La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

¿Cuándo empezó todo? Supongo que cuando Sera se convirtió en Astrey.

Poco después, me prometí que volvería a Damira con el tiempo, que recuperaría lo que me pertenecía.

Porque puede que nunca se me hubiera reconocido como heredero y por tanto nunca hubiera tenido la oportunidad de llegar al trono, pero me habían quitado lo que más amaba.

Iraides había destruido mi vida y me había obligado a crear una nueva.

Seguro que ese sentimiento te resulta familiar.

Seguro que entiendes la rabia, la frustración.

El deseo de venganza. Venganza y justicia, Elira.

Ese lema ya nos unía incluso antes de que nos conociéramos.

Mi tío, sin embargo, siempre me dejó claro que no estaba de acuerdo.

Él quería protegerme, pero a veces los refugios pueden sentirse como cárceles.

Yo lo sentía así. Seguía ofreciéndome lecciones de todo lo que se esperaba de la descendencia de un emperador, pero ¿para qué?

Me enseñaba solfeo e historia, política, religión, filosofía.

Y, al mismo tiempo, me susurraba que en el bosque estaría a salvo, que Arsay era un buen lugar en el que quedarnos.

Éramos una familia, él y yo, y con el tiempo se sumó un niño que trajo de la noche a la mañana.

Un niño que no recordaba nada del mundo antes de despertar en nuestra casa, pero que yo adopté como hermano tras echar de menos durante años a los que Iraides me había arrebatado.

Aun así, nunca pensé en aquel lugar como un hogar para siempre.

Estaba deseando que llegase el momento de mi Trato, de ver un poco más del mundo que me mostraba mi tío en los mapas.

¿Para qué me los enseñaba si eran lugares que me estaban vedados? Era contradictorio.

Querría haber ido antes en busca de un nido, como el Astrey del libro, pero mi tío no me dejó.

Tuve que esperar hasta los dieciséis y, el día siguiente a mi cumpleaños, sin perder más el tiempo, me marché.

Tomé el camino largo, tanto para ir como para volver.

Escribí algunas cartas a casa, para que nadie se preocupase y, tras muchos meses, regresé.

Pensé que las cosas serían diferentes. Yo había conseguido mi demonio, había cambiado, así que esperaba que la situación en casa también lo hubiera hecho.

Que mi tío me viese por fin como a alguien digno.

Después de tener la más absoluta libertad, de sobrevivir al exterior y al nido, esperaba que entendiera que había estado exagerando el peligro.

Que habían pasado más de diez años y ya nadie nos buscaba.

Pero no lo hizo. Cuando le dije que quería destronar a Iraides, que era mi derecho, que recuperaría el puesto que nos pertenecía, se negó a escuchar.

Me dijo que eran locuras. Cuando le dije que juntos podíamos cambiar Odelia, convertirlo en un lugar mejor, me recordó que mi hogar estaba allí, en Arsay.

No quieres mentiras, así que no te engañaré: perdí el control.

Tenía demasiada rabia acumulada que nunca había encontrado una vía de escape y mi demonio insistía en que nadie tenía derecho a encarcelarme.

No era justo que tuviera que permanecer en los bosques, lejos de todo lo que había conocido en mi infancia.

Queríamos poder, queríamos más de lo que mi tío me podía dar.

Te ahorraré los detalles, pero tardé varios días en volver a tener el control sobre mi cuerpo.

Cuando volví en mí, tenía la ropa manchada de sangre y la certeza de que había matado a mi tío. Y no solo a él, o eso pensé.

Te he dicho que había otro niño. Uno al que yo quise como un hermano, pero que mi demonio lo consideraba una molestia.

Una amenaza. Una debilidad. También lo atacó a él.

Durante años, estuve convencido de que había acabado con su vida, pero volvió a aparecer hace no tanto.

Y hace todavía menos escapó de nuevo de mí, cuando tú le permitiste huir de este palacio.

No me preguntes por él, porque sobre Caleb no tengo respuestas.

No sé cómo es posible que sea inmortal, cómo sobrevivió a mi demonio ni cómo pudo soportar que usara el Amuleto sobre su cuerpo.

No tengo ni la menor idea, pero si tú tienes alguna teoría, estaré deseando escucharla, porque ese chico es el único misterio que nunca he conseguido resolver.

El resto ya lo conoces. Llegué a Ilan, quise estudiar en la universidad, conocí a Fabrice.

Mi plan era acceder a la élite de Odelia para acercarme cada vez más a Iraides y traicionarla, pero entonces apareciste tú.

Tú, con unos objetivos semejantes. Tú, con tus planes de rebelión.

Tú, con tus cartas, que avivaron esos sueños de un mundo mejor, de un mundo más justo, en el que yo recuperaba la vida que había tenido.

Con el tiempo, empecé a incluirte en ese mundo.

En esa vida. Aunque sé que eso es más difícil de creer para ti.

En cuanto al Amuleto, durante mucho tiempo no pensé en él.

Todo el mundo le había perdido la pista e Iraides insistía en que no lo tenía.

Para cuando volvió a aparecer, en Daiva, yo todavía era demasiado joven, y cuando fui lo suficientemente mayor y fuerte como para plantearme ir a por él, las murallas del Sacro Reino me impedían el paso.

Pero lo cierto es que nunca lo olvidé. Las historias de mi padre sobre las veces que lo había usado y lo que se sentía al tenerlo entre las manos no me habían abandonado.

Cuando me enteré de que el Portador se había marchado de Daiva, supe que debía aprovechar la oportunidad. Me ayudé de Shiraz para rastrear los bosques por los que buscaban los celestiales y lo encontré antes que ellos.

De nuevo, sin mentiras: al principio me planteé matar a Nathan.

Es ta ba inconsciente, a merced de cualquiera que quisiera hacerle daño.

Habría sido muy sencillo. Pero pensé que, si llegaba al refugio con el Amuleto al cuello, a ti no te haría ninguna gracia.

Y sentía curiosidad. Con los días, incluso llegué a sentir cariño por él.

Nathan no era más que otra víctima, un chico encerrado en un lugar demasiado pequeño para él, a quien le habían impuesto una identidad que ni siquiera había pedido.

Estaba perdido y solo y pensé que nos parecíamos.

Me dije que podía quedarse con el Amuleto hasta que llegáramos hasta Iraides.

Yo no quería ser Portador de un objeto robado.

Ni siquiera sabía qué precio había que pagar por eso.

Ahí lo tienes. Todo. Sin mentiras. No te gustará, lo sé incluso antes de que respondas. Pero ese es Astrey, la persona detrás del nombre, el brujo al que le dijeron que no podía ser lo que quisiera. Supongo que se equivocaron conmigo.

A lo mejor ahora piensas que tú también lo hiciste.

¿Me odias ya, Elira?

La pregunta que puntúa la carta es tan compleja que Elira tarda dos días más en responder.

Porque no lo sabe. Porque la lógica le dice que debería despreciarlo, que toda esa historia debería bastarle para confirmar que seguir cerca de alguien como él es peligroso.

Si mató a su familia por interponerse en su camino, nada le impide matarla también a ella.

Podría volver a perder el control en cualquier momento.

Ahora ya no tiene solo a su demonio, sino también al Amuleto del Tiempo.

Dos voces que seguramente le griten que ella es otra molestia, otra amenaza, otra debilidad.

Debería alejarse.

Debería recoger sus cosas y marcharse sin mirar atrás, sin despedidas.

Pero al final, al tercer día, vuelve a coger la pluma.