La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

Mientras Astrey entra en la habitación de su madre, Elira se queda fuera, sentada en las escaleras.

Es una decisión compartida, un pacto entre ambos.

Ni ella quiere ver lo que va a pasar ni él quiere que ella esté presente, como si temiera que verlo usar el Amuleto del Tiempo fuera a romper lo que han reparado en las últimas horas.

Lo que están a punto de crear entre ambos, igual que lo que tenían y, al mismo tiempo, diferente.

Una parte de ella cree que no debería haber cedido.

Otra, la que está convencida de que no va a cambiar nada, se dice que quizá sea mejor así.

Quizá sirva para que Astrey se dé cuenta de que el Amuleto no va a poder ayudarlo siempre, que hay cosas que ni siquiera los Portadores pueden hacer.

Su madre murió hace demasiado tiempo. La única manera de salvarla de verdad sería volver el tiempo atrás, regresar a una época en la que estuviera viva y, dado que murió de una enfermedad, lo más probable es que ni siquiera eso le podría asegurar salvarla.

Si el Inmortal la hubiera querido viva, quizá todo habría sido diferente, pero no lo hizo, y Astrey no puede dedicar su vida entera a enmendar los errores del anterior emperador.

Siente el momento en el que el Amuleto se pone en marcha.

No es porque nada cambie: el palacio se mantiene igual, no tiembla ni se rompe, pero el ambiente se enrarece, el aire se vuelve pesado y siente la magia a su alrededor; es algo espeso, casi palpable.

Hasta cierto punto, la llama. Aunque ella no quiera el Amuleto del Tiempo, aunque lo considere peligroso, es un objeto que cualquier demonio querría probar al menos una vez.

El suyo suele estar callado y cómodo en su interior, pero hasta él abre los ojos ante la energía que desata el talismán.

Elira se encoge un poco sobre sí misma y se fija en su propia mano, se concentra en el anillo que decora su anular y le da vueltas.

Todavía se le hace extraño llevarlo puesto, desacostumbrada a llevar joyas que decoren sus garras.

Le parece incluso demasiado bonito para unas manos tan horribles, hechas para hacer daño, pero no quiere quitárselo.

«¿Estás segura de esto?».

Sí. Más segura de lo que esperaba, incluso.

No es solo por Astrey. No es porque el corazón se le haya ablandado con su confesión ni por las barreras que ha terminado de echar abajo con sus besos o por la comprensión que siente por él y su necesidad de volver a tener una familia (quizá ella sea igual, quizá el refugio solo fue su manera de seguir aferrándose a otras personas, de evitar sentir que se había quedado sola en el mundo).

Lo que más la convence de lo que ha hecho, de lo que ha aceptado, es la perspectiva de futuro que tienen por delante.

No puede dejar de verla. No puede dejar de preguntarse qué pueden llegar a conseguir.

Quizá nunca vaya a caer ante la tentación que supone el Amuleto del Tiempo, pero a lo mejor no es tan fuerte ante la idea de reparar el pasado sin necesidad de usarlo.

La puerta a su espalda se abre y ella alza la vista a tiempo de ver a Astrey salir de la habitación.

Solo necesita un vistazo para saber que no ha funcionado, que sus esperanzas han terminado de quebrarse ahí dentro.

El espíritu se sienta a su lado en silencio, con la cabeza baja, y Elira traga saliva cuando ve el mechón de pelo blanco que le tapa a medias la expresión.

No estaba ahí antes de que entrara en ese cuarto, pese a todas las veces que ya ha usado el Amuleto, y ella no tarda en entender por qué.

Sin Caleb a su alcance, el único lugar del que puede robar tiempo sin dañar nada ni a nadie es de su propio cuerpo.

Por un instante, la peor parte de sí misma se arrepiente de haber dejado que aquel chico escapara.

Aunque duda, al final extiende un par de dedos para apartar ese mechón albino que destaca entre el fuego de sus cabellos.

Astrey tiene la mandíbula tensa y los ojos grises hechos de tormenta, pero no le devuelve la mirada.

No dice nada. No es necesario. Lleva la frustración y la pena escritas por toda la cara.

—Déjame hacerlo por ti —susurra ella.

Él no necesita más explicaciones para saber a qué se refiere.

Sus labios se aprietan un poco más, su mirada continúa huyendo de ella, pero, tras unos largos segundos, asiente.

Elira es consciente de lo mucho que tiene que costarle hacerlo.

Pero quieren hacer las cosas bien, ¿no? Ella tiene que ayudarlo a tomar las decisiones correctas, aunque a veces duelan.

Esta es solo la primera cosa complicada que ambos van a tener que hacer.

Se inclina para dejar un beso sobre su sien antes de ponerse en pie.

—Te prometo que será rápido.

Astrey no responde. Se encoge un poco más sobre sí mismo, se tapa los oídos como si le diera miedo escuchar algo de lo que está a punto de suceder o como si quisiera aislarse de voces que Elira no es capaz de escuchar.

Si es eso último, se encargará de acallarlas luego.

Se encargará de distraerlo, de hablar lo suficientemente fuerte como para que solo pueda escucharla a ella.

Si tiene que salvarlo de sí mismo, lo hará.

Le cuesta más de lo esperado abrir la puerta del cuarto.

Durante todos esos días, ha estado visitando a la mujer que ahora se acurruca en una de las esquinas, murmurando para sí misma salmos que no pueden protegerla.

Elira no conoció a Linette en vida, solo ha conocido los breves fragmentos de ella que ha conseguido cazar en esos días, pero eso ha sido suficiente para saber que debió de ser una mujer encantadora, alegre y vivaz.

Espera que Astrey pueda recordarla así, y no como esa criatura asustada y cambiante que ahora tiene delante.

Linette la observa con los ojos muy abiertos, asustada, mientras Elira se acerca a ella.

Un instante después, sin embargo, cambia.

Al principio, como siempre, se queda con la expresión perdida.

Después, el cuerpo se le relaja y su mirada se alza hasta ella.

Hay un brillo de reconocimiento en sus ojos.

—Elira.

La bruja le dedica una sonrisa tierna que le cuesta más de lo que le gustaría. Se arrodilla frente a ella.

—Hola, Linette.

Es obvio que la mujer está sobrepasada, pero aun así sus comisuras tratan de responder a su sonrisa con otra. Es un gesto de disculpa, torcido, triste.

—Lo siento. No sé… Ojalá pudiera…

—No pasa nada. No es culpa tuya.

La mujer lanza un vistazo hacia la puerta y aprieta las manos contra la fina tela del camisón que lleva puesto.

—Sé que le duele —susurra—. Sé que está… intentando que todo esté bien, pero…

—Pero tú sabes que no lo va a estar, ¿verdad?

Linette vuelve a mirarla. En sus ojos, como en los de su hijo, vive una tormenta que no había visto nunca hasta ahora, pero que está a punto de desatarse y llevárselo todo.

Elira no puede evitar preguntarse si Astrey no aprendió a disimular todo detrás de una sonrisa gracias a un libro, sino a su madre.

Se pregunta si esa mujer lleva días padeciendo una angustia que nadie es capaz de describir, pero no quería que él la viese y que se sintiera culpable.

—No quiero que sufra.

La sonrisa de Elira se tiñe de tristeza. Con cuidado, alza la mano y acaricia una de esas mejillas repletas de pecas.

—Lo sé. Pero no te preocupes: yo cuidaré de él.

Linette ladea la cabeza contra su garra, la observa con una pregunta que sus labios nunca llegan a formular.

La caricia de Elira desciende hasta el cuello.

El anillo que Astrey ha puesto en su dedo se empapa de sangre.