Darien
DARIEN
Darien sabía que volver a un lugar que solo aparece en los recuerdos de la infancia de una persona iba a resultar difícil, pero es todavía peor de lo que había imaginado.
Desgranar los momentos que Valerick y Caleb pasaron juntos en busca de pistas es un proceso lento y frustrante, repleto de intentos que no lo llevan a ningún sitio pero que aun así consumen su energía.
Intentar buscar en los recuerdos, cada vez más hondos, hace que sea el primero en cansarse cuando caminan y afecta a su humor.
Se nota inquieto, presionado por ser el responsable de ofrecer un rastro fiable.
A veces no puede evitar pensar que están perdidos, caminando en círculos, pero nunca lo dice en voz alta, igual que no es él quien pide que paren a descansar ni admite que hay ocasiones en las que el agotamiento apenas le deja dormir.
El paisaje de Arsay ya no lo satisface, porque hay pocas novedades en los bosques que cruzan, y los días se empiezan a arrastrar porque todos parecen iguales.
Al menos, hasta que ve los árboles adornados con cintas.
Darien ni siquiera es consciente de cuándo han aparecido.
En un segundo estaban en un bosque cualquiera, siguiendo un camino entre la maleza, y, al instante siguiente, en una encrucijada, el paisaje se ha abierto, despejado de helechos y hierba alta.
Deberían ir hacia la izquierda, pero a la derecha es donde el sol a punto de ponerse brilla más y la brisa mueve los jirones de color como si fueran estandartes.
Allí todo está más cuidado: los árboles parecen casi ordenados, como si alguien hubiera intentado darles un sentido al plantarlos formando algo parecido a pasillos.
A la sombra de algunos crecen flores silvestres, pero son los trozos de tela los que le llaman la atención.
Son de mil colores diferentes y forman un arcoíris del que le resulta difícil apartar la vista.
Sus pies se han detenido por voluntad propia y, al darse cuenta, el resto del grupo se gira para mirarlo.
—Es un cementerio.
Es Caleb quien lo dice, pero Darien no se vuelve hacia él, sino que mantiene la mirada en los árboles, en las cintas, en todo ese lugar tan extraño y que, sin embargo, le resulta tan atrayente.
Sabe que «cementerio» es la palabra que usan los necromantes para los espacios en los que entierran a sus muertos, pero no se los imaginaba así.
Ha escuchado las suficientes historias para entender que los fieles de Muerte plantan los cadáveres como si fueran semillas y dejan que algo crezca en su lugar, pero daba por hecho que algo así solo podía dar lugar a espacios sombríos, llenos de plantas deformes y venenosas.
Ahora que lo ve, sin embargo, se da cuenta de que debería haberse deshecho ya de ese prejuicio: nada de lo que los necromantes hacen es sombrío.
En su viaje ya ha pasado por sus ruinas, por sus poblados, y, exceptuando el nido de demonios y sus alrededores, todo le ha quitado el aliento.
A su manera, todo está lleno de belleza.
—Es precioso.
La confesión se le escapa sin pensar. Acostumbrado a los ritos funerarios de la Hermandad, ha aprendido a asociar la muerte con el fuerte olor de una pira ardiente, con el humo y el picor en los ojos si estás demasiado cerca.
Es la primera vez que puede vincularla a la vida, a algo bello, a algo de lo que casi quiere formar parte.
—¿Quieres verlo?
Esta vez Darien sí que se gira hacia Caleb. Él, como siempre, es capaz de ver incluso los deseos que no se atreve a pronunciar en voz alta.
—No quiero retrasarnos…
—Si queríais estar a solas, solo teníais que decirlo, ¿eh? Un cementerio es un lugar extraño para una cita.
El celestial siente que la sangre se le agolpa en las mejillas e Ishtar le da un codazo a Derek, pese a que ella también parece divertida por el comentario.
Su guardián finge que le ha hecho mucho daño cuando se encoge sobre sí mismo.
O quizá se lo haya hecho de verdad: desde que tiene un demonio dentro, la fuerza de la chica es un misterio.
Se mueve con mucha más soltura y tiene mucha más resistencia que antes, desde luego.
La tos sigue apareciendo de cuando en cuando, a veces más fuerte y otras más débil, y en muchas ocasiones usa su magia para que sea el terreno el que se mueva en lugar de ella y así evitar cansarse, pero, por lo demás, es evidente que está mucho mejor. También mucho más feliz.
—Id —dice la princesa—. Pronto atardecerá, así que nosotros nos encargaremos de buscar un sitio para acampar y conseguir algo de cena.
Caleb enarca las cejas.
—¿Quiénes son aquí los que quieren excusas para estar a solas?
Ishtar ni siquiera disimula. Esboza una sonrisa inmensa, de diablillo, y se agarra del brazo de Derek para tirar de él.
—¡Pasadlo bien!
