La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

La puerta se cierra tras Astrey con un golpe definitivo y él todavía avanza unos cuantos pasos más antes de detenerse de manera abrupta.

Las palabras de su madre (no, no de su madre, de una de las muchas personas desconocidas que se han apoderado de su cuerpo) todavía le resuenan en los oídos y le enfrían el cuerpo.

Ante los gritos puede blindarse, puede ignorar los insultos y los deseos de muerte, pero las súplicas como esa son mucho más difíciles de afrontar.

Las súplicas se quedan con él, anidan en su pecho y se convierten en pesadillas en cuanto cierra los ojos.

Sus pasos se detienen en las escaleras que descienden de la torre.

No puede seguir huyendo, porque no tiene ningún sitio al que ir.

Y tampoco tiene fuerzas para hacerlo. Por primera vez desde que está en Damira, permite que el peso de la culpa y el cansancio tiren de él hacia abajo y se sienta en los últimos peldaños.

Aguarda, sin saber muy bien a qué. Se hace pequeño, tan insignificante como se siente pese a que debería ser la persona más poderosa de Evren, puede que incluso del mundo.

Oculta la cara entre los brazos, pero, aunque quizá llorar lo haría sentir mejor, ni siquiera es capaz de eso.

La pena lo deja ahí, paralizado, mientras su demonio lo muerde por dentro, le dice que se levante, trata de zarandearlo, y el Amuleto le susurra que todavía puede volver atrás, que puede arreglar el desastre en el que está metido, que no tenga miedo de usarlo.

Astrey trata de ignorarlos a ambos. Cierra los ojos, pero esta vez no cuenta el tiempo en minutos o en latidos. Ni siquiera en el pulso errático del tintineo de sus anillos.

Al final, la puerta se abre a su espalda.

Escucha los pasos de Elira antes de que se siente a su lado, con cuidado de dejar una distancia abismal entre ellos.

El brujo vuelve la vista hacia ella y frunce el ceño, confuso, al darse cuenta de que tiene entre las manos el libro que su madre lanzó al suelo justo antes de abalanzarse sobre él.

No es un tomo cualquiera. Astrey lo dejó en el cuarto con la esperanza de que algo del pasado, algo compartido, pudiera hacer que recordase. Tenía la esperanza de que los buenos recuerdos se quedasen, que pudiesen vencer a lo que fuera que estuviese arrastrándola al fondo de su propia mente.

Ahora es consciente de la forma estúpida en la que te hace comportarte a veces la esperanza.

—No es casualidad que el protagonista se llame como tú, ¿verdad? —murmura Elira.

Casi siente ganas de sonreír. Siente que nada de lo que ha hecho nunca es una casualidad, pero quizá lo que ella no espera es que pueda pecar de sentimental.

Su mirada cae sobre la cubierta. El tomo es granate, sencillo, pero el título destaca, escrito en oro: Astrey Roschart y el dilema de los mil brujos.

Las páginas están desgastadas por el uso, aunque está seguro de que nadie después de él lo ha cogido de la biblioteca.

Los estantes se lo tendieron en cuanto pensó en él, pero debía de llevar años sin que nadie lo leyera, porque cuando lo recuperó estaba lleno de polvo.

—Era mi libro favorito cuando vivía aquí. Uno de mis hermanos solía leérmelo y luego yo le contaba a mi madre todo lo que le había pasado al protagonista. Esperaba el momento de salir al mundo a vivir mis propias aventuras.

Eso, al menos, cuando era pequeño. En su cuarto, sentado en la cama o en el suelo junto a Valerick, soñar con aventuras, con buscar tesoros y resolver misterios había sido sencillo.

Incluso en Arsay lo había sido, rodeado de bosques infinitos, con un niño de su mano que creía todas sus palabras.

Astrey había desenterrado algunos de aquellos relatos para Caleb, susurrados a la luz de una vela moribunda.

Pero luego, cuando consiguió su demonio, los sueños de aventuras murieron con su infancia.

