Elira
ELIRA
Con nueve palabras le abre el pecho y reclama el lugar que hace mucho que le pertenece.
Con nueve palabras anestesia un poco el dolor, la traición, la frustración y la confusión.
Con nueve palabras consigue que todo lo que han compartido (todo lo que son) le llene el cuerpo y la ahogue y le nuble por completo el pensamiento.
A lo mejor es una trampa. A lo mejor es una mentira más y ella está cayendo de nuevo como una tonta, confiando en palabras escritas como si fueran verdades absolutas.
Es ridículo. La persona que las escribe se ha escondido mil veces a plena luz del día: ese papel puede ser otra manera de ocultar su rostro.
Quizá solo le ha dicho lo que quiere escuchar.
Quizá incluso el leve temblor de la caligrafía es falso.
Quizá, en alguna parte, se está riendo de ella.
Por eso necesita verlo.
Abre la puerta de un tirón firme, sin llamar.
Al otro lado no está el pasillo, sino el cuarto de Astrey, como si el mismo palacio que los ha mantenido alejados se hubiera cansado de ello.
Y en el centro, él. Es obvio que estaba caminando por la habitación, nervioso; que se estaba tocando los anillos de manera compulsiva.
Se detiene en cuanto la ve, sobresaltado.
Su expresión sorprendida no puede ser una máscara.
Su mirada casi asustada no puede ser fingida.
—Elira.
La manera en la que pronuncia su nombre, casi sin voz, es lo último que ella puede soportar. Los nombres importan y él le da forma al suyo como si fuera algo complejo e inmenso, algo con demasiado significado como para poder moldearlo sin temblar.
Elira ni siquiera es capaz de pronunciar el de él.
Se lanza hacia Astrey como si fuera a atacarlo.
Quizá él incluso piense que va a hacerlo, antes de que llegue el beso.
Lo siente tensarse en cuanto ella toma su rostro con las garras y después…
después, luchan. No hay otra manera de definir el estallido, las ansias, la violencia con la que se agarran el uno al otro.
Abren la boca y se devoran como los animales que son.
Astrey deja escapar un gemido de necesidad, de anhelo, mientras le clava las uñas en la cintura y la acerca tanto a él que podría deshacerle la carne y fusionar su piel con la suya.
Y Elira se lo permitiría. Ni siquiera cree que hubiera mucha diferencia entre ellos si ambos habitasen el mismo cuerpo, el mismo corazón.
Quizá lleven haciéndolo desde el primer beso que se dieron, hace muchos años, muy semejante a este y, al mismo tiempo, demasiado distinto.
Porque aquel beso fue solo deseo, ardía de excitación después de cartas y cartas fantaseando con él; este, en cambio, está repleto de mucho más.
Ya no son solo dos jóvenes jugando, ahora la partida ha terminado y Elira ni siquiera tiene claro si ambos han perdido o han ganado.
Ese beso está hecho de su derrota, su victoria o su rendición.
Está hecho de algo más profundo que la atracción y la comprensión, de eso que han intentado extirparse de todas las maneras posibles y que, al final, se los ha comido desde dentro.
Ella, sin embargo, sigue sin ser capaz de ponerlo en palabras, así que su boca se lo dice sin ellas y sus manos, que siempre han sido la parte de sí misma que más habla, se lo repiten cuando comienza a tirarle de la ropa.
Astrey no se resiste. Sus manos también ansían desnudarla, su boca busca su cuello, su aliento le baña la piel.
Se aferra a ella como si hubieran estado años separados, en lugar de haber estado todos esos días a un pasillo de distancia.
Como si hubiera estado vagando por el desierto, muriéndose de sed, y ella fuera una fuente de la que beber.
Baja las manos a sus muslos y la alza entre sus brazos; hunde la boca en su cuello y muerde.
Elira sisea y se agarra a él con brazos y piernas.
Le clava las uñas en los hombros y paladea el gruñido que le vibra contra la garganta. No es solo de dolor.
—Eres la serpiente más venenosa que existe.
Su jadeo está al límite de otro beso, justo cuando Astrey hace que su espalda choque contra la pared, y ella se aferra con un poco más de fuerza a él.
El brujo la observa, su aliento perdido contra su boca entreabierta.
Tiene las pupilas afiladas, demoniacas, pero es él.
Es él, solo que sin disfraces. Sin la apariencia perfecta, diseñada para ser inofensiva y atractiva.
Mostrándose tan terrible y real como es.
—Sí —responde, mientras pega más su cuerpo y se inclina de nuevo contra la garganta de Elira. Una lengua bífida se desliza por su piel—. Pero a ti mi veneno no puede matarte, mi reina.
Quizá tenga razón. Quizá sea la única persona en el mundo que pueda sobrevivir a él.
Pero eso no significa que no esté completamente intoxicada.