La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith #2
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Lilith #2

Es una descripción tan concreta que Lilith no puede evitar pensar de inmediato en los troncos retorcidos que vio y rozó. Un escalofrío le nace en la punta de los dedos cuando se da cuenta de que ha tocado un sepulcro, algo nacido de los restos mortales de otra persona.

El demonio entrecierra los ojos. Es evidente que ese no es el resultado que esperaba, pero aun así intenta forzar otra sonrisa que no le sale bien.

—Comprendo. Gracias por la información.

El bebé sigue mirándolo incluso cuando se da la vuelta y, al ver que se aleja, estira las manos hacia delante y balbucea antes de volver a echarse a llorar con renovadas fuerzas. Su madre parece desesperada mientras le chista para que calle.

Lilith tiene que contener una sonrisa antes de agachar la cabeza a modo de despedida y apresurarse a seguir al demonio.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Sabe que es una pregunta un poco vacía. Si no hay restos, no puede llevárselos al emperador, así que no le queda nada por hacer allí. Aun así, una parte de ella quiere que lo diga en voz alta. Quiere obligarlo a confesar que ha fracasado.

—No es de tu incumbencia.

—Eres consciente de que, aunque quedara algo de él, ese hombre tampoco iba a volver, ¿verdad? Ya te lo he dicho: el Amuleto…

—Incluso si lo que dices es cierto, ¿crees que importa?

—la interrumpe él, alzando la voz por encima de la suya—.

Es obvio que no puedes entenderlo, porque no quieres a nadie lo suficiente, pero cuando lo único que deseas es salvar a alguien, tienes que hacer todo lo que esté en tu mano para conseguirlo. Da igual si la solución no es perfecta.

Adriel comienza a bajar las escaleras y Lilith, molesta, tiene que apresurarse para darle alcance.

No espera justicia de esa criatura, pero le frustra que diga que ella no quiere a nadie lo suficiente.

No es cierto. Está ahí, en ese maldito bosque, por la persona que se ha perdido en el interior de ese cuerpo.

Le ha dicho que lo seguiría allá a donde fuese.

Su amor no es menos válido que el de dos amantes.

—No estoy de acuerdo. Nathan no ha hecho todo lo que ha hecho por una simple cáscara vacía. Y eso es todo lo que va a conseguir si sigues adelante.

—¿Vacía? —La burla se cuela en esa voz conocida como tantas veces en el pasado, pero su tono no es el mismo.

Adriel se detiene en medio de la escalera y se gira hacia ella, mirándola desde abajo.

Lilith se obliga a parar también—. Lo que nos has contado no era la historia de un cuerpo vacío.

Dijiste que se comportaba de forma errática, pero que reconoció al emperador, aunque solo fuera durante unos segundos.

Lilith hace un mohín de disgusto.

—Sí, pero…

—¿Pero?

—Nadie querría eso. La persona que el emperador pretendía recuperar estaba perdida entre muchas vidas, no sabía…

—Pero estaba ahí, ¿no?

Lilith frunce los labios, incapaz de negarlo. Sí, estaba ahí, aunque fuera debajo de muchas capas, de muchas existencias. La expresión de Adriel ante su silencio es socarrona, satisfecha.

—Pues eso es suficiente —concluye el demonio.

—¡No lo es! ¡No puede serlo! ¡No es…!

—Ya que conoces tan bien a tu amigo, santa —la interrumpe alzando la voz por encima de sus quejas—, ¿sabes por qué hizo su Trato conmigo? ¿Por qué me eligió a mí de entre todos los demonios del nido? ¿Sabes qué fue lo único que necesitó? ¿Lo único por lo que estaba absolutamente desesperado?

Ella duda, consciente de que es una trampa. Lo sabe por cómo paladea las palabras, por su postura casi arrogante. Está intentando desequilibrarla para tirarla por esas escaleras. Si le deja, la cogerá del brazo y la arrastrará al caos más absoluto.

—Le ofreciste unos ojos nuevos. Destino le había quitado la vista y él quería recuperarla.

Respuesta incorrecta. Se lo dice la sonrisa retorcida, los dientes que asoman detrás de los labios.

—Cualquier demonio podría haberle ofrecido unos ojos. Pero me eligió a mí .

Lilith aprieta los puños. Esa pupila naranja que ha aparecido dentro de sus ojos negros no deja de fijarse en ella.

La estudia, la mide. Espera. El silencio se alarga durante lo que parece una eternidad sin que ninguno de los dos se mueva.

Adriel aguarda a que ella diga algo, a que admita, con una simple pregunta, que se rinde.

Que tiene razón, que no lo conoce. Que estaba equivocada.

La saca de quicio.

Pero Lilith tiene que ceder.

—De acuerdo, ¿por qué a ti?

El demonio se pasa la lengua por los labios, como si estuviera saboreando una victoria muy satisfactoria.