Y en Ilan, más tarde, la realidad lo golpeó con demasiada fuerza y él estaba demasiado ocupado como para seguir persiguiendo hazañas.

—No lo conocía. —Elira lo mira de reojo—. ¿Me lo prestarías?

Una parte de él quiere decirle que no, que no le va a gustar.

Quiere quitarle importancia, reírse, dejarle claro que el protagonista de esas historias y él no tienen nada en común.

Otra parte quiere asentir. Quiere decirle que se fije en todos los nombres que hay apuntados en la primera página, porque esos son todos los hermanos Brynsen que se enamoraron de esas líneas.

Quiere contarle la historia de cada uno, pero sobre todo la del último, el que está escrito con la peor caligrafía y que hizo trampa porque prefería escuchar a hacer el esfuerzo de leer.

—¿Por qué? ¿Qué esperas encontrar?

La princesa de Orlaith se encoge de hombros.

—Supongo que una buena historia.

Hace que suene simple, a que solo quiere una lectura para antes de dormir, pero ambos saben que no es la historia de ficción la que le interesa.

Elira siempre se ha sentido más fascinada por lo que tiene raíces en el mundo real, siempre le ha gustado descifrar las pistas y hacer equilibrismo sobre el hilo que separa lo imaginario de lo histórico.

—No creo que te guste —susurra.

—No lo sabremos si no lo leo.

El Portador baja la vista a su propio regazo. A los anillos que, sin quererlo, ha empezado a entrechocar de nuevo.

—De acuerdo. Llévatelo.

El silencio cae sobre ellos. Por el rabillo del ojo, ve a Elira abrazarse al libro.

Él, por su parte, aprieta los puños para acallar sus gestos nerviosos.

Es también una forma de detenerse antes de estirar la mano y alcanzar la garra de la bruja, a la que se aferraba antes de entrar en el cuarto.

Sabe que, si se deja arrastrar por la tentación, solo va a incomodarla.

No va a ser tan sencillo volver a lo que tenían antes.

La herida que se ha abierto entre ellos no va a cicatrizar así como así.

Puede que parezca que ha empezado a sanar, pero Astrey es consciente de que es solo una ilusión creada por la necesidad, por lo que han visto juntos en ese cuarto.

Elira siente pena por él, igual que puede sentir pena por cualquiera a quien vea en un aprieto. Igual que sintió pena por Nathan.

Y, aun sabiéndolo, siendo consciente de que en el pasado quizá se habría aprovechado de ello, en ese momento no puede. Lo único que es capaz de decir, tan bajo que su voz apenas parece real, es:

—Gracias. Por venir hasta aquí, por… verla. —Por no huir, al contrario que él, que ha salido de ese cuarto superado por la situación más veces de las que puede contar—. Por ofrecerte a ayudarme.

La fuerza con la que la bruja aferra el libro pronto hará que sus uñas dejen muescas en la encuadernación, pero ni siquiera debe de ser consciente de ello.

Astrey está convencido de que va a decirle que no sabe cómo solucionar el problema de su madre.

Va a decirle que se lo merece, por jugar con el Amuleto.

Va a dejarle claro que quiere marcharse, que no va a ayudarlo más, que está harta de no saber qué esperar de él pese a que creía conocerlo mejor que nadie.

No lo hace. Tan solo se queda ahí, a su lado, en un silencio compasivo, mientras ambos se observan de soslayo.

Sus cuerpos no se rozan, pero, aun así, a Astrey le parece que hay una caricia en la mirada que comparten, que por un momento todo vuelve a su lugar, que el tiempo se mueve y cambia y que ellos lo hacen también y, de pronto, son más jóvenes, aunque no más inocentes.

Por ese instante, ni siquiera están ahí, en Damira, sentados en esas escaleras, sino que han vuelto a Ilan, a una de esas noches que eran solo suyas, a cuando todavía se lanzaban preguntas y debatían sobre filosofía y política y construían utopías; a cuando se intercambiaban cartas en las que se abrían el pecho y se podía leer entre líneas lo mucho que deseaban extender las manos y tocarse.

