Astrey
ASTREY
El libro de su infancia lo está esperando cuando entra al despacho.
Se encuentra sobre el escritorio negro, y Astrey frunce el ceño al verlo, tan fuera de lugar, rodeado de su correspondencia y los libros de cuentas y gobierno que ha estado consultando los últimos días.
Mira alrededor, como si esperase ver a Elira escondida entre las sombras, pero incluso cuando se convence de que está solo, avanza con cautela.
Sus dedos rozan las tapas desgastadas y encuentran el trozo de papel que sobresale entre las páginas, blanco contra el amarillo que ha pintado el paso del tiempo.
Con cuidado, aunque sabe que no se romperá, tira de la hoja.
Astrey reconocería la letra de Elira en cualquier parte: los trazos rectos, meditados, de cuando comienza un mensaje, pero también la forma en la que se van curvando a medida que escribe más rápido.
Los puntos son más bien manchas de tinta, provocadas por las pausas que hace cuando no sabe cómo comenzar la frase siguiente.
Durante años, esa caligrafía fue una obsesión.
Esperaba con más ansias de las que le gustaba admitirse el siguiente mensaje escrito por esa letra caótica y a veces ni siquiera era capaz de aguardar a llegar a su cochambrosa habitación antes de leer las cartas que recibía.
Hace tanto tiempo ya de la última que intercambiaron, sin embargo, que tarda en comprender que esa es una nueva.
No son anotaciones olvidadas. No es una reflexión sobre la historia del libro.
Es un mensaje. Para él.
Siempre he pensado que los nombres cuentan historias.
Supongo que tiene sentido considerando que mi madre me llamó Elira, que en mi tierra significa «la que vuela libre», y que al final mi destino y el de las aves del que proviene mi nombre terminaron estrechamente ligados.
Hubo un tiempo en que me convencí de que mi madre se había condenado a sí misma llamándome así.
Creía que al darme un nombre tan grande, tan significativo, me convirtió en símbolo por encima de sí misma y por eso mi hermana y ella murieron tan pronto.
Quizá te resulte ridículo, pero en aquel momento a mí me pareció lo más lógico.
Las niñas pequeñas que se sienten impotentes siempre necesitan encontrarle una explicación a las injusticias que sufren.
Por supuesto, ahora ya sé que no es así.
Los nombres que nos ponen al nacer no tienen por qué decir mucho de nosotros mismos, por eso tantas personas se lo cambian o lo desechan o lo convierten en algo parecido pero no igual.
Si la materia puede ser modificada, retorcida, ¿cómo no van a serlo también las palabras?
No, los nombres que nos dan no nos completan, sino que cada persona que recibe uno redefine su significado.
Sin embargo, sí que creo los nombres que elegimos (para nosotros y para otros) son importantes.
Creo que hay historias ocultas en ellos.
Creo que he encontrado parte de la tuya en este ejemplar, pero lo cierto es que lo que he descubierto no termina de parecerme suficiente.
Así que te propongo que me la cuentes tú mismo.
Tu historia. La que se esconde detrás de tu(s) nombre(s).
Yo leeré y juzgaré. A veces, haré preguntas.
Solo hay una condición: no puedes contarme ni una sola mentira.
No quiero ni una sola frase retorcida para que tú te puedas esconder en sus pliegues.
Quiero la verdad, no otro cuento más. Quiero saber quién eres, no ver a otro personaje de un libro.
Si crees que puedes ofrecerme eso, responde a esta carta.
Si no, ni te molestes en volver a buscarme.
Como hace tanto tiempo, Astrey lee la carta una, dos, tres veces.
Es algo compulsivo, algo que aprendió a hacer para no dejarse nada atrás, para que las palabras entre las líneas, esas que no se escriben pero se dejan sin querer, no pudiesen huir de él.
En esta no las ve. No es capaz de encontrar significados ocultos, porque Elira ha decidido ser directa: le está diciendo lo que quiere y él decide que se lo va a dar, ya que no pudo hacerlo cuando se conocieron hace años.
Su mano ya está buscando la pluma antes incluso de apartar la vista de la carta.