La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah #2
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Ammarah #2

—¡Evren sobrevivió al Inmortal y sobrevivirá a otro Portador!

—la acalla Ammarah—. Pero ¿cuántos celestiales murieron en la basílica?

¿A cuántos más tenéis que hacerles los ritos funerarios para dejar de repetir los mismos errores?

Cada vez que el Amuleto ha estado dentro de las murallas, ha conseguido una forma de salir.

Siempre va a haber alguien que quiera usarlo, así que ¿no es mejor mantener la tentación alejada?

Rhea parece a punto de lanzarse sobre ella y la reina se pregunta por qué no lo entiende. Por qué no es capaz de ver que este es el plan más seguro para todos. Nathan estaba bajo su cuidado y, aun así, sucumbió. Y antes que él lo hizo el propio Inmortal. Todos acaban haciéndolo.

Ese objeto maldito siempre acaba estropeándolo todo.

—Quizá Su Majestad tenga razón. —La Suma Celestial y el comandante se giran hacia Noah con horror—. Quizá deberíamos aprovechar esta nueva era para tratar de fomentar una tregua entre ambos bandos.

—¿Tregua…? —Elijah suena incrédulo—. Los brujos nunca accederán a algo así.

Estáis perdiendo el tiempo, majestad: proponer la paz solo hará que nos consideren débiles.

Además, ¿cómo podéis fiaros de la palabra de un demonio?

Incluso si el actual emperador accediese a vuestra negociación, ¿quién os asegura que mañana no estará muerto y el siguiente honrará el pacto?

—El hombre niega con la cabeza—. No, lo que deberíamos hacer es atacar Damira.

Recuperemos el Amuleto de manos del emperador y regalémosle la paz a todo Evren.

Ammarah frunce el ceño.

—¿Damira? ¿Vuestro plan es luchar contra el Portador en su propio palacio? ¿El mismo que dicen que es inexpugnable gracias a la magia de Caos?

—No necesitamos entrar en palacio. Podemos obligarlo a salir de él. Arrasaremos la ciudad.

Noah deja escapar una carcajada incrédula.

—Eso sí que es una locura. ¿Cómo pensáis desplazar al ejército hasta allí sin que el Portador mate a nuestra gente antes de intentarlo? Con barcos suficientes quizá podríamos tener alguna oportunidad, pero no es el caso.

—No necesitamos un ejército. —Elijah se acerca un par de pasos al trono, con una sonrisa emocionada que a Ammarah le provoca un escalofrío—.

El ejército debe continuar su avance hacia Orlaith y, en cuanto se sientan en peligro, los brujos enviarán a su ejército hasta allí.

Pero solo será una distracción: mientras los ojos de todos estén en la frontera y la capital quede desprotegida, un pequeño destacamento navegará hasta Damira.

Solo sería un barco, mi gente y yo: usaremos el caos a nuestro favor, quemaremos y arrasaremos a nuestro paso.

Y cuando el emperador salga de su palacio, lo mataremos y nos haremos con el Amuleto.

Ammarah intenta imaginárselo, pero no puede.

El comandante está muy seguro de cada palabra que dice, pero a ella se le ocurren mil cosas que podrían salir mal.

¿Pretende dejar morir a los soldados de la frontera al usarlos como señuelo?

Le resulta horrible. Pero, más allá de eso, ¿cómo piensa ese hombre matar a alguien que puede manipular el tiempo? Lilith lo intentó y no fue capaz.

—Parece una opción a tener en cuenta, majestad —apostilla Rhea—. En cuestión de días podríamos poner un plan así en marcha.

No. No va a permitirlo. No quiere arriesgar la vida de nadie más y menos por un plan tan absurdo.

¿Por qué nadie más ve las consecuencias de fallar?

¿Por qué nadie más se imagina los cuerpos de los celestiales mutilados tras la batalla, los rastros de sangre en las calles de Damira, el caos descontrolándose y tragándoselo todo?

¿De qué sirve estar dentro de las murallas, a salvo, si el resto de Evren sufre las consecuencias?

Si cada celestial que todavía está ahí fuera puede sufrir…

Odia que no la escuchen. Odia que su autoridad esté tan minada que hasta un militar ascendido hace pocas semanas pueda creerse con poder suficiente para proponer planes suicidas y creer que ella les dará su visto bueno.

Pero hay una autoridad que nadie se atreve a poner nunca en duda. Ni siquiera la Suma Celestial.

—Destino me ha enviado un sueño esta noche.

Le sorprende la facilidad con la que la mentira sale de su boca.

Por un momento, mientras las palabras hacen eco por el inmenso salón, teme que su medallón vaya a romperse de inmediato, que su dios vaya a hacer que todo el palacio se resquebraje por usar su nombre en vano y mentir sobre su don.

Nada de eso ocurre, sin embargo. Los segundos corren y el mundo sigue exactamente igual tras pronunciar esas palabras, sin más consecuencia que un silencio tenso, y Ammarah aprieta las manos sobre los reposabrazos del trono.

Frente a ella, los consejeros tratan de asimilar sus palabras. Elijah parpadea y Rhea se yergue un poco más sobre su bastón. Noah alza las cejas, curioso.

—¿Un sueño, majestad?

—Destino me ha hecho saber que debo poner la paz del Sacro Reino por delante de todo lo demás.

—Ammarah entrelaza las manos sobre el regazo, sus ojos pasan lentamente por los rostros de los presentes—.

Incluso del orgullo, incluso de las reglas que llevamos tanto tiempo siguiendo.

Soy la reina que lo cambiará todo, lo dijeron las cartas cuando nací, y eso implica que también debo ser la que cambie la forma en la que nos relacionamos con el mundo más allá de las murallas.

Nuestro reino se ha extendido. Nuestro compromiso con nuestro señor ha quedado demostrado.

Es hora de detenerse y comenzar una nueva era.

Las palabras están envenenadas, pero le salen con una naturalidad que la hace sentir más satisfecha que culpable.

Hay algo atractivo en la mentira. Hay algo poderoso en ella, algo de lo que no se había dado cuenta, pero que le gusta.

La mentira consigue que los consejeros la miren por primera vez como la reina que es.

Aun así, la Suma Celestial la observa de un modo que no le gusta.

—A veces los sueños pueden ser… difíciles de interpretar. No deberíais descifrarlo tan a la ligera. Deberíamos ir al Templo y reunir a un grupo de celestiales para estudiar los detalles de lo que hayáis visto y…

Ammarah no le permite seguir. Frunce el ceño, aparentemente contrariada.

—¿Dudáis de mi capacidad para interpretar mis propios sueños, Suma Celestial?

—Nada más lejos, majestad, pero…

—Yo nunca he dudado de vuestra capacidad para interpretar los vuestros. De hecho, siempre he confiado en las visiones que decís tener, como he confiado en las de cualquier otro celestial. Es una cuestión de fe, Suma Celestial. ¿De pronto os falta?

Rhea aprieta los labios. Tiene que bajar la vista, sin réplica posible.

—Por supuesto que no, majestad.

Ammarah asiente, se pone en pie y da la conversación por zanjada.

—He tomado una decisión y me mantendré firme respecto a ella, porque es lo que Destino desea. Podéis ayudarme a preparar los detalles de la misiva que enviaré al emperador de Odelia o, si no estáis de acuerdo, abandonar la sala.

Nadie se mueve. Elijah y Rhea ni siquiera dicen nada. Noah esboza el asomo de una sonrisa y asiente.

Nadie cuestiona a la reina.

O quizá no se atrevan a cuestionar a Destino.