La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

La respuesta la espera en el suelo de su cuarto cuando vuelve a él, al atardecer, después de pasar un par de horas con Linette.

Ha ido sola, como hace cada día últimamente.

Desde que comenzaron las cartas, Astrey y ella no han vuelto a verse, en un pacto tácito que a veces a ella le cuesta no romper.

El palacio tampoco los junta nunca en la misma habitación, como si supiera que está prohibido.

Pese a ello, en ocasiones a Elira le gustaría ceder a los impulsos que le piden encararlo en persona.

Siempre los contiene porque sabe que es mejor así.

Las palabras sobre el papel son seguras.

La distancia evita que haga cosas de las que luego pueda arrepentirse.

Elira recoge las hojas que conforman ese nuevo mensaje y comienza a leer como siempre, mientras camina por la habitación. El ritmo de sus pasos aumenta a medida que lo hace el de su corazón.

Tú sabes mucho de estrategia, así que seguro que entiendes que, cuando preparas un plan, siempre hay que dejar sitio a la improvisación.

Hay cosas que crees que van a suceder y no ocurren, hay cosas que no se pueden prever.

Tú no entrabas en el plan, Elira. Cuando salí de Arsay, no tenía a nadie y decidí que debía seguir siendo así.

Cuando conocí a Fabrice, sabía que no quería de eir más que su dinero y su influencia.

Era consciente de que me desecharía en cuanto dejase de ser tan joven, en cuanto mostrase algo más que sumisión.

La noche que nos vimos en la biblioteca, pensé que eras un peligro y hacía demasiado que llevaba una vida lo suficientemente tranquila como para que me llamases la atención.

A medida que te iba conociendo y me di cuenta a qué te dedicabas, pensé que podía conseguir algo de ti.

Pero entonces empecé a desear que tus cartas llegasen y me distraía pensando en lo que te respondería incluso antes de tenerlas entre las manos.

Creo que fuiste la primera persona con la que me sinceré desde que abandoné la casa de mi tío, aunque te cueste creerlo.

Dejé en aquellas líneas más de lo que debía, pero no podía evitarlo.

Y sabes que me atraías, cada vez más. Pensé que se acabaría si me acostaba contigo, pero supongo que en algún punto dejé de engañarme.

No después de la primera vez, sino varios meses después.

Quizá no estás de acuerdo, sobre todo porque te he hecho dudar, pero hay cosas que no se pueden fingir.

Y yo no fingía cada vez que te buscaba. Sé que tú también lo sentías.

La forma en la que podíamos mirarnos a una habitación de distancia, en silencio, y hablar.

La manera en la que parecíamos encajar, como dos piezas de un mismo mecanismo.

Todavía lo creo. Lo que no creo es que la cercanía lo haya hecho más fácil.

Si acaso, lo complicó. Si acaso, me hizo querer cosas que sabía que estaban fuera de mi alcance.

Te lo he dicho: en algún momento empecé a incluirte en mis objetivos.

En mis sueños. Te he ofrecido Orlaith porque pensé que era lo que querías.

Te he ofrecido Odelia porque un imperio es lo mínimo que mereces.

Me tienes en tus garras, Elira. Me has tenido durante más tiempo del que crees.

Si no fuera así, ¿por qué estaría aquí, respondiendo a tus cartas, desnudándome para que veas que ya no me cubro con ningún disfraz?

Si todo lo que tú y yo hemos vivido hubiera sido una mentira, no me habría pasado los últimos días temiendo que nunca más volvieras a escribirme.

Si fuera la persona fría y calculadora que quieres que sea, la que te sería más fácil odiar, esta carta no existiría y te dejaría ir.

Pero la realidad es que, aunque me he pasado toda la vida aprendiendo a perder, a ti no puedo perderte.

Elira traga saliva. Nota el pulso disparado y las ganas de salir de ese cuarto para ir a buscarlo trepándole por el cuerpo, pero las contiene. Se obliga a echarlas abajo, las cubre con los miedos que le quedan.

Toma papel. Saca la tinta.

Y escribe rápido.