La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

La habitación en la que descansa la madre de Astrey se encuentra en otra de las torres del palacio.

El nuevo emperador la lleva hasta allí sin mediar palabra y, durante los minutos que tardan en llegar, el castillo se mantiene inmutable, como si supiera que su gobernante necesita tiempo para mentalizarse antes de alcanzar su destino.

Elira le permite aferrarse a ella durante todo el trayecto, aunque los dedos que se estrechan contra su garra se sienten extraños después de todos esos días evitándolo.

Debería haber seguido haciéndolo. Debería haberle cerrado la puerta en cuanto apareció e ignorar la forma en la que gritaban sus ojos grises.

Debería haberle cruzado la cara con las uñas en cuanto admitió que había vuelto a utilizar el Amuleto y marcharse de ese palacio para no volver.

Pero no ha podido. No cuando Astrey parecía a punto de perder la cabeza, desesperado como no recuerda haberlo visto en mucho tiempo.

No cuando le ha parecido que, si le daba la espalda, la próxima vez que lo viese no habría ni rastro de la persona que un día conoció.

No después de ver el mundo que está empezando a construir.

No después de tener la sensación de que todavía había espacio para salvar, al menos, parte de su alianza.

Porque todavía lo reconoce, aunque no vaya a admitirlo en voz alta, y no quiere que desaparezca.

No quiere que se convierta, de verdad y sin remedio, en un desconocido.

No quiere que sea un desconocido. Solo quiere poder tratarlo como tal.

No quiere que sufra a menos que sea ella quien le haga las heridas.

Astrey se detiene frente a una puerta después de que suban una infinidad de escaleras.

Sus dedos se aprietan un poco más alrededor de su mano y Elira se fija en él, en lo pálido que está, en las ojeras que tiene.

Sus labios están cortados, como si se los hubiera despellejado al mordérselos demasiado.

Se pregunta cuánto habrá dormido últimamente.

Quizá parte del nerviosismo que demuestra venga de ahí y no solo de lo que esconda ese cuarto.

—Ten cuidado. —Astrey nunca duda al hablar, pero de pronto titubea—. No es consciente de lo que hace.

Elira no sabe si lo que quiere decir es que trate con cuidado a la mujer que aguarda al otro lado de la puerta o que se proteja a sí misma, como si en esa habitación esperase algún peligro impredecible.

No pregunta, solo le aprieta la mano un segundo más.

Es un intento de animarlo, de recordarle que ha prometido ayudarlo, pese a todo.

Podrán seguir luchando después. Podrán volver a las discusiones, a los reproches y a las ganas de clavarse los dientes, con rabia o con anhelo o con las dos.

Si la viera, Denna le diría que está siendo irracional. Que está volviendo a dejar que esa serpiente se le enrede al cuerpo y que, cuando menos se lo espere, va a encontrarse a sí misma sin aire y con la cabeza entre sus fauces.

Ni siquiera podría llevarle la contraria.

La expresión de Astrey grita un sinfín de cosas que Elira no consigue descifrar, porque hay demasiadas al mismo tiempo.

Miedo. Anhelo. Agradecimiento. Cansancio.

Frustración. Cuando alza una mano, Elira está segura de que va a tocarla.

Va a rozarle el rostro, el pelo, las plumas, y quizá ella se lo permita.

Solo porque es obvio que él lo necesita, no porque ella eche de menos sus caricias.

Solo porque un roce es un precio que puede aceptar si es para ofrecerle un poco de calma, aunque no se la merezca.

Aunque él mismo se haya buscado todo ese dolor.

No lo hace. Astrey aparta la vista y deja caer la mano sobre la puerta, que se abre sola tras un par de golpes sobre la madera.

El dormitorio al otro lado es enorme y da la impresión de ser todavía más grande al estar casi vacío.

No hay mucho más que una cama deshecha, con altos postes de madera tallada pero sin cortinas, como si alguien las hubiera arrancado.

Tampoco hay nada que cubra las ventanas, así que la luz de la mañana se desparrama por el cuarto, brillante y cálida, e ilumina a la figura que se sienta sobre el lecho.

Resulta casi divina, bañada por los rayos de sol, y a Elira le recuerda a Astrey de inmediato.

Lo ve en sus cabellos pelirrojos, en las pecas que le espolvorean la piel como salpicaduras de pintura, en los ojos grises que se fijan en ellos y destellan con reconocimiento.

Lo ve incluso en su sonrisa, aunque la de Astrey suele ser peligrosa o anunciar un juego y la de la mujer que tienen delante es amplia y alegre como la de una muñeca.

—¡Sera! ¿Dónde estabas?

La mujer se pone en pie. Lleva un libro entre las manos que estaba leyendo cuando han entrado y que ahora aprieta contra su pecho.

Elira le lanza un vistazo al brujo. Ese nombre no es con el que ella lo conoce, nunca se lo ha mencionado antes, y no tiene ni la menor idea de si a él le gusta volver a escucharlo o lo odia.

