La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Tener a Elira a su lado, entre las sábanas revueltas, lo recoloca todo en su lugar.

Sabía que la había echado de menos, pero no es consciente de cuánto hasta que las ansias se calman un poco, la razón vuelve y ambos se quedan abrazados, él con la cabeza apoyada contra el pecho de ella.

Siente su hambre saciada, pero no es igual que otras veces: esta vez el sentimiento no tiene que ver solo con el deseo, con la atracción.

Ahí tumbado, mientras esboza cartas con los dedos sobre la piel morena desnuda, se da cuenta de que quizá deshacerse de todas las apariencias, de las máscaras que había olvidado que llevaba, era lo que necesitaba para volver a sentirse cómodo en su propio cuerpo.

Su demonio guarda silencio y la voz del Amuleto del Tiempo por fin se ha callado.

En su mente solo está él, por primera vez en una eternidad, y el alivio le cosquillea por todo el cuerpo, en los bordes de una sonrisa que no tiene que forzar.

Elira le desliza los dedos por los cabellos, peinándolos con cuidado, como si temiera que un solo rasguño más fuese a romperlo.

No ha sido tan delicada antes, cuando le ha arañado la espalda y le ha clavado las uñas en los hombros, pero a Astrey no le importa.

Como cada vez que ella le hunde las garras en la piel, se siente un poco más vivo, un poco más real, más nítido en los bordes.

—Supongo que ya no estás enfadada.

Le cuesta arrancarse las palabras. Si pudiera, se quedaría en ese presente callado, daría por perdonado el pasado y se olvidaría del futuro.

Pero sabe que no pueden ignorar sin más lo que ha ocurrido.

Puede que no vayan a hablar de lo que él ha escrito en su última nota (no hace falta, ya se lo han dicho todo sin palabras), pero supone que habrá más preguntas.

No se dormirán en la misma cama como si no hubiera ocurrido nada sin hablar antes.

Elira mira al techo, pensativa.

—Dejémoslo en que ya no tengo ganas de matarte.

—Es un avance.

Considera una victoria que ella tenga que reprimir una sonrisa.

Por un momento, su relación vuelve a ser la misma de siempre, con las palabras que no se dicen enterradas entre bromas.

El espíritu puede jugar a eso. Puede volver a ser el brujo que intenta provocarla, mientras ella finge que se lo pone difícil.

Astrey la tantea cuando le roza la mano en un gesto casual, solo para llevarse su muñeca a los labios después. Su beso no es más que una caricia que Elira sigue con la vista.

—¿Astrey?

Él continúa dejando besos por su brazo, ascendiendo.

—¿Hmmm?

—No habrá más oportunidades después de esta.

—El emperador se detiene y alza la vista a su rostro.

Elira no ha cambiado la voz, que sigue siendo calmada y suave, pero quizá por eso a él le resulta todavía más peligrosa.

Esa voz no está cargada de resentimiento ni rabia, sino de la misma resolución que brilla en sus ojos—.

Si vuelves a mentirme, a esconderme algo, se acabó.

Astrey no puede evitar un escalofrío. No es una amenaza, solo una advertencia, pero aun así siente que le clava las uñas en la garganta.

—Sin mentiras —le asegura él—. Sin escondites.

Lo dice sin dudar y, aunque ella aprieta los labios, sabe que va a creerlo.

Al menos va a intentarlo. Por eso no se aparta cuando él se incorpora para ponerse a su altura y buscar su boca otra vez.

Con el hambre saciada, lo único que queda es un gesto profundo, cálido, pero no ardiente.

La clase de beso que podría convertirse en una promesa.

En sus últimas cartas había duda, la que siempre acompaña al miedo de abrirse demasiado a alguien, pero ahora la deja de lado.

Es ella quien se aleja al cabo de un par de minutos, antes de que puedan volver a abandonarse por completo.

—Hay algo más.

Astrey se incorpora lo justo para observarla con el asomo de una sonrisa divertida en la boca. Por supuesto. Para ella siempre hay algo más.

—¿Sí, mi reina?

Elira toma aire y gira la cabeza. El Amuleto está ahí, sobre la mesilla.

Le ordenó que se lo quitara en cuanto cayeron sobre el colchón y él, aunque llegó a dudar un instante, lo hizo.

Quizá porque sabía que ella no se habría tomado bien que no obedeciera.

Quizá porque no quitárselo habría sido elegir al Amuleto por encima de ella y no sabe si habría podido perdonarlo entonces.

Para ser honesto, se siente un poco más ligero ahora que no le cuelga del cuello. Aun así, le preocupa que vaya a pedirle que se deshaga de él. Una cosa es apartarlo durante unos minutos y otra…

—Ten cuidado con él. —Astrey se relaja un poco, porque esa petición le resulta mucho más sencilla—. No lo escuches. No lo uses si puedes evitarlo. Siempre hay otra alternativa, así que prométeme que no te dejarás llevar. No… No dejes que te consuma.

Él está a punto de decirle que su padre nunca se dejó llevar, que muchos Portadores han tenido el control hasta el final, pero sabe que no es eso lo que ella quiere escuchar.

