La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb
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Caleb

CALEB

Caleb lleva años queriendo deshacerse de su inmortalidad, pero esa idea se convierte en una obsesión desde el momento en el que abandonan el antiguo hogar de Tara y Chronos.

No se trata solo del miedo que le da repetir los errores de su primera vida, sino que hay cosas que no quiere tener que sufrir en esta.

Los recuerdos de la muerte de Nilam se han reavivado, más punzantes que nunca, y el miedo a ser el único que sobreviva a toda la gente que quiere, el único condenado a presenciar una muerte tras otra, se ha intensificado hasta ocupar incluso sus sueños.

En los breves momentos en los que cierra los ojos y duerme, Caleb se ve ante los cadáveres de todas las personas a las que alguna vez ha querido.

Ve la muerte de su padre, la de su maestro, pero también la de Ishtar, pálida y quieta en una cama; la de Dyne, asesinada por los celestiales; la de Derek, desangrado entre las zarzas.

Y, sobre todo, ve la muerte de Darien. A él lo ve morir de tantas formas, tantas veces, como vidas han compartido.

No lo soporta, así que se alegra de no necesitar dormir demasiado y se obliga a pensar que cada vez está más cerca de evitar ese destino lleno de pérdida. Darien tuvo la idea la misma noche que fueron a la casa, mientras volvían al claro de la mano:

—Deberíamos buscar la casa de tu padre.

Caleb, todavía perdido en la visión de Tara y Chronos, lo miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—Querías encontrarla, ¿no? Me lo dijiste la última noche que pasamos en Damira.

Y, si hay algún lugar que puede sernos útil ahora, es ese.

—La decisión brillaba en los ojos de Darien incluso en la penumbra—.

Tu inmortalidad llegó el día que tu padre murió, Caleb.

Pasara lo que pasara, las respuestas están en esa noche.

Así que a la mañana siguiente le expusieron la situación a Derek e Ishtar y ambos estuvieron de acuerdo en que merecía la pena intentarlo.

Se pusieron en marcha sin más palabras, aunque también sin demasiadas pistas que seguir.

Es difícil encontrar un hogar que no has pisado en catorce años y que solo recuerdas de fragmentos recuperados hace poco, de modo que durante los siguientes días tratan de trazar un mapa siguiendo memorias inconexas.

Llegan a la conclusión de que Valerick y Nilam no debieron de vivir en puntas demasiado alejadas de Arsay, porque de lo contrario su maestro nunca habría llegado hasta él, y eso los ayuda a delimitar una zona probable que, sin embargo, sigue siendo demasiado amplia como rango de búsqueda.

Por eso Darien vuelve a hundirse en sus recuerdos.

En cada descanso que hacen en el camino, el celestial toma su mano y se concentra en sacar a la superficie algunos retazos de una vida que el necromante descubre por primera vez y otros que ya había visto.

Buscan sobre todo momentos en que su padre lo llevaba al exterior; buscan excursiones, lugares que puedan servirles de guía.

Las noches en las que miraban juntos al cielo y Valerick le contaba historias se convierten en mapas del firmamento para encontrar el punto exacto en el que estaban; la fauna y la flora de su hogar se convierten en tema de debate con Derek, que ha recorrido Arsay de punta a punta tantas veces como para conocerla mejor que nadie.

Solo hay una persona que podría guiarlos mejor por esos bosques: Dyne.

De ella no tienen noticias pese a que Caleb le envió un cuervo en cuanto consiguió huir de Damira. Sin embargo, ese mismo cuervo vuelve a él, con su mensaje sin entregar, cuando llevan tres días de viaje. Caleb no puede evitar un escalofrío en cuanto lo ve. Derek, a su lado, palidece un poco.

—¿Crees que la han descubierto?

Ambos se han adelantado al resto del grupo, acostumbrados a reconocer el terreno, pero se detienen en ese momento e intercambian una mirada. Un miedo. Es Derek quien lo ha puesto en palabras y Caleb quien lo convierte en un remordimiento:

—Tendría que haberla convencido de que dejase el Sacro Reino cuando fui a buscarla.

Su mejor amigo lanza un vistazo hacia atrás y observa a Darien e Ishtar, que caminan y charlan varios pasos por detrás. Después, le pone una mano en el hombro para animarlo a seguir hacia delante y mantener la distancia.

