Elira
ELIRA
El libro reaparece al día siguiente en la puerta de su cuarto. Y dentro, la carta:
Mi tío me enseñó que tenemos tantas caras como queremos mostrarle al mundo, que rara vez somos una sola persona, inmutable, pero supongo que en mi caso sí hay dos personas bastante diferentes. Lo suficiente para tener dos nombres distintos.
Sera fue la hija que el Inmortal tuvo con una de sus amantes.
Era ilegítima y por eso no llevaba el apellido Brynsen, al contrario que muchos de sus hermanos mayores, pero a ella no le importaba.
Quizá si hubiera crecido en estos pasillos le hubieran recordado más a menudo que solo era la hija de una sirvienta, pero en sus primeros cinco años de vida no le faltó de nada.
Tenía la educación y el armario de una princesa, tantos compañeros de juegos como niños de su edad había en palacio y, hasta los cuatro años, una madre a la que quería con locura.
Su padre, el hombre más poderoso de todo Evren, la sentaba en su regazo y le consentía todos los caprichos.
Ella lo idolatraba y creía que la única razón por la que alguien querría marcharse del palacio imperial sería para vivir las más grandiosas aventuras.
Sera murió la noche en la que murieron todos sus hermanos, supongo que porque entendió que el mundo era un lugar peligroso cuando comprobó en persona que el Amuleto del Tiempo podía convertir a la gente en polvo.
El mismo hermano que le leía de este libro la sacó de la sala en la que ocurrió la matanza y la envió con su tío, pero esa misma noche, mientras se acurrucaba bajo la capa de la única familia que le quedaba, le dijeron que tenía que olvidar su nombre.
Le dijeron que no podía seguir siendo quien era, que debía dejar de pensar en el palacio y en lo que había visto aquel día.
Astrey no nació de inmediato. Supongo que estuve días sin nombre, mientras recorría los bosques de Arsay de la mano de mi tío, hasta que pude salir de mi estupor.
Y después, simplemente lo supe. Que tenía que ser Astrey y nadie más.
Si no podía hablar de quién había sido, que al menos pudiese guardarlo en mi memoria.
Quería quedarme en el recuerdo de mi cuarto de palacio, con mi hermano poniendo voces cuando Astrey y Sherli discutían o cuando el demonio decía aquellas frases que tan graciosas me habían parecido.
Quería ser como un protagonista de cuento, audaz y un poco inconsciente, la clase de héroe que no pierde nunca su objetivo de vista.
O quizá tan solo quería recuperar a mi familia a toda costa, igual que el Astrey del libro. Quería dejar de ser demasiado joven, demasiado ignorante, demasiado débil. No sé si lo conseguí.
Ahí lo tienes. Dos nombres, dos historias. Aunque no creo que te conformes con esto: tú siempre has querido más. Los nombres no son más que la superficie, así que, ¿cuán hondo quieres llegar, Elira? ¿Qué es lo que quieres saber?
Elira había olvidado cómo se sentía al leer las palabras de Astrey.
La primera carta que le mandó, hace ya años, fue parte de un juego, un intercambio, un reto.
Una extensión más de una relación que había empezado exactamente así: como una provocación, un misterio y un trato útil.
Es consciente de lo irónico que resulta que se haya sentido tan dolida por ser un instrumento para él cuando eso fue lo que él fue para ella cuando lo conoció.
Él tenía acceso a los libros de la biblioteca de Ilan y a parte de la élite y ella necesitaba a alguien así.
La diferencia es que ella nunca trató de disimular que quería usarlo ni para qué.
Nunca trató de fingir que le interesaba tenerlo cerca para sus propios objetivos ni escondió cuáles eran esos objetivos. Desde luego, no durante años.
Ahora no puede evitar pensar en aquellos días.
Es un poco como volver atrás en el tiempo.
Por un momento, en lugar de estar en ese palacio, se imagina a sí misma en su cuarto en el refugio, cobijada contra Shiraz.
A ella la mira cuando termina de leer. El elir se da cuenta, levanta la cabeza y la observa.
—Esto ha sido una mala idea, ¿verdad?
Su amiga grazna. Elira está segura de que le está dando la razón, pero aun así se sienta ante el escritorio y redacta su respuesta.