Dyne
DYNE
Dyne ha estado encerrada varias veces antes.
La primera vez que la atraparon en medio de una misión fue en Orlaith, junto a Derek.
Les habían encargado robar un collar bastante valioso de una de las casas nobles del lugar, pero los atraparon y los metieron en la cárcel, no sin antes propinarles una buena paliza.
Apenas estuvieron allí una noche. Consiguieron escapar en cuanto fueron capaces de engañar al guardia que los velaba para que se acercase un poco.
Después de aquella ocasión, vinieron algunos encierros más: una ocasión en Calais, otras dos en Eirwynn, donde dejaron de aceptar misiones por las temperaturas y la brutalidad de sus soldados.
Hasta el momento, su peor experiencia había sido allí, en una fría celda en la que llegó a pensar que morirían congelados.
Nunca se imaginó que el Sacro Reino pudiera ser mucho peor.
No sabe cuántos días lleva ya en esa celda, pero sí que está segura de no poder aguantar muchos más.
Desde que la atraparon, las torturas se han sucedido una tras otra, con lapsos de descanso y recuperación que solo sirven para que al menos esté consciente cuando los guardias vuelven a por ella.
Hace mucho que los castigos no tienen nada que ver con la información: lo único que quieren es que sufra y que acepte convertirse a su fe.
Eso es lo que le ha estado ofreciendo la Suma Celestial en las últimas sesiones de tortura: si admite que Destino es el único dios que importa, este será misericordioso.
La ejecutarán de todas formas, pero podrá salvar su alma al convertirse en un celeste.
Como no acepta, supone que van a matarla lo más lentamente que puedan.
Tiene el cuerpo lleno de heridas profundas que en el mejor de los casos están sanando mal y, en el peor, se han infectado.
Está segura de que está enferma, porque se siente febril y mareada.
Le dan de comer y beber lo justo para que no muera de sed ni inanición, pero apenas tiene fuerzas.
En los delirios que ahora llenan sus días, se imagina que al menos consigue convencer a Muerte de que su vida sirva de compensación por la traición de Derek, pero su diosa no ha vuelto a visitarla y duda que esté orgullosa de su fracaso.
También piensa en Caleb, en Ishtar. En cómo estarán y qué habrá sido de ellos.
Odia no tener noticias de ellos. No sabe nada de lo que está pasando más allá de esa celda y de la sala de torturas y ella, acostumbrada a espiar, a escuchar, a saber, se siente ciega ante esa situación.
Tampoco sabe nada de Ammarah. No ha vuelto a dejarse ver por los calabozos y se pregunta si la reina es consciente de lo que le están haciendo.
Quizá sí. Quizá ella misma decida las torturas.
Al mismo tiempo, le resulta inconcebible que la muchacha que ha conocido sea quien haya ordenado que la rajen, le arranquen el pelo y la golpeen o que le corten un dedo por cada ocasión en la que se niega a consagrarse, como ha pasado últimamente.
Van tres. Dos en la zurda, uno en la diestra.
Supone que esa noche igualarán las dos manos.
La parte positiva es que no cree que resista hasta que se las corten enteras: morirá antes.
Como en la celda nunca entra luz y las pocas comidas que le sirven suelen suceder en momentos aleatorios, lo único que la ayuda a medir el tiempo es la hora a la que la torturan.
Siempre comienza igual: con la visita de la Suma Celestial.
Después, cuando se la llevan al potro, a la silla o la garrucha, le habla de perdón y arrepentimiento, de la calma después del sufrimiento, como si en vez de en una cámara de torturas diera un sermón en su preciada basílica.
Al principio, Dyne se burlaba de ella. Las dos últimas veces ya no ha sido capaz, por mucho que le gustaría seguir respondiéndole.
La detesta. Le encantaría poder destruirla poco a poco, justo como están haciendo con ella.
Primero haría trizas su medallón y después le cortaría la lengua para que no pudiera seguir envenenando a otras personas.
A continuación, se encargaría del resto del cuerpo.
Fantasea con hacerle todas y cada una de las cosas que le hacen a ella y al menos en esa locura encuentra algo de consuelo.
Dyne escucha unos pasos que se acercan y se tensa, convencida de que el descanso ha terminado, el tiempo se le ha escapado y ya es hora de volver a sufrir.
Una luz se cuela por debajo de la entrada, por el hueco diminuto que hay y, un instante después, la puerta se abre.
Le cuesta un poco que los ojos se le adapten a la luminosidad y se siente al límite de la consciencia, así que tarda en distinguir la figura que se dibuja bajo el dintel.
Ammarah de Daiva abre mucho los ojos al verla.
—¿Qué significa esto?
Suena horrorizada y Dyne piensa que eso no tiene ningún sentido, pero, al mismo tiempo, por supuesto que lo tiene. Cierra los ojos. Aunque esa mujer también es su enemiga, aunque sigue teniendo órdenes de matarla, no puede evitar relajarse un poco.
—¿Majestad? —La voz del guardia que la acompaña suena confusa—. ¿Hay algún problema?