—Le dijiste que podía volver y ella insistió en quedarse allí. Dyne sabía cuáles eran los riesgos y, aun así, tomó su decisión. Y sabes tan bien como yo que ninguno de los dos podríamos haber hecho nada para disuadirla.

Tiene razón. Aun así, Caleb lleva demasiados días pensando en la muerte como para no ponerse en lo peor.

—¿Crees que…?

—No está muerta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me lo habría dicho.

Caleb frunce el ceño, confuso, y vuelve la vista hacia su amigo. Quiere decirle que eso no tiene ningún sentido, que los muertos no hablan, pero entonces comprende a lo que se refiere:

—El último deseo de los necromantes.

Derek asiente. Tiene el rostro demasiado serio para ser él y se roza de manera distraída el tatuaje que le baja por la cara.

—Yo usé el mío con ella, sé que ella habría hecho lo mismo conmigo. No sé qué le impide respondernos, pero no está muerta.

Caleb no se ve capaz de llevarle la contraria.

Aunque Derek, Dyne y él hayan pasado tantos años juntos, es consciente de que la conexión que hay entre ellos dos es distinta.

Han crecido juntos de una manera que él no puede comprender, los ha visto entenderse sin necesidad de cruzar una sola palabra en multitud de ocasiones.

Caleb nunca se ha sentido de más entre ellos, pero a menudo notaba los años en los que él todavía no formaba parte de sus vidas.

Son años de heridas compartidas, de soledad atenuada por la presencia del otro.

Si las almas predestinadas existen, es probable que ellos también sean dos personas hechas para conocerse una y otra vez.

Si él está preocupado por Dyne, no se imagina lo que debe de sentir Derek.

Si él sintió que se le rompía el corazón cuando su amigo se le murió en los brazos, no se imagina lo que Dyne debió de sentir si llegó a descubrir lo que había pasado.

Quizá hizo una locura. Sí, tuvo que hacerla.

Dyne nunca se habría quedado de brazos cruzados ante la muerte de Derek.

Lo más probable es que, como mínimo, quisiera venganza.

Habría salido del Sacro Reino de inmediato, tanto para buscar al responsable como para buscarlo a él, incluso a Ishtar. Dyne no los habría dejado solos.

A no ser que algo se lo impidiera… o que sepa que Derek ha conseguido salvarse.

Caleb mira a su acompañante de reojo. Tiene la mirada fija en el camino y, al mismo tiempo, muy lejos de allí, perdido en su propia cabeza.

Probablemente está pensando en cómo descubrir qué ha sido de su compañera y, sobre todo, cómo ayudarla en caso de que esté en apuros.

Caleb también piensa en ella, en las posibilidades, pero Dyne no es la única que le preocupa.

Al fin y al cabo, su amigo y él no han hablado de esos minutos que han tenido que cambiarlo todo para Derek ni lo que pueden suponer.

No tiene confirmación, solo suposiciones e historias sobre traidores a Muerte, necromantes que le dan la espalda a su fe para irse con otros dioses o reniegan de ella por el dolor que les provoca una pérdida.

No considera que Derek sea un traidor, pero que haya perdido sus poderes implica que está pagando como si lo fuera.

Lo que no sabe es hasta qué punto.

—¿Crees que le llegó? —pregunta en voz baja. Su interlocutor lo observa como si se hubiera perdido en la conversación—. Tu mensaje. Estuviste muerto muy poco tiempo. ¿Crees que le llegó? ¿O crees que Muerte le diría…?

Que había conseguido escapar de sus manos. Que su alma había vuelto al ciclo y después había huido.

Derek lo mira con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir. La sonrisa que dibuja después es dubitativa, nerviosa.

—Espero que no. Espero que el mensaje le llegara y ahora mismo siga pensando que estoy muerto.

—¿Por qué?

Derek se frota la nuca, pero no responde. Aprieta el paso y Caleb observa su ancha espalda desde atrás, el moño en el que siempre se recoge parte del pelo. No le pasa desapercibida la manera en la que abre y cierra la mano izquierda, como si la tuviera entumecida.

—Derek —lo llama—. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?

Su amigo no contesta.

Y con eso lo dice todo.