La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

La noticia de que los prisioneros han desaparecido le llega la mañana después de resucitar a su madre, aunque al principio Astrey no se la cree.

Ese día, sale de su despacho como un huracán, directo hacia las mazmorras, y recorre el pasillo mientras los gruñidos de su demonio se entremezclan con un solo pensamiento: «No puede ser».

Se lo repite una y otra vez con cada paso que da y de nuevo cuando se detiene delante de las celdas vacías, porque no tiene sentido.

Las rejas están intactas, los grilletes de Caleb están abiertos, pero no hay agujeros, no hay plantas asomando entre la piedra, no hay señales de lucha ni cerraduras que parezcan haber sido forzadas de ninguna manera.

Lo segundo que piensa es tan ridículo que rechaza la idea en cuanto se le ocurre. La palabra «milagro» no tiene cabida dentro de ese palacio. Ese es territorio de Caos. Ahí Destino no tiene ningún tipo de influencia.

La tercera opción ni siquiera se le ocurre a él. Viene de algún lugar de su interior, de un rugido que le tiembla en el pecho como si el mundo estuviera sacudiéndose a su alrededor.

«Traidores».

Pero eso tampoco tiene sentido. Ese es su castillo, solo debería obedecerlo a él. Aunque alguien hubiera llegado hasta las mazmorras, el palacio nunca habría dejado que sacaran a sus prisioneros de sus celdas.

Astrey se pasa las manos por el pelo, intentando pensar.

Se siente torpe, aletargado, y le echa la culpa a la noche en vela que ha pasado intentando buscar una solución para el problema de su madre.

Sabe que hay una forma, tiene que haberla, y probablemente pase por poner de nuevo en marcha el Amuleto el Tiempo, pero para eso necesita a Caleb, su fuente de energía inagotable.

Y ya no está.

Ayer seguían aquí, los viste con tus propios ojos. Solo necesitas volver a ese momento, Portador.

No, no puede. ¿De dónde va a sacar el tiempo?

Está intentando hacer las cosas bien, está intentando ganarse la confianza de mucha gente y sabe que, si ahora hace eso, la perderá.

Perderá el apoyo de Tamir y, por lo tanto, del nuevo gobierno de Ilan.

La gente de la ciudad lo temerá. Perderá a Elira.

Se convertirá en otro tirano que destruye a placer para su propio beneficio.

Así que ignora las voces que hablan dentro de su cuerpo, vuelve a su despacho y se centra en poner en marcha soluciones.

Moviliza un pequeño destacamento de la Guardia Imperial para buscar a los fugitivos y ordena que peinen Damira, que pregunten en el puerto, en las posadas, en cualquier lugar donde una persona pueda conseguir un caballo.

Les asegura que recompensará a quien le lleve a los prisioneros, pero, sobre todo, que tienen que asegurarse de que el necromante vuelva vivo a palacio.

La santa también, claro, pero no es su prioridad.

No la necesita. Al menos no tanto como a Caleb.

Tarda tres días, tres días desesperantes ante la falta de noticias y la falta de resultados con su madre, en decidir que no puede dejar la búsqueda solo en manos de sus guardias.

Necesita algo más rápido, más eficaz, que pueda investigar más terreno en menos tiempo.

Y sabe perfectamente dónde encontrarlo, lo que no sabe es si va a conseguir su ayuda.

Astrey respira hondo mientras observa la puerta ante la que se ha detenido.

A estas alturas la conoce bien, porque no es la primera vez que se para delante de ella en los últimos tres días.

No es la primera vez que piensa en pedir ayuda ni es la primera vez, tampoco, en la que llega a alzar el puño.

Nunca ha llegado a llamar, sin embargo. Normalmente, acaba volviendo por donde ha venido, consciente de que hay cargas que tiene que llevar solo, y la de haber revivido a Linette Ansen es una de ellas.

Esta vez, en cambio, aunque no le gusta pedir favores, aunque no le gusta depender de nadie y su demonio gruñe y lo llama débil, cierra los ojos y llama.

Los tres golpes que da en la madera parecen escucharse en todo el palacio.

El emperador espera. El silencio solo lo rompe la forma acelerada en la que respira, en la que le late el corazón, desacompasado.

Trata de marcar el ritmo entrechocando sus anillos, pero hoy el truco no funciona.

Suena disonante y se pregunta si es porque ha tenido que sustituir la joya en la que estaba su madre por otra o si es su culpa, si está a punto de perder los nervios.

Se siente así, al borde de un precipicio, pero esta vez puede ver el suelo.

Ve la caída, llena de piedras afiladas, y el grupo de buitres que esperan a que solo quede un cadáver al que robarle todo lo que pensaba que había conseguido por fin.

¿Vas a sucumbir a la presión, Portador? ¿Tan pronto?

No, no va a hacerlo. Pero esa voz en su cabeza es un recordatorio de que el tiempo corre y su prisionero se aleja y…

La puerta se abre solo un poco y Elira aparece en el umbral, todavía con la camisa de dormir y el pelo revuelto.

¿Qué hora es? Astrey busca la luz del día y se da cuenta de que hace muy poco que ha salido el sol.

