La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah
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Ammarah

AMMARAH

La reina de Daiva lleva sintiéndose sola desde el atentado de la basílica, pero nunca tanto como esos días.

Sin su padre, sin Lilith, sin Rina y ahora sin sus tíos, se siente a la deriva, demasiado pequeña en un mundo que ya no tiene ninguna lógica.

La corona le queda grande, igual que el trono que se supone que tiene que ocupar, y a los días les sobran demasiadas horas.

Las noches se alargan sin que consiga dormirlas enteras, despertándose de sueños intranquilos y pesadillas que se quedan con ella en la habitación incluso después de abrir los ojos.

Desde que se descubrió que su doncella había sido sustituida y que la culpable había asesinado a la poca familia que le quedaba, la atienden celestiales del Templo y siempre hay al menos un miembro de la Guardia Celestial acompañándola allá a donde vaya.

Ninguno de ellos la mira a la cara. Ninguno de ellos levanta la cabeza cuando pasa.

Ninguno de ellos le sonríe o le habla sin razón.

Nadie dice su nombre y está segura de que ella misma acabará olvidándolo en poco tiempo.

Es irónico que la necromante haya sido la única que se ha atrevido a pronunciarlo, pese a sus prohibiciones.

La misma mujer que ha querido acabar con ella, que la ha engañado e insultado de mil formas, la que se ha manchado las manos con la sangre de su familia.

Odia que lo haya hecho, que la siga desafiando, y, al mismo tiempo, la conversación con ella es lo único que ha conseguido hacerle sentir algo en los últimos días.

Aunque solo sea rabia. Aunque solo sea frustración. Aunque solo sea culpa.

—¿Queríais verme, majestad?

Ammarah se endereza en el trono cuando la Suma Celestial entra en el gran salón y se inclina ante ella.

No falta mucho para que empiece la reunión diaria del Consejo, reducido a tres personas después de la muerte del Ojo del Tesoro y el Ojo de la Justicia, pero quería un momento a solas con la Suma Celestial antes de empezar.

—Así es. Necesito consejo.

La mujer se yergue, en un intento de enderezar su espalda maltrecha.

El lado joven lo consigue. El lado más anciano todavía necesita del apoyo del bastón y tiembla un poco con el esfuerzo.

La reina es consciente de cómo su expresión cambia, de cómo le brillan los ojos.

¿Siempre ha sido tan obvia en sus ambiciones?

¿O es que el día que le colocó la corona también le dejó una venda sobre los ojos que por fin se le ha caído?

«Es una lástima que solo seas un títere», le recuerda cierta voz desde una celda.

Sí, supone que lo ha sido.

—Sabéis que soy vuestra más humilde servidora.

Ammarah se echa hacia delante. El salón del trono es uno de esos lugares que la hacen sentir diminuta, pero esta vez se obliga a convencerse de que es digna de él.

—Imaginaos que dais una orden a un subordinado y este decide actuar a vuestras espaldas. Puede que tenga buenas intenciones, no lo sabéis, pero os ha desobedecido. Ha… minado vuestra autoridad. ¿Qué haríais, Suma Celestial?

Una mitad del rostro permanece inmutable, pero la otra tiene un movimiento involuntario en la comisura de la boca. El rastro de una mueca o quizá de una sonrisa, es difícil saberlo.

—No me precipitaría —responde tras un silencio pensativo—.

Lo que ha hecho está mal, pero quizá tenga sus razones.

Una líder no toma decisiones a la ligera y eso también es cierto a la hora de juzgar la actitud de otros.

La desobediencia a veces puede venir de un intento de ayudar, no de la provocación o el deseo de hacer mal. A veces tan solo somos… inconscientes.

—Ignorar una orden no me parece inconsciencia.

—¿Y qué os lo parecería? ¿Quizá salir en medio de la noche, aprovechando el cambio de guardia, para ir a ver a una mujer que ya intentó mataros una vez?

Ammarah frunce el ceño, aunque supone que no debería extrañarle que Rhea ya esté al tanto de lo que ha hecho.

Quizá se lo haya dicho el guardia que la acompañó a la celda o los que, sorprendidos, la vieron aparecer en el pasillo cuando se suponía que estaba en sus aposentos.

O a lo mejor se lo han dicho al comandante Elijah y él se ha encargado de transmitir el mensaje.

—No, Suma Celestial, eso no fue una inconsciencia, sino un acto premeditado. Quería conversar con la prisionera a solas, pero no quedaba mucho de ella con lo que hablar. ¿Acaso no ordené que la mantuvieseis viva?

—Y sigue viva, majestad.

Es una respuesta simple, tan aparentemente inocente que resulta insultante.

Es la clase de respuesta que daría alguien que ha pensado mucho en cómo evitar las normas; la clase de respuesta que esperaría de un demonio en una de esas historias que les cuentan a los niños para enseñarles el cuidado que hay que tener con ellos, porque retorcerán tus palabras y tus deseos para engañarte.