—¿Vosotros le habéis hecho esto? ¿Con qué derecho?
Debe de tener un aspecto verdaderamente terrible si Ammarah está tan alterada. El pensamiento es tan irracional, tan absurdo, que le da ganas de reírse de sí misma. Lo haría si no le doliera tanto la cara.
—Son órdenes de la Suma Celestial, majestad. Ella misma está supervisando las torturas. Pensamos… Pensamos que lo sabíais.
Dyne vuelve a abrir los ojos solo para comprobar la expresión de la joven reina.
Al principio parece confusa, incrédula, y después llega la furia.
Su rabia no es especialmente llamativa, no es ni vehemente ni explosiva, sino templada y silenciosa.
Es de las que arden a fuego lento y la vuelca sobre su vestido cuando se agarra las faldas, pero no permite que le cambie demasiado la cara.
La han educado para ser contenida, al fin y al cabo.
Para mantenerse estoica, incluso si por dentro se siente perdida o rota.
—Déjanos solas.
—Majestad, no creo que…
—Déjanos solas —repite con más fuerza—. Es una orden de tu reina. ¿Vas a cuestionarla?
No hay más protestas. El hombre se apresura a agachar la cabeza, deja la antorcha que lleva en la mano en uno de los apliques de la pared y se retira.
Dyne echa la cabeza hacia atrás. Todo le da vueltas, pero aun así se esfuerza por mantener los ojos abiertos para poder ver bien a la reina de los celestiales.
—¿Qué haces aquí, Ammarah?
La expresión de la muchacha se endurece.
—Creo haberte dicho que no tenías ningún derecho a pronunciar mi nombre, asesina. Del mismo modo, no tienes derecho a dirigirte a mí a menos que yo te dé permiso. Soy yo quien hace las preguntas aquí.
Dyne deja escapar una risa, aunque el tirón que siente en el pecho y en el estómago hace que se arrepienta de inmediato. La carcajada acaba en tos, pero se apresura a tomar aire y sacude la cabeza.
—¿Qué más quieres saber? Tus lacayos se han dedicado a arrancarme hasta el último de mis recuerdos estos días.
A estas alturas sabéis más de mí que yo misma.
Aunque, claro, quizá no hayan compartido contigo toda la información, dado que parece que tampoco sabías que me estaban tratando de manera tan… amable.
La reina aprieta los labios, frustrada, pero se niega a seguirle el juego. No le deja saber cuánto han compartido con ella y cuánto no.
—He estado pensando en lo que dijiste.
—Vas a tener que ser un poco más concreta, Amma…
— Majestad —gruñe la reina—. Me tratarás con el debido respeto u ordenaré a los guardias que vuelvan a entrar. Y no sé mucho sobre torturas, pero me basta con mirarte para saber que no podrás aguantar muchas más.
Dyne hace un mohín. Una parte de ella quiere seguir provocándola y masticando su nombre, pero sabe que no está en condiciones de jugar más de la cuenta. Además, prefiere tratar con la reina de los celestiales que con la líder de la Hermandad.
Así que calla, frustrada, y deja que la muchacha continúe:
—Fue tu diosa quien ordenó mi muerte y la de mis tíos, ¿es así?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Dyne resopla.
—Sí, majestad .
Ammarah alza la barbilla, satisfecha, aunque no se permite sonreír.
—Mis lacayos, como tú les llamas, me han dicho que fue parte de un pacto para salvar a un amigo tuyo. Uno de los atacantes de la basílica.
—Si solo habéis venido para que os repita lo que ya sabéis…
—Pero no me han explicado por qué intentaste salvarme a mí. —Dyne calla ante la interrupción y Ammarah entorna los ojos. La luz de la antorcha lanza sombras por toda su expresión—. Eso fue lo que dijiste el otro día. Que no querías matarme a mí. Que intentaste evitarlo. ¿Por qué?
Dyne observa a la mujer que se alza ante ella, mucho más imponente de lo que la recuerda.
No sabe cuántos días han pasado desde que la vio, pero le parece distinta, más grande, más peligrosa.
Quizá solo sea a causa de la fiebre y el cansancio, o tal vez en todos esos días a ella la han roto en mil pedazos mientras que Ammarah se ha dedicado a repararse.
—¿Importa? ¿Vas…? ¿Vais a liberarme por haber tenido reparos?
—¿No ha quedado claro que no eres tú la que hace las preguntas? Respóndeme.
La necromante entrecierra los ojos, pero se acomoda todo lo que los grilletes le permiten. Tiene uno en cada muñeca y otro en el pie izquierdo.
—Os habría matado sin contemplaciones si mi diosa me lo hubiera ordenado el día del ataque en la basílica —responde.
Ammarah frunce los labios, pero permanece en silencio—.
No me importó matar a ninguno de los que cayeron ese día, ni a vuestra amiga poco después.
Vos lo habéis dicho: soy una asesina. Llevo siéndolo tantos años que para mí matar es algo tan natural como vivir.
Como todo, el asesinato es solo una cuestión de práctica.
Cada persona con la que acabas es menos difícil que la anterior.
—¿Cómo puedes…?