La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

De nuevo, ella solo necesita decir su nombre para callarlo. O quizá sea la forma en la que le toma el rostro con ambas manos. De pronto, parece un poco insegura, un poco avergonzada incluso. Astrey entorna los ojos, confundido.

—Yo te estoy ofreciendo una nueva familia ahora.

Tarda un par de segundos más en comprender lo que le está diciendo. Las palabras se le cuelan en la cabeza demasiado poco a poco.

Pero no significa lo que él quiere que signifique, está seguro.

—¿Qué?

Ella se muerde el labio. La ha entendido mal. Tiene que haberla entendido mal.

—Me ofreciste ser tu emperatriz, ¿no?

Dos veces. Se lo ha ofrecido dos veces y dos veces ella lo ha rechazado, lo ha mirado con horror. Así que él se prometió que no volvería a pedírselo hasta estar seguro de que iba a darle una respuesta afirmativa.

Pero ni siquiera después de las cartas estaba seguro de que eso fuera a ocurrir.

Astrey deja escapar el aire que estaba conteniendo en una exhalación temblorosa, incrédula. Nota que el pulso se le acelera, pero ni siquiera siente que sea él quien está viviendo ese momento. Quizá está ocurriendo en otra vida, en otro mundo, en otro tiempo.

—¿Y tú quieres… ser mi emperatriz?

Elira aparta la vista y las manos de su rostro para jugar con las pulseras de cuerda que lleva en las muñecas. Es evidente que está nerviosa, cada vez más azorada. Astrey nunca la había visto comportarse de ese modo, así que se siente un poco fascinado.

—Hay condiciones, claro —comienza a decir ella muy rápido—.

Orlaith sigue siendo lo más importante para mí, así que tendríamos que hablar de qué ocurrirá si quieren la independencia y me eligen como su soberana.

No sé cuántas probabilidades hay de que vaya a suceder, pero quizá tendría que irme por temporadas si fuera así y, por supuesto, no podrás intervenir en…

—Elira —la interrumpe él, incapaz de pensar en política justo en ese instante—. ¿Estás diciendo que te casarías conmigo?

Ella abre y cierra la boca, sin saber qué decir, y Astrey nota su propio pulso acelerado cuando le coloca un par de dedos bajo el mentón para obligarla a mirarlo.

—No tienes por qué hacerlo. No por mí. Por lástima o…

—No es eso lo que…

—Ya eres mi familia —continúa él—. Llevas siéndolo años, sin necesidad de ningún compromiso. Si te quiero como emperatriz es porque eres competente, inteligente y justa. Porque deseaba que gobernases a mi lado como una igual. Pero no tiene por qué ser así.

Ella se destensa un poco ante esas palabras, como si hubiera estado luchando contra algo y, de pronto, hubiera encontrado cierta calma en la rendición.

—Lo sé. Y también sé que quieres hacerlo bien. Que quieres crear otro mundo, uno mejor, y crees que podemos diseñarlo juntos. Y quiero… quiero verlo. —Elira traga saliva, pero en su mirada ya se adivina una decisión inquebrantable—. Quiero descubrir qué podríamos hacer.

El pecho de Astrey se expande. Conoce la esperanza, lo traicionera que puede ser, la facilidad con la que se te mete dentro y te susurra al oído sueños que nunca se van a cumplir.

La esperanza es lo que hizo que aceptara ser el juguete de Fabrice.

La esperanza es lo que hizo que creyera que la ruta hacia la cima podía hacerse como quería cuando tenía dieciocho años.

La esperanza lo ha convencido de que podía ayudar a su madre.

Es la esperanza lo que lo mueve, con hilos finos, a quitarse el anillo que lleva en el pulgar derecho.

La banda dorada destella a la luz tenue del cuarto, mientras que las piedras negras que tiene engarzadas atrapan esa misma claridad en su interior y la devoran.

Ese fue el segundo anillo que tuvo. Lleva con él tantos años que lo siente como una extensión de sí mismo, como una seña de identidad, así que le parece que es justo dárselo a Elira, para que tenga un pedazo de él, de su historia.

Su mano busca la de ella y le toma los dedos con suavidad.

La bruja baja la vista hacia el gesto. Astrey le acaricia los nudillos con delicadeza, deja el anillo cerca, pero no llega a ponérselo.

—Podría crear un mundo nuevo yo solo, Elira, pero nunca sería perfecto sin ti a mi lado. Permíteme que sea perfecto. Quédate junto a mí. Cásate conmigo.

Elira se estremece, pero alza la vista para mirarlo a los ojos cuando responde, casi sin aliento:

—Sí.

Solo es una palabra, pero tiene más efecto en él que el discurso más elaborado.

Le golpea en el pecho, le arrebata la respiración y una sonrisa.

Los dedos le tiemblan cuando desliza el anillo por su anular, pero no le importa que vea lo que causa en él.

Es justo lo que le ha estado causando desde el principio.

Igual que su propio demonio, Elira se le ha metido dentro y, a veces, le hace perder el control.

Pero es una sensación que no cambiaría por nada del mundo.

Un poco de magia es todo lo que necesita para que la banda se ajuste alrededor del dedo de la princesa de Orlaith. No puede evitar contemplar el resultado, el brillo del oro contra su piel, las motas negras, tan oscuras como los ojos de un demonio.

Astrey se lleva la garra a los labios y besa el anillo en una promesa silenciosa, mientras su mirada vuelve a encontrar la de su prometida y ella esconde una sonrisa al morderse el labio.

Esto es lo que tenía que pasar desde el principio.

Este es el destino que merecen: los dos juntos en la cima.

Con ella no se sentirá tan solo en ese palacio inmenso.

Con ella creará un hogar. Ella puede acallar las voces.

Ella lo mantendrá anclado a la realidad.

Ella lo ayudará a decidir. Será su familia.

Lo será todo.

—Mi emperatriz.

El beso con el que se buscan es dulce y hambriento, ambas cosas, como si los demonios hubieran vuelto a despertar dentro de ellos. Es todo lo que anhelan, todo lo que temen. Es la prueba de que encajan, de que están hechos el uno para el otro. De que, si quisieran, podrían gobernar Evren entero.

Si quisieran, podrían incluso reescribir la historia.