La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
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Lilith

LILITH

Aunque Lilith odia la idea de seguir al demonio allá donde vaya, no le quedan más alternativas si quiere alcanzar a la persona que se esconde bajo la criatura, así que se asegura de no perderlo de vista.

Teme que vaya a esfumarse si no lo vigila y entonces todo lo que ha hecho, todo el camino recorrido, sería para nada.

Durante la caminata que los aleja de la casa abandonada, ninguno de los dos habla.

Lilith no sabe bien qué puede decir para conseguir su objetivo y él parece fingir que ella ni siquiera está ahí.

Lo ve crear el caos a su alrededor, modificar la tierra a su paso, jugar a crear caminos imposibles que la obligan a encontrar alternativas más mundanas que no la alejen demasiado de su pista.

Ella no puede saltar de rama en rama y esperar que el suelo la atrape al caer, no puede cruzar corrientes de agua anchas sin mojarse los pies.

Y está segura de que él lo sabe y por eso se lo pone cada vez más difícil.

Es apenas una hora de camino, pero la carrera de obstáculos se le hace eterna. De hecho, está tan concentrada en seguirlo que no es consciente de que está entrando en un pueblo hasta que ya es demasiado tarde.

Aparece ante ella casi de repente. Lilith escucha las voces y los ruidos típicos de un asentamiento humano antes de ser consciente de lo que tiene delante y, durante un momento de pánico, lo único que se le pasa por la cabeza es que tiene que dar la vuelta.

Durante todos esos días ha estado evitando los poblados de Arsay, pero ahora eso significa perder de vista a Nathan.

Y no puede permitírselo.

Sus ojos recorren el lugar, todavía sin atreverse a moverse.

Ve a una mujer cargada con leña que se la queda mirando, pero el contacto visual no dura más que un par de latidos.

Un hombre con una cesta llena de bayas pasa por su lado, seguido por una anciana que se apoya en un bastón y lleva de la mano a un niño que tiene los labios manchados del rojo de la fruta.

Todos la miran y todos acaban apartando la vista, engañados por su ropa, por el hecho de que no lleva su medallón a la vista.

Y ella, a pesar de los años que lleva escuchando historias sobre necromantes que matan celestiales, ni siquiera los ve como una amenaza.

Parecen personas normales, con vidas más comunes de lo que ha sido la suya, más tranquilas que la del brujo en el que se fijan mientras hace que un trozo de tierra se alce lo suficiente como para poder saltar a una de las pasarelas que forman las calles de la aldea.

Los hogares de esa gente no están en el suelo, donde puedan ser presa de depredadores: están en las alturas, se mimetizan con la naturaleza.

Lilith tarda un par de segundos más en entender que «mimetizar» no es la palabra que busca: las ramas y los árboles no son los cimientos del pueblo, sino que el pueblo no existiría sin ellos.

Las paredes de las casas están llenas de nudos, de hojas, de brotes que le avisan de que no es simple madera, sino materia viva que va a seguir creciendo, cambiando, amoldándose a los deseos de sus habitantes.

Pero eso no tiene sentido. La celestial está segura de que ha visto ilustraciones en los libros de viaje que había en el Templo y no se parecían en nada a lo que ahora tiene delante.

En aquellas imágenes, se veían pueblos sombríos, ocultos en lo más profundo del bosque, formados por casas pequeñas y sencillas, apenas chozas en las que se apretaban familias enteras.

Eran sitios de pesadilla, donde se llevaban a cabo ritos siniestros para adorar a Muerte.

Ese, en cambio, es un lugar luminoso. El sol entra por los huecos en las copas y la brisa hace que las ramas y las hojas susurren en un idioma secreto.

Parece un sitio al margen del mundo, al margen del tiempo.

Tarda unos instantes más en encontrar de nuevo a Adriel en ese ambiente.

Se ha detenido sobre un puente colgante y habla con un necromante, aunque Lilith no entiende qué puede buscar en un lugar como ese.

Con cuidado, tanteando cada peldaño antes de pisarlo, sube unas escaleras de caracol que se enroscan alrededor de uno de los árboles más anchos y entra en la aldea como tal.

Se fija en sus detalles, estudia a los habitantes, busca enemigos.

Cuando posa los ojos de nuevo sobre el cuerpo de Nathan, el tercer hombre junto al que se ha detenido está negando con la cabeza.

—Vas a tener que preguntarle a alguien que lleve más tiempo viviendo aquí. Prueba con Duna.

El necromante señala con la cabeza la puerta de una casa. Allí, sentada al sol, hay una mujer trenzando mimbre con manos hábiles. A su lado, en el suelo, hay un cesto ya acabado.

Nathan se dirige hacia ella sin dudarlo y Lilith se apresura a seguirlo.

—¿Qué estás haciendo?

Adriel la mira de soslayo. Parece no creerse que haya entrado en la aldea.

—¿Qué estás haciendo tú? ¿De verdad vas a seguirnos todo el tiempo? ¿Hasta dónde? ¿Hasta la tumba de tu hermano?