A Darien le gustaría responderle algo incisivo, pero lo único que puede hacer es seguirlos con la mirada mientras se alejan, muy juntos, hablando por lo bajo, mientras la risa de Ishtar resuena entre los árboles.
Cuando vuelve la vista hacia Caleb de nuevo, se da cuenta de que este le está tendiendo la mano, como tantas otras veces.
En esta ocasión sabe que no es para que use su don y el celestial se siente súbitamente nervioso por ello.
No han estado solos desde la noche en la que fueron juntos a la casa de Chronos y Tara y, desde entonces, no se han tocado mucho más de lo necesario, quizá por eso ahora cada vez que lo hacen parece tan importante, tan intenso.
El celestial blinda su mente contra los recuerdos antes de que sus dedos encuentren los del necromante, ásperos bajo su tacto.
Sus pensamientos continúan siendo suyos y el presente ni siquiera se difumina ante él.
Sigue oliendo la tierra removida, la hierba.
Los rayos de sol que se cuelan entre el follaje le calientan la piel, mientras que la brisa se encarga de enfriarle las mejillas.
Un par de pájaros pían desde alguna rama, aunque lo que más escucha Darien es el murmullo de las hojas.
—Entonces ¿hay un árbol por cada persona que enterráis?
Caleb asiente antes de que Darien vuelva a fijarse en cada uno de los especímenes: todos son diferentes, tal vez como las personas que allí se encuentran, tan altos como si aspiraran a tocar el cielo y tan bajos como si quisieran seguir siendo humanos.
Algunos son tan espigados que parece que una corriente fuerte de aire fuera a romperlos y otros tan gruesos que deben de llevan ahí siglos enteros.
Los hay jóvenes y viejos, perennes y de hoja caduca.
Los menos todavía tienen algunas flores adornando sus ramas y otros empiezan a mostrar pequeños frutos.
Darien se pregunta si alguien vendrá a buscarlos.
Si se pudrirán en el suelo y serán otra ofrenda para el bosque o si habrá necromantes que los recojan y les den las gracias a los suyos por seguir alimentándolos.
—Y… ¿por qué?
—¿Por qué plantar un árbol?
—¿Por qué crear un lugar para los muertos?
Caleb lo estudia de soslayo, quizá intentando desentrañar qué le resulta tan fascinante.
Con cada paso que dan, se adentran más entre los árboles y Darien supone que esa zona es más antigua, porque las cintas que cuelgan de las ramas están desteñidas por el sol e incluso deshilachadas.
En algunas de ellas hay manchas negras que no consigue descifrar.
—No es un lugar para los muertos. Los cementerios son para los vivos, para darles un lugar en el que honrar a los suyos. Son un recordatorio de que alguien existió y que la vida continúa, pero también un refugio al que regresar cuando echamos de menos.
Hace una eternidad que Caleb le dijo que los necromantes también lloraban a los suyos, que lamentaban su pérdida, pero supone que no podía entender todo lo que trataba de explicarle.
Ahora sí. Piensa en Adam, en cómo habrían sido sus ritos si hubiera muerto como un héroe en vez de como un traidor.
Su cuerpo se habría incinerado y no habría quedado nada de él para llorarlo.
Los celestiales fallecidos se olvidan cuando muere la última persona que los conoció.
Darien se detiene ante un roble de aspecto imponente, de ramas lo suficientemente bajas como para alzar la mano y tocar las telas que cuelgan de ellas.
Caleb, a su lado, también mira hacia arriba.
Azul, verde, blanco que ha amarilleado con el tiempo, rojo.
Parece que alguien hubiera querido vestir a ese árbol con las mejores galas.
—¿Y las cintas? ¿Qué son?
—Recuerdos. —Darien se gira hacia él y lo observa con los ojos muy abiertos—.
No tan literales como los que tú podrías sacar de ellas si las tocaras, claro.
Es solo algo simbólico. También pueden ser deseos o mensajes.
Cosas que se quedaron por decir, por hacer, o historias de lo que esa persona no llegó a ver.
Quienes saben escribir, lo ponen en palabras. Quienes no, se lo cuentan al árbol.
El celestial traga saliva y entiende las manchas negras: son palabras que se han corrido con el tiempo.
Pero, aunque las letras se hayan borrado, supone que el sentimiento permanece, cosido de una manera que ni siquiera la lluvia o el viento pueden arrancar.
Y esos sentimientos, esos recuerdos, esos mensajes…
están por todas partes. Se da cuenta cuando intenta contarlos, cuando mira a su alrededor y es consciente de cuánta gente debe de visitar ese lugar.
Quizá sea lo más parecido que tienen los necromantes a un sitio de peregrinación.
Está seguro de que no rezan o, por lo menos, nunca ha visto a Caleb o a Derek rezar a su diosa, pero a lo mejor esta es su forma de hacerlo: a través de los muertos.
—¿Has enterrado a alguien alguna vez? ¿O… has colgado una cinta para alguien?