Por primera vez, Ammarah se pregunta si le ha dado demasiado poder a esa mujer. Poder sobre ella. Poder sobre el reino. Sabe qué es lo que diría Dyne si estuviese allí, aunque eso no debería importarle. Ni siquiera debería pensar en ella.

—Quizá no me expresé como debía: se acabaron las torturas. Enviad a una sanadora para que le vea las heridas y la trate. Dije que yo elegiría su castigo y, hasta entonces, nadie le pondrá una mano encima.

—¿Y cuándo pensáis elegir ese castigo, majestad? Siento que no estáis tratando sus crímenes con la gravedad que se merecen. Asesinó a vuestros tíos y atentó contra vuestra vida. ¿Qué más necesitáis?

Un par de golpes en las puertas la salvan de tener que contestar.

Un momento después, el Ojo de la Muralla y el Ojo del Pueblo entran haciendo una reverencia.

Elijah parece sorprendido de ver allí a las dos mujeres reunidas, pero la expresión de Noah no es de simple asombro.

Es obvio que la Suma Celestial sigue sin ser de su agrado y verlas allí juntas le hace fruncir el ceño.

—Habéis llegado pronto, Suma Celestial.

—La reina me ha mandado llamar para hablar de la prisionera —responde ella, como si no le hubieran echado nada en cara—. Justamente le estaba preguntando cuándo piensa decidir su castigo.

Tres pares de ojos se vuelven hacia la monarca. Ammarah no quiere demostrar debilidad, así que no aparta la vista de ellos.

—Cuando hayamos cerrado otros asuntos. La necromante puede esperar mientras no tomemos una decisión respecto a Odelia.

Llevan días hablando del tema. Al margen de sus visiones, las noticias del ascenso de un nuevo emperador no se han hecho esperar. Lo que no saben (lo que Ammarah no consigue ver, ni siquiera con las botellas que sigue tomando casi cada noche) es en qué posición deja eso al Sacro Reino.

—Sigo diciendo que deberíamos aprovechar para atacar —dice Elijah—. Un nuevo gobernante siempre significa caos, sobre todo entre los brujos. Sigamos extendiendo las murallas.

—Debemos aprovechar que están desprevenidos —apoya Rhea.

Es lo mismo que lleva escuchando días: propuestas de guerra, de más lucha, de muertes que seguirán cayendo sobre su conciencia cuando todavía no ha podido superar las anteriores.

Las de todas esas personas que sufrieron en el paso de las montañas, la de Nadra.

Las familias todavía no han terminado de llorar a sus muertos y ellos pretenden lanzar a más gente a los brazos de Destino.

Pero esta vez se niega incluso a sopesar la idea.

—Agradezco vuestras propuestas —dice—, pero en esta ocasión yo había pensado en un curso de acción diferente: me gustaría pactar la paz con el nuevo emperador.

El silencio es absoluto en la sala, hasta el punto de que la reina puede oír los roces de la ropa cuando los consejeros se revuelven en sus sitios.

Elijah y Rhea comparten una mirada rápida.

Noah, en cambio, la estudia solo a ella, pero es una mirada cargada de dudas, como si creyese que alguien la ha sustituido.

—No negociamos con brujos, majestad.

La voz de la Suma Celestial suena tirante, como si estuviese obligándose a pronunciar cada palabra sin perder la compostura.

—No estamos hablando solo de un brujo. Estamos hablando del Portador. ¿Queréis que nos enfrentemos de nuevo al Inmortal? Sabemos cómo terminó eso para Daiva, para mi familia.

—Un desastre que ocurrió por hacer un trato con Ilan y Orlaith. Destino nos castigó por ello.

—El único que nos castigó fue el Inmortal al usar su poder —replica ella—. Pero eso es precisamente lo que pretendo evitar.

—¿Y qué proponéis?

Es Noah quien lo pregunta, cortando la respuesta que Rhea estaba a punto de dar.

Ve a la mujer cerrar la boca, fruncir los labios con el gesto agriado.

En cualquier otra circunstancia, Ammarah consideraría esa interrupción una señal de que el Ojo del Pueblo está de su parte, pero lo cierto es que tampoco parece del todo convencido.

—Les diremos que pararemos el avance de las murallas. Si juran no volver a atacarnos y nos devuelven a Santa Lilith, nuestro ejército volverá a casa y nosotros daremos por perdonadas las afrentas que el anterior gobierno cometió contra nosotros.

—¿Y el Amuleto?

Ammarah toma aire. Es consciente de que esa es la parte más complicada de su propuesta.

—El emperador podrá quedárselo.

La cara de Rhea se ha ido ensombreciendo todavía más a medida que la escuchaba, pero ante eso se le enrojecen las mejillas y ni siquiera trata de fingir que la ira no la consume:

—¡El Amuleto del Tiempo debe regresar a este lado de las murallas!

El golpe que da en el suelo con el bastón resuena tan fuerte que la reina piensa que se va a partir por la mitad allí mismo. Pero el trozo de madera se mantiene intacto, igual que su voluntad.

—El Amuleto no nos ha traído más que destrucción: dejemos que los brujos se peleen por él.

—¡Estáis condenando a Evren! ¡Santa Aiva…!