Astrey #2
Probablemente piense que quiere dar otro paso adelante con el Imperio, quizá incluso que va a cumplir su promesa de no dejar que nadie muera, pero lo único en lo que él puede pensar es en su madre.
Tiene que conseguir que regrese del todo, que tenga plenas facultades, que nadie le arrebate la posesión de su propio cuerpo.
En esos días no ha dejado de visitarla y no hay nada que la mantenga estable, así que su última oportunidad es el Amuleto.
Pero eso no puede decírselo a Elira. Eso se lo traga, igual que lleva tres días tragándose sus esperanzas y sus frustraciones.
—No importa. Venir no ha sido una buena idea. Te dejo que vuelvas a la cama.
Da un paso al frente, al tiempo que le hace un gesto a Elira para que se aparte de la puerta, pero ella se queda en su sitio y alza la barbilla.
—No. Dime para qué quieres al necromante, Astrey.
¿Para qué? ¿Para que encuentre más formas de juzgarlo? Más formas de odiarlo. Ya se ha equivocado al creer que podía pedirle un favor, pero contarle la verdad sería un error incluso peor.
—Al menos dime lo que planeas esta vez, ya que no me has tenido en cuenta en el resto de tus planes.
«No le dejes ver lo débil que eres».
Los Portadores que confían en otras personas son los que menos duran.
—Me lo debes —insiste ella ante su silencio.
«No».
No.
—¿Para qué quieres saberlo? No te interesa tener nada que ver conmigo, así que no tiene sentido que preguntes.
Es obvio que el comentario se clava bajo la piel de ella, quizá precisamente porque ambos saben que Astrey tiene razón: si quieres dejar de estar atado a una persona, ¿no es mejor no saber nada de ella ni de sus planes?
—Respóndeme. Ibas a ser honesto conmigo, ¿no? No has dejado de repetirme que siempre lo has sido, así que demuéstramelo.
Ante eso él no encuentra la respuesta adecuada.
Lleva con la mente en blanco desde que ha entrado en ese cuarto, sin más objetivo que conseguir ayuda, y Elira no ha encontrado ninguna resistencia a la hora de desarmarlo.
Solo entonces se da cuenta de que se le ha olvidado ponerse el escudo de su sonrisa, quizá porque está demasiado cansado, demasiado desesperado.
De pronto, incluso las voces se callan. Incluso ellas tienen que saber que nada de lo que digan va a sonar más alto que esa petición.
Astrey deja caer la cabeza, derrotado. Cierra los ojos y una parte de él, una que siempre resulta muy pequeña en comparación con las otras dos voces que tiene en la cabeza, le dice que quiere confesárselo.
El secreto que lleva con él le pesa demasiado, incluso si hace solo unos días que lo tiene.
Sí, puede que ella lo juzgue, puede que lo mire con horror, que no le vaya a gustar lo que va a escuchar, pero quizá pueda ofrecerle una solución.
Ha tenido una cada vez que Nathan necesitaba ayuda.
Siempre sabe encontrar palabras de consuelo o un dato sobre el Amuleto que ni siquiera él sabía.
El pulso regular de sus anillos se encarga de llenar el breve silencio hasta que se da cuenta de que los está haciendo chocar, se detiene y dice:
—He resucitado a mi madre.
No abre los ojos después de abandonar el comentario en el aire. No se atreve a mirarla, pero no lo necesita para imaginarse su expresión: la de genuina sorpresa, la que le agranda los ojos y hace que se le ericen un poco las plumas.
—¿Cómo has dicho?
El Portador no se siente más ligero tras la confesión.
Si acaso se siente juzgado. No se arrepiente de lo que ha hecho, pero quizá habría procedido de forma diferente si hubiera sabido lo que ahora sabe.
Quizá habría estudiado más las crónicas sobre el Amuleto.
Quizá habría aprovechado que tenía a Caleb a su lado para hacer más pruebas primero.
—Quería recuperarla. Quería… que algo volviese a sentirse familiar en este lugar y hacer lo que mi padre nunca hizo: usar el Amuleto para otros. Él no la salvó, no quiso, pero yo podía y… la perdí cuando era muy joven. ¿Por qué no iba a salvarla ahora que podía…?
Astrey se atreve a abrir los ojos solo entonces y descubre la expresión desencajada de Elira, su incredulidad.
Está claro que ella no se esperaba nada semejante.
Tal vez se había preparado para mil escenarios posibles, todos ellos políticos, porque es en lo que primero suele pensar y porque él es el emperador.
Pero antes que emperador es hijo. Es humano.
Y quizá sea eso a lo que ella no sabe responder, porque sus brazos cruzados pasan de ser un escudo, una declaración de intenciones, a una manera de mantenerse entera, de abrazarse el cuerpo.
Al contrario de lo que Astrey creía que iba a hacer, no le grita.
Parece un poco desarmada y el espíritu se pregunta si está pensando en su propia madre, en que ella sabe lo que es echar de menos a una familia perdida de manera injusta.
Quizá, pese a todo, pueda entender por qué alguien usaría el Amuleto para recuperarla.
A lo mejor llega a plantearse que ella también lo haría.
La bruja tarda unos segundos más en reaccionar. Aparta la vista al suelo, turbada, y frunce un poco el ceño.
—Pero no ha salido bien —adivina—. Por eso quieres volver a usarlo otra vez.
Astrey también clava la mirada en sus pies.
—No es ella. No del todo.
Es la forma más sencilla de decirlo, pero no cree que las palabras expresen el miedo que empieza a sentir cada vez que entra en su cuarto sin saber qué se va a encontrar al otro lado.
Sin poder disfrutar cada vez que es la Linette que recuerda la que le sonríe, la que se preocupa por sus ojeras y le pregunta si está descansando.
No puede porque no sabe cuándo se le va a romper la expresión y va a volver a odiarlo, a insultarlo, a intentar atacarlo, siempre con la misma cara pero con otras personalidades.
Teme que llegue el día en el que Linette se marche y en su lugar solo queden una decena de desconocidos, aunque ni siquiera sabe si eso es posible.
No quiere pensar en qué haría entonces.
—¿Y por qué crees que el Amuleto va a mejorar las cosas? ¿Cómo sabes que no las va a empeorar?
—Porque es imposible que vaya a peor, así que déjame a Shiraz, por favor. Quiero intentarlo. Necesito…
—No puedes encarcelar a ese chico eternamente, Astrey. Sabes que no es justo.
Hace unos momentos le hablaba del encierro de Caleb con enfado, pero ahora aborda el tema con una nueva suavidad. Está seria, sí, pero de pronto intenta convencerlo en vez de discutir, intenta animarlo a que tome la que ella considera que es la decisión correcta.
Solo que no es la decisión correcta para él. No puede rendirse, mucho menos después de todo lo que ha hecho.
«No dejes que tenga poder sobre ti».