Quizá debería haber esperado para venir.

Quizá por eso ella parece tan sorprendida, tan confusa.

Por eso y porque la orliana no es consciente de todas las veces que ha estado a punto de llamar a esa puerta.

—Necesito un favor.

Escupe la petición antes de pensar en disculparse por despertarla, pero también antes de poder acobardarse o de que las dos voces sobre las que no tiene ningún control lo convenzan de lo contrario.

El sueño se cae del rostro de Elira cuando esta frunce el ceño; la sorpresa se sustituye por la inquietud y la desconfianza.

Aun así, tras unos segundos de silencio, de duda, se aparta para dejarlo pasar.

Él entra, mirando a su alrededor, buscando un ancla que le recuerde sus objetivos, que le asegure que esa conversación va a ir bien.

Lucha contra la pulsión de volver a entrechocar sus anillos cuando se fija en que Shiraz está sobre la cama deshecha, convertida en un ovillo.

El animal le devuelve la mirada sin moverse, no sabe si estudiándolo o desafiándolo.

Astrey tampoco le aparta la vista, ni siquiera cuando la puerta se cierra y escucha a la bruja apoyarse contra la madera.

—¿Puedo pedirte a Shiraz durante unos días? —pregunta el Portador. La voz le sale más serena y firme de lo que se siente—. Necesito que busque a alguien. Es importante.

La criatura mira hacia su compañera y gorjea, como si supiera que están hablando de ella y tuviera una opinión al respecto.

—Eres el emperador de Odelia —replica Elira con evidente disgusto—. Tienes ojos por todo el Imperio, ¿para qué necesitas un elir?

—Los ojos de los humanos son lentos, mientras que Los Elires son rápidos, vuelan más lejos y mejor que cualquier brujo. Si alguien se escapa, es mejor enviar un elir en su busca.

Eso se lo enseñó ella hace años y luego el espíritu lo puso en práctica al usar al ave para encontrar a Nathan.

Cuando se enteró de que el Portador había salido de la muralla, que había celestiales rastreándolo por los bosques, se valió de Shiraz para buscarlo.

El pájaro lo localizó desde el aire y le indicó dónde estaba.

El brujo toma aire y se vuelve hacia ella. La mujer tiene los brazos cruzados y las cejas alzadas en la expresión de quien ha comprendido lo que ocurre al fin.

—Ah, esto es por tus prisioneros.

Astrey debería haberse esperado la satisfacción en su voz, la manera en la que parece a punto de regodearse al saber que el necromante y la celestial han conseguido huir.

Al fin y al cabo, la bruja siempre ha estado en contra de que utilizase a Caleb.

Y supone que eso es lo que va a sellar que se niegue a prestarle ningún tipo de ayuda.

«Es inútil», le adelanta esa voz insidiosa en su cabeza. Y hay una parte de él que está de acuerdo, pero, aun así, tiene que intentarlo. Quizá pueda hacerla entrar en razón. Quizá se apiade tras burlarse de él.

—Elira, por favor.

Pero la princesa de Orlaith ya está negando con la cabeza.

—No.

«No te rebajes más, no va a hacer nada por ti. Tú has intentado beneficiarla, pero ella no va a ayudarte, ¿no lo ves?».

Esto es tan sencillo como volver atrás, Portador. Solo son tres días. No la necesitas para arreglar nada.

«No necesitas a nadie».

—Dame una buena razón.

La expresión de ella se endurece. Sus brazos cruzados se tensan y sus dedos se crispan sobre las mangas de la camisa de dormir con la que lo ha recibido.

—Porque no estoy a favor de que se esclavice a nadie. Y hasta hace poco estaba segura de que tú tampoco, pero supongo que es otra de las cosas que pensaba sobre ti en las que me equivocaba.

—Yo no…

Pero calla, porque sabe que tiene que elegir sus batallas, que cada minuto que pasa en ese cuarto está más lejos de encontrar a Caleb.

Tictac, Portador. Tienes que ponerte en marcha.

—Escucha, Elira —comienza de nuevo—. Tú sabes mejor que nadie que el poder del Amuleto requiere recibir tiempo a cambio. Y el suyo es ilimitado. Caleb es lo más cercano que conozco a que el uso del Amuleto no suponga un precio para nadie…

Elira arruga la nariz.

—Tiene un precio para él.

—¡Apenas! —replica él, frustrado—. ¿Un poco de cansancio? ¿Falta de fuerzas? No es nada en comparación con el bien que puede hacer. No lo va a matar.

—Se te ha olvidado mencionar la completa y absoluta falta de libertad a la que pretendías someterlo.

Las cadenas no tienen por qué matar a nadie, pero vivir encerrado tampoco es vida.

—Los ojos de la bruja arden y Astrey aprieta los puños.

¿Por qué siempre tienen que acabar así? ¿Por qué ya no son capaces de entenderse?

—. Además, ¿para qué necesitas usar el Amuleto ahora?

Que tengas tantas ganas de encontrar de nuevo a ese chico quiere decir que tienes una idea rondándote la cabeza, ¿me equivoco?