La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #3
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Astrey #3

Por primera vez desde la Noche de las Bestias, cuando Elira da un paso hacia delante, el instinto de Astrey es retroceder, dejarle claro que no quiere su pena, que no puede aceptarla en medio de esa conversación.

Ni siquiera es capaz de racionalizar que lleva días queriendo que se acerque, que debería aprovechar ese gesto para volver a ganársela.

Todo lo que tiene en la cabeza es que ella es incapaz de comprenderlo, que no ha visto a su madre, que no sabe lo desesperante que es saber que está ahí, dentro de esa cabeza, pero no poder alcanzarla.

No es consciente de lo descorazonador que es saber que está así por su culpa, porque él ha querido recuperarla y no lo ha hecho bien.

Elira aprieta los labios ante el rechazo, pero no se rinde.

—Escúchame: entiendo qué puede haberte llevado a hacer algo así, pero quizá esta es la señal de que no puedes devolverle la vida a todo el mundo. A veces hay que aprender a vivir con la pérdida. Si tu madre no es quien un día fue, quizá lo mejor sea aceptar que ya no va a volver y…

—No. No lo entiendes. No puedo…

—Astrey…

—¡Tengo que arreglarlo! —estalla. La voz se le rompe contra las paredes, un trueno inesperado en medio de un día de sol.

Elira se tensa, sobresaltada—. ¡ Necesito arreglarlo!

—Traga saliva y trata de bajar la voz, de calmarse, de respirar tan hondo como puede—.

Necesito… intentarlo. No puede quedarse así, no puedo seguir viéndola así.

Aún no has agotado todas las opciones, Portador. No puedes rendirte ahora, aunque ella no lo entienda.

Astrey asiente casi en un acto reflejo. El Amuleto entiende que su madre lo necesita. El Amuleto está ahí para ayudarlo.

—Te está hablando, ¿verdad?

Astrey tarda un momento en enfocar a la bruja, en ser consciente de que se ha acercado más que ese paso que él ha retrocedido y ahora la preocupación se mezcla con la tensión en su rostro.

—No, yo…

Pero ni siquiera sabe por qué miente, cuando ella sabe la verdad mejor que nadie.

—No sé qué te está diciendo, Astrey, pero no deberías escucharlo —le advierte—.

No más que a ti mismo. Puede que yo no lo sepa todo sobre el Amuleto, pero he leído suficientes historias sobre cómo se mete en la cabeza de los Portadores, cómo se aprovecha de su desesperación.

Deberías tener cuidado si no quieres terminar mal.

¿Y qué tiene de malo si así consigues justo lo que quieres? Si me hicieras caso, yo me aseguraría de cumplir todos tus deseos. Si me hicieras caso, podrías recuperar a tu madre, a tu padre, a tus hermanos… Podrías recuperar toda la vida que se te arrebató un día. Si tan solo volvieras atrás…

Astrey se lleva una mano al Amuleto en un acto reflejo, como si así fuera a acallar la voz que le late dentro. Da un paso más atrás y sacude la cabeza. Odia no poder pensar. Odia sentirse tan frustrado y vulnerable y…

—Cállate.

Elira avanza los pasos que él ha retrocedido.

De pronto, sus dedos están sobre los suyos y Astrey siente la suave presión de sus uñas como una bendición que no se merece.

Incrédulo, la mira, y la bruja repara en lo que ha hecho solo entonces.

Observa sus manos unidas como si hubiera sido ella quien ha perdido el control sobre sí misma y parece a punto de soltarlo y dar un paso atrás, pero al final respira hondo y afianza su agarre.

Su mirada sigue ardiendo cuando enfrenta la de Astrey, pero esta vez su fuego no está hecho para atacarlo.

—Muéstramela. A tu madre. Cuidaremos de ella sin volver a usar el Amuleto. Te ayudaré. Buscaremos otra solución.

Astrey traga saliva, sin saber qué decir.

Es todo lo que quiere y, al mismo tiempo, odia estar tan seguro de que lo único que la impulsa a decir eso, a tocarlo, a volver a acercarse, es la lástima.

Debe de verlo desvalido, como cuando estaban en Ilan y Fabrice aplastó todos sus sueños y le hizo sentir pequeño e impotente y ella decidió olvidarse de todo por vengarlo.

Odia que la historia se repita. Odia haber vuelto a creerse invencible solo para que algo le recuerde que en realidad no tiene tanto poder como le gustaría.

Pero esta vez podrías tener todo el poder del mundo de verdad si te atrevieses a tomarlo.

«Ignórala. No la necesitabas entonces y no la necesitas ahora».

Debería hacerlo. Debería marcharse de esa habitación y continuar con su plan, porque está seguro de que no hay más soluciones que el Amuleto para la suerte a la que él mismo ha condenado a su madre.

Debería alejarse y demostrarle a Elira que puede valerse por sí mismo y que es ella quien se equivoca.

Pero entonces la bruja da un paso más hacia él. Le aprieta un poco más la mano.

—Astrey.

Y él, por primera vez desde que subió al trono, se rinde y se aferra a ella.

Cierra los ojos, se aísla de todo menos de su voz y la sensación de su garra contra su piel.

Escucha el suspiro entrecortado que escapa de esos labios que tantas veces ha besado y desea inclinarse y capturarlo con la boca.

En lugar de eso, se acerca solo un paso más y apoya la frente contra su hombro.

Elira se tensa, pero no se aleja.

—Ayúdame. Por favor, Elira, ayúdame.

La princesa de Orlaith no contesta, no se mueve. No hace falta.

Que no se aparte es respuesta suficiente.