Dyne #2
Esta vez es Dyne quien la interrumpe a ella:
—Pero por lo general mato a personas que no conozco, Ammarah —dice, y esta vez no se detiene cuando la reina aprieta los puños, molesta al volver a escuchar su nombre—.
Personas de las que como mucho sé cómo se llaman o pequeños detalles, como si tienen familia o si han cometido algún delito.
Por lo general, lo descubro todo sobre ellas cuando ya no respiran, cuando les robo la identidad, pero entonces ya es demasiado tarde para sentir lástima.
La reina hace un mohín de desagrado.
—¿Así que por eso no querías matarme? ¿Porque te di lástima?
—Porque te conocí. —Dyne se encoge de hombros, consciente de que es una razón demasiado pequeña, demasiado sencilla—. Porque he convivido contigo todos los días durante los últimos meses y hasta los asesinos podemos sentir cierta debilidad por una persona con la que hemos compartido tanto tiempo.
—Eso no tiene ningún sentido. —Ammarah da un paso hacia delante, con los puños todavía apretados—.
Precisamente porque has estado cerca de mí sabes mejor que nadie que no me merezco esa debilidad.
Deberías… Deberías haberme matado a mí primero.
Deberías haberte alegrado de que te ordenaran acabar conmigo.
Mandé que masacrasen a los tuyos. Mandé que convirtieran a cualquier persona que quisiera vivir dentro de nuestras murallas y expulsé a todos aquellos que no aceptaron a Destino.
Y sé que no te gustó. He estado pensando mucho en cómo no dejabas de cuestionarme.
En cómo intentaste que hiciera las cosas de otra manera en varias ocasiones y yo te ignoré en todas ellas.
Tendrías que haber querido matarme incluso si tu diosa no te lo hubiera pedido.
Suena frustrada. Suena confundida y, de pronto, Dyne comprende qué es lo que la ha llevado hasta ahí, por qué se ha obsesionado tanto con ese detalle de su última conversación.
Ammarah de Daiva quiere saber por qué una asesina querría salvarla cuando ella no se salvaría a sí misma.
Ammarah de Daiva piensa que, después de todo lo que ha hecho, merece la muerte.
Dyne lo ve con tanta claridad que ni siquiera sabe qué responder.
Se atraganta con su propia saliva y comienza a toser demasiado fuerte, tanto que se marea un poco y tiene que apoyar la espalda de nuevo contra la pared cuando se le nubla la mirada.
Está demasiado cansada, demasiado débil.
Le parece que Ammarah da un paso hacia ella, pero puede que sea su imaginación.
Cuando recobra el aliento y la celda deja de girar, observa a la reina.
De repente tiene muy claro que no se ha recompuesto en esos días, pero se ha confeccionado un disfraz que le disimule las puntadas con las que se mantiene unida.
Porque en realidad está sangrando. Está desesperada y debe de sentirse más sola que nunca, más perdida que nunca.
—Tienes razón: has hecho todo eso. Y no creas que te perdono por ello.
Has sido cruel, ignorante y estúpida. Tienes las manos manchadas de la sangre de miles de inocentes y no creo que tengas justificación, igual que no la tengo yo.
Si has venido esperando que expíe tus pecados, estás en el lugar equivocado.
—La máscara de seguridad de la reina se rompe un poco, ve la brecha en la manera en que le destellan los ojos—.
Pero puedo llegar a entenderte. Sé que has sufrido, Ammarah.
Sé que estabas perdida y sola y sé que otros se aprovecharon de ello para convencerte de que la única manera de actuar era la que más les convenía.
Sé que estabas furiosa y dolida y que en nombre de esos sentimientos a veces se cometen los errores más horribles. Y sé que te arrepientes.
Ammarah aparta la vista al suelo por primera vez desde que ha entrado.
—¿Y sirve de algo arrepentirse?
—Sirve para intentar hacerlo mejor. Ya te lo dije una vez, ¿no?
Aunque no fuera bajo este aspecto. —La reina no la mira, pero Dyne sabe que la está escuchando, así que continúa—: No vas a poder borrar lo que ya has hecho, pero todavía puedes intentar reparar algo del daño y evitar que la herida se haga más grande.
Ammarah se queda en silencio, con la vista clavada en el bajo de su falda y la máscara cubriendo sus pensamientos. Cuando por fin devuelve su atención a Dyne, su frustración es evidente.
—Debería ordenar que te ejecutaran.
—Deberías. ¿Vas a hacerlo?
—Todavía no.
—¿Por qué?
Ammarah le da la espalda y comienza a retroceder de nuevo hacia la puerta.
—Porque, al contrario que para ti, para mí la muerte no es cada vez menos difícil.
La reina toca a la puerta un par de veces para informar de que ha terminado con la prisionera y que vuelvan a abrir. Dyne observa su espalda, los cabellos albinos que parecen reflejar el fuego bajo esa luz.
—Ammarah.
— Majestad .
La ignora. Ya sabe que no va a haber represalias por decir su nombre.
—Si no me matas, yo terminaré matándote a ti —le advierte—. Lo entiendes, ¿verdad? Encontraré la manera de escapar de aquí y acabaré contigo.
Aunque no quiera. Aunque vaya a ser una muerte complicada. Aunque le cueste. Al fin y al cabo, Derek sigue al otro lado de ese pacto. Y por él mataría a quien hiciera falta.
Ammarah no se altera. La puerta de la celda se abre, pero la reina no se marcha de inmediato. En su lugar, la mira por encima del hombro, con esos ojos ambarinos brillantes como joyas.
—Puedes intentarlo, pero te va a resultar complicado. Si no te mato yo, parece que lo hará el encierro.
Eso es todo. Traspasa la entrada sin mirar atrás y la cerradura vuelve a resonar cuando echan la llave. Dyne se derrumba un poco más en cuanto la vuelven a dejar sola, agotada.
Ammarah tiene razón.
Si sigue así, no aguantará mucho más.