Elira
ELIRA
—Últimamente siempre te encuentro leyendo el mismo libro.
Elira da un respingo y alza la vista para encontrarse con la sonrisa de zorro de Tamir.
Su amigo ha debido de colarse en la biblioteca con el mayor de los sigilos, porque no lo ha sentido llegar, o quizá sea solo que ella estaba absorta en la lectura, igual que lo ha estado durante los últimos días.
La historia ni siquiera es tan larga, le ha dado tiempo a terminarla ya un par de veces, pero no ha podido evitar volver a empezar cada vez que la ha acabado.
Apenas lleva un par de capítulos de la tercera ronda.
—¿Tan bueno es? —le pregunta el orliano mientras se sienta en uno de los sillones junto a ella—. Voy a tener que leérmelo yo también. ¿Crees que me gustará tanto como a ti? ¿O no lo voy a entender igual de bien…?
La bruja aparta la vista de nuevo al ejemplar, ignorándolo. Mantiene una expresión neutra, o lo más cercano a ella que puede conseguir. Sus manos la traicionan al apretar un poco más las uñas contra la cubierta.
—No sé de qué estás hablando. —Lo sabe perfectamente, y lo más probable es que Tamir sea consciente de ello. La conoce desde hace demasiado tiempo—. ¿Hay noticias de Denna?
—Ha llegado al refugio ya. Dice que todo está en orden.
—Bien. —Elira pasa la página—. Seguro que prefiere estar allí hasta que se reúnan los cancilleres.
—Seguro. —La cola de Tamir se mueve de un lado a otro, su sonrisa a punto de saltarle de la boca—.
Lo que es curioso es que tú no la hayas acompañado, aunque detestas este sitio y, sobre todo, a su soberano.
La verdad es que me sorprendió que decidieras pedirle que fuera a informar de los últimos acontecimientos en lugar de ir tú misma, con lo poco que te gusta delegar…
Elira deja escapar un resoplido y cierra el libro con un golpe definitivo. La sonrisa de Tamir se extiende hasta mostrar sus caninos afilados.
—Habla. Sea lo que sea lo que quieras decir, dilo, vamos.
—¿Os habéis arreglado ya?
—No.
Es evidente que no es la respuesta que Tamir quería escuchar.
Su sonrisa mengua y la cola de zorro detiene su movimiento.
Parece confundido, como si hubiera dado por hecho que iba a recibir una respuesta muy diferente.
Elira no soporta lo evidentes que le resultan los pensamientos de su amigo, así que se pone en pie, incapaz de quedarse quieta o quizá tan solo incapaz de encararlo, y se acerca a las estanterías como si buscase una nueva lectura.
Como si no se conociera a sí misma y no supiera que no va a poder concentrarse en otra mientras siga obsesionada con la que tiene entre manos.
—Ayer os vi juntos por los pasillos. Pensaba que…
—Lo estoy ayudando con un asunto, nada más.
Es cierto. En los últimos días, Astrey y ella solo se han visto para visitar a la mujer que aguarda en la torre, aunque él siempre se queda menos que ella en el cuarto.
Mientras su madre, la de verdad, está presente, es fácil, pero todo cambia cuando aparecen el resto de personas que viven dentro de ella.
Ha habido días en los que Linette no ha aparecido en ningún momento, días en los que la han visto pasar por un sinfín de existencias pero han conseguido razonar con pocas de ellas.
Algunas de esas vidas ya se han acostumbrado a la situación y no parece importarles, pero son las menos.
El resto siguen queriendo huir, cuando no atacar.
Los cambios son aleatorios e incontrolables, por eso también es imposible predecir cuándo van a ocurrir o quién será la siguiente persona que hable a través de la boca de la mujer.
Es un misterio. Es complejo y frustrante y, aunque le prometió a Astrey que lo ayudaría, cada vez tiene más claro cuál es la única solución lógica en esa situación.
Probablemente él también lo sepa, aunque no quiera aceptarlo.
Por lo demás, apenas hablan, a pesar de que Elira siente que se le acumulan las preguntas que quiere hacerle.
Quizá por eso está obsesionada con el libro.
Quizá intenta encontrar en él las respuestas que no consigue en otra parte.
Ha conseguido algunas. Los nombres cuentan historias y a ella le resulta muy evidente por qué Astrey eligió el del protagonista de ese libro para fraguarse una nueva identidad: Astrey Roschart es un personaje valiente y ocurrente.
Tras ser el único superviviente de un ataque en el que cientos de brujos de su pueblo perdieron por completo el control de sus demonios, incluidos sus padres, Astrey se convierte en brujo con apenas catorce años y se embarca en una aventura por todo Evren para descubrir qué está provocando que a lo largo del continente cada vez más siervos de Caos pierdan el control por completo.
Es un libro de aventuras, sencillo y rápido de leer, con un final predecible y más bien sentimentaloide.
No, no es bueno, pero Astrey está en él, por todas partes.
En el dolor y en la rabia escondidos tras sonrisas, en el deseo de venganza y cierre del protagonista, en su incapacidad para aceptar que se ha quedado solo en el mundo.
El Amuleto del Tiempo nunca sale en la novela, pero se menciona en un pasaje y Sherli, una bruja de Calais que se une a Astrey en su aventura, le pregunta si lo usaría si tuviera la oportunidad.
«Por supuesto que sí», responde el joven. «Con él podría salvar a mi pueblo. Podría salvar a tu familia, también. Los salvaría a todos».
—¿No crees que se merece una oportunidad?
Elira aprieta los labios y mira a Tamir por encima del hombro.
—Denna te mataría si supiera que has dicho eso.
—Por suerte para ambos, Denna no está aquí. Vamos, Eli. Sabes que ya no estás tan enfadada. Y tienes que admitir que no lo está haciendo tan mal.
—Nos traicionó —masculla ella.
No sabe si es un recordatorio para su amigo o para sí misma.
—No finjas que tú misma no piensas que a veces el fin justifica los medios.
Sí, nos traicionó, pero no está contra nosotros.
Y mucho menos contra ti. Dioses, al menos tienes que ser consciente de eso.
No eres tan obtusa. Podrías pedirle la cabeza de un Original y él trataría de encontrar la manera de ofrecértela en una bandeja de oro.
Elira se estremece, pero se niega a pensar demasiado en esas palabras. Clava las uñas un poco más en la tapa del libro, pero no dice nada y escucha el suspiro de Tamir a su espalda.
—Habla con él. Una conversación de verdad, Elira. Solo eso.
—No sé cómo hacerlo.
—Pues sería la primera vez. Tú siempre sabes cómo hablar con todo el mundo.
Pero Astrey no es como todo el mundo. Con Astrey una simple conversación puede ser un oasis o un campo de batalla o ambas cosas a la vez.
Cada vez que han intentado hablar en los últimos tiempos, han terminado discutiendo o dolidos o hiriéndose a propósito.
Eso cuando la cercanía no tira de ella y le nubla el pensamiento y la hace sentir frustrada y confundida y…
Aunque eso no pasaría si no hablasen cara a cara.
Si tuvieran tiempo y espacio de sobra para meditar cada respuesta, como cuando empezaron a conocerse.
Cuando solo tenían papel y tinta para explicar todo lo que se les pasaba por dentro.
En aquellos tiempos, ambos estaban en puntos muy alejados del mapa, pero las palabras a veces se sentían como abrazos.
Como si, pese a toda la distancia que había entre ellos, estuvieran el uno al lado del otro.
Elira no responde y baja la vista al libro que lleva entre las manos.
La palabra escrita les ha unido desde el principio.
Y se pregunta si ahora podría hacerlo de nuevo.