—Porque yo entendí que lo que más deseaba era volver a escuchar su voz. Eso es lo que lo está matando. No es haber traicionado a tu dios. No es saber que se ha quedado solo. Lo único que quiere es volver a hablar con él.

Lilith aprieta los puños con fuerza. No le parece justo. No le parece bien que haya apartado al resto del mundo por… ¿qué? ¿Por una voz? ¿Por una persona? Nathan no está solo, no tendría por qué estarlo. Incluso si quiere darle la espalda a Destino. Incluso si lo ha traicionado todo…

Sabe lo irónico que es que ella piense eso. Cuando ocurrió el desastre en la basílica, se convenció de que no merecía redención. Ella fue la primera que negó su nombre, que lo tachó y lo olvidó. Si Nathan llegó a pensar que no tenía a nadie más en el mundo, también es culpa suya.

Quizá la que no merezca redención sea ella.

—¿Y quiere hablar con él aunque esa voz no pueda decirle lo que quiere escuchar?

—¿Y qué crees que quiere escuchar, santa?

Lo que quieren todos. Incluso ella.

—Que lo perdona por todo lo que hizo o no hizo. Que todo está bien. Que, a pesar de todo, lo sigue queriendo.

La risa llena de agujas no aparece esta vez.

La sonrisa muere poco a poco en los labios de Nathan.

Los dientes quedan ocultos, las ascuas parecen perder su calor.

Por un momento, ese rostro parece casi humano y Lilith se pregunta si sus palabras han llegado hasta su amigo o solo han molestado al demonio.

Porque Adriel, de pronto, ya no parece querer seguir burlándose de ella.

Entorna los ojos, con esas diminutas esferas naranjas fijas en ella y, cuando habla, ya no hay burla.

Las armas que se esconden en su tono son afiladas y venenosas, hechas para destruir:

—Lo escuchará —dice sin asomo de duda—. La única razón por la que tú crees que no lo conseguirá es porque nunca has querido que tu hermano vuelva, y que sea una herejía para los tuyos ni siquiera tiene nada que ver.

Di la verdad: en el fondo, su muerte te vino bien. Solo así la gente comenzó a verte.

No, no es cierto. En los últimos tiempos, ha estado pensando en Adam, en cómo sería volver atrás.

Si ahora supiera lo que iba a pasar, habría hecho las cosas de forma diferente.

Igual que se arrepintió de no haberle dado una despedida apropiada cuando se marchó a su Peregrinación, ahora se arrepiente de no haberse detenido más con él la noche antes de que muriera.

Tendría que haberle correspondido a aquel abrazo que ahora siente enquistado bajo la piel.

Tendría que haberle dicho que lo quería.

Que, pese a los celos, pese a la envidia, en realidad, quería ser como él.

Quería ser intachable, perfecta, ese faro al que otros seguían.

Ahora también le diría más cosas. Que lo siente por no entenderlo. Que no tenía por qué ser siempre perfecto. Que probar lo que es estar en su lugar le ha demostrado lo duro que es.

—Tienes razón. —Las palabras son una bola seca que tiene que escupir para no atragantarse—.

Hizo falta que mi hermano fuera un hereje para que todos empezaran a verme.

Para que mi madre se fijase en mí. Para que otros empezasen a pronunciar mi nombre en vez de ser «la hija de la Suma Celestial» o «la hermana pequeña de Adam».

—Sus pies alcanzan el siguiente escalón.

Y luego otro más. Cuando pasa al lado del demonio, este ni siquiera se mueve—.

A veces incluso pienso que mi dios ni siquiera me dio una misión antes porque todo lo que estaba destinada a ser dependía de que mi hermano muriese antes.

¿Y sabes de qué me di cuenta cuando todo eso pasó?

Seguro que lo sabes, ya que crees conocerme tan bien.

Es la confesión más terrible que ha pronunciado en voz alta, pero se concentra en seguir adelante hasta que pisa la hierba. Cuando se gira, se da cuenta de Adriel baja detrás de ella, pero sigue sin sonreír. Le gusta más así. Parece menos un depredador, incluso si sus intenciones son ilegibles.

Lilith no espera que le pregunte nada. No espera que muestre curiosidad. Al parecer, las criaturas del caos pueden ser incluso más orgullosas que los humanos.

—Me di cuenta de que eso no era lo que quería.

De que me incomoda que me miren. Y supongo que es porque no creo que sea lo suficiente buena, que nunca lo he sido, que nunca voy a serlo.

Porque estoy perdida sin Adam como guía, como inspiración.

Porque los demás ya no nos comparan, pero a lo mejor yo sí sigo haciéndolo.

—Quiere sonreír, quiere restarle importancia, pero no encuentra las fuerzas para hacerlo—.

Haga lo que haga, esté aquí o no, Adam sigue siendo mejor que yo.

Vuelve a ganar y a llevárselo todo. Incluso a ti, Nathan.

Y, aunque Adam nunca vuelva, ella nunca podrá competir contra él.