Y después, Elira suspira y aparta la vista. El presente cae sobre ellos.

—Los vi marcharse.

—¿Qué?

Astrey parpadea, confundido, pero ella deja el libro en su regazo y fija la mirada en la cubierta, concentrada en las letras doradas y los arabescos.

—Salieron del palacio en medio de la noche —murmura—. Los vi. Y los dejé marchar. No los liberé, pero tampoco hice nada para evitar que huyeran. Y no me arrepiento, Astrey.

Está hablando de sus prisioneros, aunque el emperador tarda demasiado en comprender ese detalle, igual que tarda demasiado en darle sentido a lo que le está contando. Porque no tiene ninguna lógica. Que consiguieran escapar en medio de la noche o que ella les ayudara al no hacer nada.

«Ella es la culpable. Como siempre».

El demonio dentro de él está rabioso, cada palabra es un gruñido, pero Astrey ni siquiera es capaz de enfadarse. Le gustaría hacerlo. Le encantaría volcar sobre Elira toda la frustración que siente, pero está demasiado cansado, demasiado incrédulo.

—¿Por qué me lo cuentas?

No le pregunta por qué lo hizo: eso lo sabe.

Desde la Noche de las Bestias demostró estar en contra de mantener a Caleb en una celda, se lo ha repetido hace tan solo un rato.

Por supuesto que iba a ayudarlo si tenía oportunidad.

Por supuesto que iba a ponerse en su contra después de sentirse tan engañada y traicionada, sobre todo si eso significaba hacer algo justo, algo mejor.

—Porque ahora estás siendo honesto conmigo, así que supongo que yo también debo serlo.

¿Cómo no se ha dado cuenta antes? ¿Cómo ha podido ser tan ingenuo como para pensar que ella no se vengaría de él en cuanto pudiera?

Elira puede ser impulsiva, pero también estratégica.

Que no decidiera atacar desde el primer momento nunca significó que no fuera a tomarse la justicia por su mano en cuanto tuviera la oportunidad, y sus garras no son la única manera en la que puede hacer daño.

Su cabeza siempre ha sido mucho más temible.

A Astrey se le escapa una risa corta, incrédula, amarga. A pesar de todo, la admira como solo se puede admirar a un contrincante.

—Lo has hecho por venganza. —Y, en realidad, en cuanto la acusa, se da cuenta de que no es tan sencillo, que nunca lo ha sido.

Elira es complicada, a veces incluso contradictoria.

Es la mujer que lleva toda su vida obsesionada con el Amuleto del Tiempo, pero nunca ha pensado en usarlo.

Es la mujer que ansía un trono, pero jamás ha intentado tomarlo por la fuerza.

Es la mujer que más lo desprecia, la que más discute con él, la que más en contra está de todo lo que está haciendo, pero sigue ahí, cerca, al alcance de su mano, y ha sido la primera en brindarle su ayuda en cuanto la ha necesitado—.

¿O lo has hecho por justicia? ¿En qué estabas pensando? Explícamelo, porque no lo entiendo.

Elira se encoge de hombros, tranquila. Sin arrepentimientos, como le ha dicho. No le importa haber desbaratado sus planes: puede que incluso esté satisfecha de ello.

—Estaba pensando en las dos —admite—. Venganza y justicia.

Las mismas razones por las que él asesinó a Iraides, por las que ella mató a Fabrice. Las mismas razones por las que él ha llegado hasta ahí.

Astrey aprieta los labios, pero calla, tan molesto como fascinado.

Puede que él también sea contradictorio.

Puede que odie a esa mujer y que quizá precisamente por eso la adore.

Porque es la única persona capaz de hacerle daño y curarle las heridas a la vez.

Es la única capaz de castigarlo y al mismo tiempo hacerle sentir agradecido.

Son iguales, están hechos de lo mismo.

Y que Elira se quede a su lado significa que ella también lo sabe.