Elira #2
Es solo un instante antes de que Linette alce de nuevo el rostro.
Elira se queda sin aire en cuanto la ve, porque en esa expresión no hay nada de la mujer que estaba con ellos hace solo unos segundos.
Aunque el cuerpo sigue siendo el mismo, la dulzura, la alegría y la vergüenza han sido sustituidas por el desprecio y la rabia.
Su sonrisa ha desaparecido y, en su lugar, sus labios se repliegan para enseñar los dientes.
El gruñido que emite ni siquiera es humano.
—¡Astrey, cuidado!
La advertencia llega al mismo tiempo que Linette lanza el libro a un lado y se echa hacia delante como si fuera una bestia en lugar de una persona.
El brujo, por suerte, actúa rápido: se aleja de Linette con un movimiento fluido y levanta las manos para que la magia cambie la habitación a su antojo.
Antes de que la mujer pueda volver a intentar alcanzarlo, los postes de la cama se retuercen, se lanzan a por su figura y la inmovilizan, se convierten en grilletes de madera que la mantienen aferrada por mucho que ella se revuelva para intentar escapar.
—¡Suéltame, desgraciado! —gruñe—. ¡Hijo de mil putas! ¡No puedes encerrarme aquí! ¡Suéltame!
Astrey no responde. Tiene los ojos entrecerrados y en ellos Elira puede distinguir una tormenta que comprende perfectamente.
A esto era a lo que se refería con que su madre no era ella, que no sabe lo que hace, que había que tener cuidado.
Ese es el cuerpo de Linette, pero a la vez no es solo ella, y le parece…
horrible. Una pesadilla que no querría vivir jamás, ni desde dentro ni desde fuera.
No querría ser ella, perdida en su cabeza, en identidades distintas, en vidas distintas, pero tampoco querría ser Astrey, obligado a verlo, a ser consciente de que ese resultado lo ha provocado él mismo.
De pronto, entiende que esté sufriendo. Entiende que esté tan desesperado y que quiera solucionarlo sea como sea.
La cuestión es si hay solución para algo así.
Ha leído algunas historias semejantes, pero eran sobre todo rumores y cuentos, nunca crónicas fiables.
A veces, con el Amuleto, resulta demasiado difícil desentrañar qué es leyenda y qué es realidad.
Elira toma aire y da un paso hacia delante. Cuando extiende las manos, lo hace en actitud inofensiva, mostrando las palmas para parecer menos amenazadora.
—Tranquila —dice con suavidad—. No queremos hacerte daño.
La mujer la ignora. Se sigue debatiendo, maldiciendo, ajena a su intento de calmarla.
Hasta que se detiene. Lo hace de golpe, una vez más.
Se queda callada, con esa mirada apagada, como si se hubiera quedado completamente en blanco…
y, cuando vuelve, es distinta de nuevo. En su expresión ya no hay rabia, solo confusión y, después, miedo al darse cuenta de que está atrapada.
Su respiración se acelera y sus pupilas se dilatan mientras trata de zafarse.
—¿Qué está…? No. No. —Cuando su mirada se encuentra con Elira, el terror en su expresión es todavía mayor—. Aléjate de mí, demonio. Suéltame. No te acerques.
Elira se queda muy quieta, consciente de que avanzar más puede ser un error.
—No soy peligrosa. No voy a hacerte nada…
Pero ella no la escucha. Los labios que hace unos minutos estaban sonriendo se mueven ahora para comenzar a recitar versos que Elira reconoce como el conjuro de exorcismo de los celestiales.
Las plumas se le erizan por instinto, su demonio se revuelve dentro de su cuerpo, pero no pasa nada.
Fuera quien fuera esa persona en el pasado, ahora no es celestial, así que sus palabras no surten ningún efecto.
Una mano le aferra el brazo y Elira alza la vista, sobresaltada. Astrey tiene los labios apretados y una tormenta truena en sus ojos.
—Ya lo has visto. Vámonos.
No quiere estar ahí. Lo tiene escrito por toda la cara.
—No podemos dejarla así.
—Está así todo el tiempo, Elira. —Astrey aprieta un poco más, aunque Elira no sabe si es para tirar de ella o para aferrarse a algo—.
Vuelve durante unos minutos y después se marcha otra vez.
En tres días ha sido más personas de las que puedo contar.
Salta de una a otra y no es capaz de recordar lo que pasa con la anterior.
Con algunas soy capaz de razonar, pero con la mayoría…
Linette calla de nuevo y los dos se fijan en ella en cuanto escuchan el silencio.
Otra vez esa mirada perdida. Otra vez ese instante de quietud antes del cambio.
A Elira le recuerda a la lucha que algunos brujos tienen con sus demonios, pero los demonios al menos pueden acceder a todas las memorias del cuerpo que ocupan y, del mismo modo, los brujos pueden ser conscientes de cada cosa que haga el ser que han aceptado en su interior.
En este caso no hay ninguna continuidad.
No hay recuerdos compartidos, solo un laberinto que recorren muchas personas perdidas y del que ninguna es capaz de salir.
La mujer vuelve a alzar la vista. Entrecierra los párpados y después la expresión se le llena de pena, los ojos se le anegan de lágrimas.
Hay tanta tristeza en esa cara que Elira le entran unas repentinas ganas de llorar.
Astrey sigue teniendo la mano alrededor de su brazo, reteniéndola, pero ella se suelta con cuidado.
—Elira, por favor.
La voz de Astrey es una súplica que ella ignora.
Avanza con pasos delicados, esperando un nuevo cambio, un insulto o un grito, pero la identidad que ahora ocupa el cuerpo de Linette solo la sigue con esos ojos tristes, agotados.
Cuando se pone frente a ella y alza la mano, queda claro que la mujer no teme sus garras, sus uñas alargadas.
—Está bien —murmura Elira, mientras le roza la mejilla con el dorso de los dedos—. Estás a salvo.
Una lágrima solitaria se desliza por la cara de Linette. Su respuesta es un susurro, de nuevo con un tono distinto, un acento diferente:
—Dejadme volver al ciclo.
Elira aprieta los labios, sin saber qué responder.
Tras ella, Astrey le da la espalda y se marcha del cuarto.