—Puedo prometerte tener precaución, pero a veces no se puede evitar, Elira. Si Nathan no lo hubiera puesto en marcha en Ilan, por ejemplo… —La bruja hace un mohín y Astrey sacude la cabeza, sin querer pensar en ello—. Y todavía tengo que ayudar a mi madre. No mejora y…

—Astrey.

Su nombre lo hace callar. De nuevo, no hay dureza en su tono, pero lo silencia con la misma brusquedad que si lo hubiera gritado.

La tranquilidad y la tristeza con la que lo ha dicho son mucho peores que la ira.

Suena como esas verdades que duelen, igual que duele la forma en la que le acaricia el rostro con la punta de los dedos.

Elira traza una línea desde el pómulo hasta la mandíbula y él se queda ahí, congelado, con todas las palabras que iba a decir escondidas bajo la lengua.

—Sabes que no puede seguir así.

—Lo sé, por eso…

—El Amuleto no es la forma de ayudarla, Astrey —lo interrumpe ella—. Sabes cuál es la única solución de verdad.

No. Se niega. No la ha devuelto a la vida para eso.

No ha estado esperando más de veinte años para eso.

Quería recuperarla y se merece más de lo que ha conseguido.

Merece recuperar el tiempo perdido, escuchar más veces su nombre de esos labios.

Quiere contarle todo lo que ha hecho en esos años.

Quiere hablarle de los buenos momentos y de aquellos que no fueron tan buenos.

De las personas que lo hacen feliz, de aquellas que han venido a su vida y desean quedarse en ella.

Quiere que se reúna con Nilam, que recuerden juntos. Quiere…

—No. —Astrey se incorpora y se aleja de ella hasta sentarse en la cama—. No, no pienso… No voy a rendirme sin más. No puedes pedirme…

Elira también se incorpora. Tiene en la cara esa expresión de lástima que odia ver en ella.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Usarlo una y otra vez? Astrey, lo que intentas no es tan fácil. He leído mucho sobre el Amuleto y esto es… inusual, como mínimo. El tiempo y la muerte son cosas distintas, aunque estén entrelazadas, y tú estás tratando de controlar ambas.

Astrey no es consciente de que está apretando los dientes hasta que siente la tensión en la mandíbula. Que nadie haya sido capaz de utilizar el Amuleto de esa forma no significa que no pueda hacerse, sino que nadie ha sido lo suficientemente osado.

—Si estuvieras en mi situación, ¿no querrías darle al menos una oportunidad? —El espíritu estira la mano y le caza la garra, la aprieta entre sus dedos—. Si fueran tu madre o tu hermana, ¿serías capaz de seguir adelante sin preguntarte todos los días si podrías haber hecho algo más para ayudarlas?

Astrey ve la brecha en la expresión de la bruja, pero es demasiado pequeña.

—El problema de ese argumento es que es infinito, Astrey. Si vuelves a intentarlo y no funciona, querrás intentarlo de nuevo, y luego otra vez y otra…

—Entonces déjame intentarlo al menos una vez —la interrumpe él—. Un solo intento más para… que vuelva a ser ella. Para darle todo lo que no pudo tener. Para… volver a tener a mi familia aquí conmigo. —Traga saliva—. Es lo único que me queda, Elira. Y no quiero perderla de nuevo.

La tristeza inunda los ojos de la orliana, o quizá solo sea que él puede ver su propio rostro reflejado en el fondo de esas pupilas.

Parece tan pequeño como se siente, demasiado desesperado.

Le falta el aire y tiene la sensación de que todo su plan se desmorona, pese a que recuperar a su madre siempre ha sido solo una pequeña parte de todos sus deseos.

Pero, ahora que puede tenerla, no quiere renunciar a ella.

Ahora que ha recordado cómo es su rostro, su sonrisa, cómo pronuncia sus nombres, el viejo y el nuevo, no puede dejarla ir otra vez.

Elira tarda en contestar. Alza la mano hacia su rostro y Astrey ladea la cabeza hacia su caricia, sin apartar la vista de su mirada.

—Por favor, Elira.

—Todo esto… Todo lo que has hecho es por eso, ¿no?

Porque… Porque echabas de menos a tu familia.

La que te quitaron. Porque sentías rabia y soledad y…

recuperar este palacio, recuperar el Amuleto, sería un poco como recuperarlos a ellos, recuperar todo lo que debiste ser.

—Astrey frunce los labios, pero no responde.

Ella ya sabe que está en lo cierto, igual que sabe que nada está saliendo como él deseaba—.

Pero a veces nos… aferramos demasiado al pasado, Astrey.

A lo mejor no tienes que recuperar la familia que perdiste.

A lo mejor puedes sencillamente… crear una nueva.

Él deja escapar una sonrisa que no tiene nada de feliz.

—Hablas como mi tío.

—A lo mejor tu tío tenía razón.

—Quizá, pero él ya no está. Lo maté, ¿recuerdas? Me ofreció una nueva familia y esa la destruí yo mismo. ¿Y para qué, si no sigo adelante? ¿Para qué…?

—Astrey.