No parece molesto, solo nervioso, a juzgar por cómo juega con sus anillos y por la sonrisa que no le llega del todo a los ojos.

—Tenía cosas que hacer. —Su mirada vuelve a encontrarse con la de Elira antes de que respire hondo y se acerque un paso más hacia la mujer—. Quería… presentarte a alguien, mamá. Esta es Elira. Elira, esta es Linette.

Linette. Astrey tampoco le había mencionado nunca el nombre de su madre.

De ella solo sabía que murió cuando él era muy joven, igual que su padre.

Aunque el espíritu lo sabe todo de su familia, aunque ella le hablado mil veces de su madre y de su hermana, ahora se da cuenta de lo poco que incidía él en la suya y de la elegancia con la que cambiaba de tema cuando no le interesaba profundizar más.

Elira había dado por hecho que era incomodidad, incluso dolor.

Una pena que no quería afrontar. Al único que mencionaba de vez en cuando era a su tío, ese hombre con el que creció después de quedarse huérfano, pero tampoco hablaba demasiado de él.

Se pregunta si ahora que está todo dicho, ahora que la verdad de su familia ha salido a la luz, estará dispuesto a contarle por lo que antes solo se atrevía a pasar de puntillas.

Quizá no. Quizá ni siquiera ahora le deje ver quién es en realidad.

Quizá nunca deje de taparse el rostro con una máscara y el pasado con un disfraz.

La sonrisa de Linette la distrae. La mujer la mira con curiosidad, como si fuera algo fascinante, y aprieta un poco más los brazos alrededor del libro.

—Eres preciosa, ¿te lo han dicho alguna vez? —Su mirada vuelve a su hijo y su sonrisa le recuerda todavía más a la de Astrey cuando se convierte en algo juguetón—. ¿Es tu novia? ¿Por eso me la presentas?

Elira nota que se le encienden las mejillas, pero se alegra de no ser la única. Astrey se ruboriza, abre mucho los ojos y levanta las manos, más apurado de lo que lo ha visto nunca.

—No, no. Es… Bueno, ella es…

Nada. No es ni amiga ni amante ni aliada.

Aunque lo han sido todo, ya no son nada.

El pensamiento le encoge el pecho, le clava en el corazón algo más afilado incluso que sus uñas, así que dibuja su mejor sonrisa para evitar el tema.

—Es un placer conocerla, Linette. Su hijo me ha hablado mucho de usted.

—¿Mi hijo? —La mujer se vuelve hacia ella, confusa—. Yo no tengo ningún hijo: solo tengo a Sera.

Astrey hace un mohín y Elira se muerde la lengua, consciente de que tenía que haber elegido otras palabras. Cuando intercambia una mirada con el emperador, sin embargo, él niega con la cabeza para que no se preocupe.

—Todavía no he tenido tiempo de explicárselo.

—¿Explicarme qué? —Linette pasa la mirada de uno a otro y, de pronto, abre mucho los ojos.

Se lleva una mano a la boca antes de girarse hacia Astrey, como si acabara de comprenderlo todo—.

¡Oh! ¡Oh, dioses! ¡Lo siento! ¿Eres…? ¿Eres un hombre ahora?

O sea, no ahora , claro, pero… ¡Lo que quiero decir es que está bien si es así!

No quería… ¡Te quiero igual, Sera! Aunque quizá ya no te llames Sera… Lo siento, solo no…

La mujer parece muy apurada y Astrey la observa con los labios entreabiertos, sorprendido, sin saber qué decir ni cómo reaccionar.

Después, sin embargo, llega la sonrisa. Se le deshace en la boca, le destella en los ojos, y Elira siente que lo que se le estaba clavando en el corazón se hunde un poco más.

Nunca lo había visto así, tan conmovido.

Nunca le había visto una sonrisa tan sincera, a medio camino entre la diversión y la ternura.

El espíritu da un par de pasos hacia delante y alza la mano para acariciar el pelo de su madre con suma delicadeza. Le saca una cabeza, así que Linette tiene que alzar la barbilla para mirarlo, profundamente avergonzada.

—Tendría que haberlo sabido. Pero, bueno, no pensé… no se me ocurrió…

—Está bien, mamá. —A Astrey se le escapa una risa que hace que Elira se abrace el cuerpo.

No es capaz de dejar de mirarlo y se siente ridícula por ello.

Desarmada. Indefensa—. No soy un hombre, pero tampoco una mujer.

Ya hablaremos de ello. Ahora me llaman Astrey, pero tú puedes seguir llamándome Sera. No pasa nada. Trátame como prefieras.

La mujer se muerde la pequeña sonrisa que esboza para él.

—Astrey, ¿eh? —Su mirada cae hasta el ejemplar que lleva en las manos—. Como en…

No llega a terminar la frase. Su mirada se desenfoca y su expresión no es la única que cambia entonces.

Astrey es consciente de que algo va mal antes incluso de que su madre vuelva a reaccionar, así que se aparta rápido.

La sonrisa se le pierde, los ojos se le apagan, y la precaución y la frustración aparecen en su cara.