El estómago de Lilith se contrae al pensar en ir hasta la Fosa de los Infieles. Todavía recuerda cómo es y, por lo que sabe, no ha dejado de crecer en los últimos meses. Más cuerpos, más putrefacción, más cadáveres que no han sido incinerados.

Espera no tener que llegar hasta allí.

—Te seguiré hasta donde haga falta.

El demonio le dedica una de esas sonrisas capaces de morder.

—Voy a empezar a pensar que estás obsesionada conmigo, santa.

Lilith hace un mohín de disgusto, pero la criatura no se detiene a escuchar su réplica.

Solo para unos pasos más adelante, enfrente de la mujer de las cestas, que alza hacia ellos un par de profundos ojos negros y enarca las cejas con curiosidad.

Tiene la piel morena y el cabello rizado recogido bajo una pañoleta verde.

El resto de su ropa muestra distintos tonos del mismo color, decorada aquí y allá con hojas y ramas, como si fuera más un espíritu del bosque que una simple humana.

No está sola. En el cesto que tiene al lado descansa un bebé: es una criatura delicada, de no más de un par de meses. Duerme plácidamente, con los labios entreabiertos y las manos cerradas en puños. Sobre su mejilla, tan morena como la de su madre, destaca una mancha más pálida, casi blanca.

—¿Puedo ayudaros en algo?

—Me han dicho que tú conocías al brujo que vivía a las afueras del pueblo, Nilam Ansen.

La mujer parpadea, tomada por sorpresa, y detiene su labor.

—¿Quién pregunta por él?

—Un amigo de la familia que dejó atrás.

La necromante frunce un poco el ceño, pero al final debe de decidir que no va a buscarse problemas con un brujo relacionado con otro que murió hace tanto tiempo.

Baja la vista de nuevo al mimbre y retoma el trenzado con la confianza de quien está acostumbrada a realizar una tarea.

En el dorso de su mano derecha asoma uno de los tatuajes que la marcan como sierva de Muerte, blanco contra su piel del color de la arena húmeda.

—De pequeña me llevaba bien con su sobrino.

Solía acompañar al hombre hasta aquí y ponerse en la plaza a contar historias o aparecía para jugar entre los árboles, conmigo y con otros críos del pueblo.

El chiquillo que Nilam adoptó después venía menos.

Era más tímido, creo. —Duna devuelve la vista al brujo—.

Supongo que, si estás aquí, significa que sabes lo que pasó.

Adriel asiente, aunque no dice nada al respecto.

—Lo encontraron muerto, decapitado, y en su hogar no había ni rastro de los muchachos.

Durante un tiempo no se habló de otra cosa, pero al final llegamos a la conclusión de que aquel hombre había llegado aquí huyendo de algo y ese algo lo había terminado cazando.

—La necromante se encoge de hombros. Habla de la muerte con la sencillez de quien está acostumbrada a la violencia, sin pesar—. Al menos eso pensaban los adultos.

Lilith querría decirle que se equivoca, que no fue ningún extraño quien acabó con aquel hombre, sino aquel chiquillo con el que ella jugaba de pequeña, pero se muerde la lengua.

—Busco sus restos —puntualiza Adriel—. No estaban en la casa.

La mujer arruga la nariz, desagradada. Sin embargo, un llanto la interrumpe antes de que pueda responder.

El bebé ha despertado y todos apartan la vista hacia él, sobresaltados.

Aunque no ha separado los párpados, ha abierto la boca y chilla como si quisiera hacerse eco por todo el bosque.

Su madre se apresura a dejar de lado su proyecto y se inclina para tomar a la criatura en brazos.

El gesto no parece ser suficiente para calmarlo, aunque ella empieza a mecerlo con paciencia.

Lilith ve a Adriel hacer una mueca de disgusto, pero no sabe si es porque no está consiguiendo la información que quiere o porque no le gustan los niños.

—¿Lo enterrasteis? —presiona por encima de los berridos.

La mujer vuelve la vista hacia él sin dejar de acunar a la criatura.

—Por supuesto que sí —replica, molesta—. Era un brujo, pero también era parte de nuestra comunidad después de tantos años viviendo cerca. El pueblo creyó que lo justo era devolver sus restos a la tierra, igual que su alma había vuelto al ciclo.

—La persona que lo busca tenía la esperanza de que quedara algo de él para recordarlo.

La necromante no parece muy contenta, ni siquiera cuando el bebé deja de llorar, aunque es difícil saber si lo ha hecho porque está en brazos de su madre o porque se ha quedado hipnotizado con las ascuas del rostro de Nathan, de quien no aparta sus grandes ojos castaños.

Adriel no repara en el crío más de un segundo.

—Lo único que queda ahora es lo que la tierra ha hecho crecer de su cuerpo —sentencia la mujer—. Puedes decirle de mi parte a esa persona que podrá recordarlo a la sombra de los árboles cruzados que ahora hay cerca del que un día fue su hogar. Eso es todo.