirar nada más. Caleb suele parecerle irreal a menudo, pero en ese momento le resulta casi etéreo, imposible, y por eso se aferra con un poco más de fuerza a su mano.
Tiene miedo de que se le escape entre los dedos.
—¿Vivirías conmigo, Darien?
Caleb deja caer la pregunta sobre ellos con esa calma que resulta casi solemne, igual que dice siempre las cosas importantes, todo lo que tiene que ver con ellos.
Y, durante un instante, Darien no sabe qué responder.
Ya ha llegado a la conclusión de que no puede volver al Templo, de que en el Sacro Reino no queda nada que quiera, nada que le haga feliz.
En cambio, Caleb sí que lo hace feliz. Si mañana se separase de él, se levantaría y acostaría cada día pensando en el chico del que ha desnudado cada recuerdo, cada sueño, cada esperanza.
No diría que está cansado de ver mundo, quiere seguir conociendo tanto como pueda, pero siente que hace años que él tampoco tiene un hogar, aunque viviese en un sitio fijo.
Y quiere esa paz, esa seguridad.
Tal y como Caleb ha dicho, un lugar al que volver.
Darien no es consciente de que está tirando de él hasta que están tan cerca que puede distinguir los diferentes tonos de azul de sus iris.
—Dime cómo sería —murmura—. Dime cómo te lo imaginas.
A Caleb se le escapa un vistazo hacia su boca, como si estuviera leyendo cada palabra de sus labios, pero luego vuelve a mirarlo a los ojos. Cuando habla, su aliento le hace cosquillas en el rostro. Sus dedos le rozan la cadera.
—Quiero una casa cerca de un río, para poder sentarnos a la sombra de los sauces en verano.
Será de piedra para que nos proteja y sobreviva al tiempo y guarde nuestros recuerdos cuando nosotros ya no estemos.
—Caleb se inclina un poco más, roza su boca con su imaginación—.
Quiero un gran jardín repleto de árboles y flores en el que poder pasar las horas contigo y un pequeño huerto donde trabajar para que nunca nos falte de nada.
Quiero un refugio, pero también un lugar en el que cualquiera pueda visitarnos.
Brujos, necromantes o celestiales, da lo mismo.
Darien deja escapar una risa que es casi un jadeo.
Tiene un nudo en la garganta y la mano libre le tiembla un poco cuando la alza para enterrarle los dedos en la nuca.
Suena perfecto. Y es justo lo que quiere.
Quiere la casa y el jardín y despertarse a su lado y pasar las noches de verano mirando las estrellas con él.
Quiere discutir junto al fuego mientras fuera llueve y leer en silencio apoyado contra su hombro.
Quiere mil puestas de sol más como esa, ocultos entre los árboles, con un cielo sin límites sobre ellos, y que, al final, no tengan que colgar ninguna cinta, porque todo habrá quedado dicho, soñado, recordado.
—Sí —murmura contra sus labios—. Sí, yo también quiero esa casa.
Quiere ese futuro. Lo quiere a él, aunque eso no sabe aún cómo pronunciarlo. No sabe qué palabras usar, porque todas le saben a poco. Así que tan solo rompe la distancia que los separa y lo besa, tan despacio y dulce como puede.
Una casa es un sueño sencillo.
Pero Darien nunca había deseado con tantas ganas hacer un sueño realidad.