Nathan
NATHAN
La torre sigue cerrada a cal y canto, pero Nathan escucha una voz familiar que se cuela por la rendija de la puerta. No llega a diferenciar palabras, no es más que un sonido distorsionado, una leve perturbación de la calma que hay siempre en ese lugar.
Frunce el ceño. Desde el balcón, mira hacia atrás, al fondo de esa estancia inmensa y vacía.
La puerta es enorme y antigua, la llave está echada por dentro; la ve metida en la cerradura, dorada y brillante.
Nadie va a poder entrar mientras esa llave esté ahí.
Es la única manera que tienen de asegurarse de que nadie los descubre, ni a ellos ni su escondite.
Gracias a esa llave, Adam y él están a salvo.
Aun así, se siente incómodo, en tensión. Como si alguien estuviera a punto de echar la madera abajo, aunque sabe que eso es imposible.
—¿Has oído algo?
Adam baja la vista de las estrellas y mira por encima de su hombro. Atiende al silencio que ha regresado antes de volver la mirada hacia él.
—No.
—¿Seguro? Me ha parecido…
—Estamos solos, Nathan. —Adam sonríe, como si su sospecha le resultase enternecedora. Se inclina hacia él y le aparta de la frente ese mechón moreno que siempre le cae por la cara—. Todo está bien.
Nathan se derrite ante ese contacto. La caricia desciende por su mejilla hasta el mentón, nota el roce de un pulgar repasando su labio inferior. El chico contiene la respiración cuando Adam se acerca. Cierra los ojos. Suspira cuando sus bocas se tocan.
Es cierto. Están solos, ahí, apartados del mundo, bajo las estrellas. No necesitan nada más. A nadie más.
Todo está bien.