Astrey
ASTREY
La carta llega cuando piensa que Elira ya no va a contestar. No la culparía si quisiera detenerse ahí. Sería la respuesta que merece, la respuesta que la parte más lógica de él espera. Es también la que aguarda su demonio, o quizá simplemente la que quiere.
Pero, al final, el silencio se rompe. Lo hace por la mañana temprano, con una hoja solitaria que se desliza bajo la madera, ahora ya sin el libro. Supone que eso significa que han desaparecido los adornos. Que, para bien o para mal, vuelven a ser solo ellos, sin el pasado hechizándolos.
Quiero odiarte. De todos los deseos que he tenido en mi vida, ese es probablemente uno de los que ansío con más fuerzas.
Quiero dejar de entenderte, quiero aborrecerte como creo que mereces, quiero clavarte las uñas y hacerte cicatrices que no sanen nunca y que tú también me odies a mí, porque todo sería más fácil así.
A lo mejor eso es lo que busco en estas cartas, después de todo: motivos para despreciarte, para alejarme para siempre, para confirmar que no hay ni una mísera parte de ti que merezca ser salvada.
Quiero odiarte porque a mí nunca me has amenazado y, sin embargo, me has hecho más daño del que podría haberme hecho jamás tu demonio.
A esa familia los mató él, pero no fue él quien me engañó.
Quien me manipuló. Quien me usó. Eso lo has hecho tú.
Tú me has hecho creer durante años que eras una persona que no eras.
Me has enseñado tu rostro solo a medias y me has besado, te has acostado conmigo mientras yo llevaba una venda en los ojos y estaba a oscuras.
No era necesario. No eran necesarias las caricias ni la cercanía ni la necesidad.
Podrías haberme dicho la verdad o podrías haberte aprovechado de mi causa sin aproximarte tanto a mí, pero en su lugar decidiste jugar conmigo a los amantes.
Supongo que creíste que sería más fácil así, ¿no?
Cuanto más cerca, mejor. Cuanto más cerca, más en tu poder.
¿Por qué? Puedo comprender lo que le has hecho al resto del mundo, puedo escuchar todos tus pecados y aprender a perdonarlos, pero ¿por qué tenías que hacerme esto a mí? Eso es lo único que no soy capaz de entender. Y no sé si algún día voy a poder hacerlo.
Astrey mentiría si dijera que sabe cómo contestar, por eso se queda sentado en el borde de la cama durante varios minutos, pasando los ojos por las líneas escritas sin llegar a verlas.
«¿Por qué?». Es la pregunta que más temía, la que más incómodo le hace sentir.
Aunque está seguro de que sabe la respuesta desde hace tiempo, nunca se ha atrevido a darle forma en voz alta.
Nunca se ha atrevido a formular las palabras adecuadas, ni siquiera dentro de su cabeza. Creía que eso los mantendría a salvo.
Si no lo admitía, quizá nunca se haría realidad.
Si no lo admitía, nunca perdería el control.
Hasta ahora el silencio siempre había sido suficiente para ambos. Había cosas que simplemente no hacía falta pronunciar.
Pero sabe que ahora todo ha cambiado, así que vuelve a escribir.