Lilith
LILITH
Durante el tiempo que pasa sola en Arsay, Lilith tiene muchas oportunidades de imaginarse el reencuentro con el que un día fue su mejor amigo.
Piensa en ello cada noche, mientras observa las llamas de la hoguera que enciende, antes de que el sueño la alcance; piensa en ello cada día, mientras camina siguiendo la sombra de una muchacha que cada vez se parece menos a ella.
En todas esas fantasías, Nathan se gira hacia ella en cuanto pronuncia su nombre y, al verla, sonríe como si durante todo ese tiempo hubiera sabido que lo iba a encontrar.
Vuelve a tener el pelo negro y los ojos castaños y acepta sus disculpas y la abraza como cuando eran niños.
Sin embargo, Lilith es consciente de que las cosas rara vez suceden como ella quiere, así que no se hace ilusiones. No se regodea en esas visiones que no son producto de Destino, sino de su imaginación, y tan solo las usa como una razón más para seguir adelante.
Pasan tres días más hasta que alcanza las pozas que Caleb le describió, un lugar hermoso en el que la luz de la mañana lanza destellos al agua y en el que se detiene solo para asearse después de los largos días de viaje.
Allí no hay nadie más que ella, pero cuando se sumerge le parece escuchar las risas de los niños que un día jugaron en ese lugar, del mismo modo que ella jugaba con Adam, Darien y Nathan en el lago, junto a la basílica.
Eran tan pequeños que ya no recuerda la última vez que fueron los cuatro juntos, pero sí que recuerda la última que fue con Nathan.
Fue el día que su hermano se marchó a su Peregrinación.
A veces, algunos celestiales lanzaban piedras al lago como muestra de buenos deseos para aquellos que se marchaban.
Ese día, Lilith fue hasta allí sin decirle nada a nadie, pero Nathan la encontró.
No le dijo nada. No se burló de ella por preocuparse por Adam más de lo que demostraba ni por fingir ser más dura de lo que en realidad era.
Tan solo se limitó a lanzar cantos junto a ella y convirtió esa despedida en una competición por ver quién conseguía que las piedras saltasen más sobre el agua antes de hundirse, como si rivalizaran también por ver qué deseos le llegaban antes a aquel chico que acababa de dejarlos.
Ganó Nathan. Ahora a Lilith le parece una señal más que no supo interpretar, pero también un recordatorio de que tiene que seguir adelante, antes de que su antiguo amigo se hunda por completo por el peso de esos anhelos que guarda en su interior.
Desde que divisa las pozas, tarda menos de una hora en llegar a su destino: una casa olvidada por todos excepto por la naturaleza, aunque se encuentra en mejor estado que la que un día visitó con Altair.
Las paredes y el tejado están casi intactos, aunque la puerta, carcomida, apenas se sostiene en los goznes.
Unas aves han construido un gran nido encima de la chimenea y, como en el resto de Arsay, la vegetación amenaza con asediarlo todo.
Sin embargo, lo que más llama la atención es el par de árboles que se separan de la foresta, como si hubieran conseguido levantar las raíces de la tierra y hubieran intentado acercarse al edificio.
Parecen fuera de lugar y, al mismo tiempo, tienen el mejor sitio para que el sol pueda acariciar sus hojas.
Lilith pasa junto a ellos, rozando los troncos robustos con los dedos, y se dirige hacia la casa, aunque teme lo que pueda encontrarse. No quiere ver otra estatua como la del antiguo Portador, aquella obra extraña hecha de hueso y piedra, pero necesita saber si Nathan ya ha pasado por allí.
No espera encontrar un brujo agazapado en el interior de la estancia principal.
Está agachado en el suelo, observando algo en la madera podrida, una mancha oscura que incluso ella puede ver desde la entrada.
La chica contiene la respiración. Él no se ha dado cuenta de su presencia, no se gira para mirarla, y ella no sabe cómo decirle que ha venido a por él.
De pronto, solo puede quedarse muy quieta, sin voz.
Los cabellos blancos son inconfundibles, pero a ella le resultan extraños, igual que no reconoce la forma familiar de su cuerpo, por mucho que lo haya visto crecer.
Distingue los cuernos asomando entre el pelo; su sombra dibuja un extraño contorno bestial en la pared.
Lilith da un paso más hacia delante. Una última fantasía de la reunión que le habría gustado tener se le escapa entre los dedos.
—Nathan.
Creía que estaba preparada para el golpe, pero aun así le decepciona que nada sea como ella desearía cuando el nombre cae de sus labios sin que nadie lo recoja.
De hecho, esa simple palabra parece convertirse en un exorcismo.
Los hombros del chico se tensan, su figura se encoge para protegerse igual que lo haría una criatura salvaje.
Después, se vuelve hacia ella. En cuanto lo hace, Lilith lleva la mano hacia la espada que le cuelga de la cintura sin pensarlo, en un gesto tan aprendido como inconsciente.
Es el acto reflejo de una soldado, de una guerrera que sabe que está en un lugar en el que no es bien recibida.
Nathan apenas se parece ya al amigo que lleva días imaginando.
Parches de ceniza cruzan su rostro y destellan como brasas; los dientes se le han convertido en fauces afiladas que ahora le muestra como un animal, soltando un gruñido que no tiene nada de humano.
Los ojos negros tienen una pequeña pupila naranja que refulge cuando la reconoce.
—Tú.
Su voz tampoco parece ya la de Nathan. Es más grave, ronca.
Por un momento, la santa piensa que el demonio ha ganado la batalla, que le ha robado incluso eso.
Tarda un par de segundos en darse cuenta de que no es así.
Aunque está cargada de desprecio, es la clase de voz que le sale a alguien que lleva días sin hablar.
Lilith traga saliva. Una parte de ella, la santa, la que ha aprendido a odiar y a temer a las criaturas como la que tiene delante, quiere atacar de inmediato y pronunciar palabras sagradas que expulsen al demonio que ha ocupado el cuerpo de su amigo. Sin embargo, toma aire y murmura:
—No vengo a hacerte daño. Solo quiero hablar.
Adriel parpadea y después deja que una sonrisa retorcida, inhumana, se extienda por sus labios.
Ese gesto sí que le resulta conocido. A ese gesto se ha acostumbrado más de lo que querría.
Y puede que tenga la voz tomada de no hablar, pero sus movimientos son fluidos cuando se pone en pie.
Parece un gato estirándose, un depredador preparándose para saltar.
Lilith tiene que hacer un gran esfuerzo para no retroceder.
—¿Hablar? —La risa del demonio se mezcla con el suave chisporroteo de las ascuas que le manchan el rostro—. ¿Y a qué debemos el placer? Por lo que sé, normalmente desenvainas y atacas primero.
La chica aparta la mano de su arma, como si quisiera demostrarle que es inofensiva, porque sabe que tiene razón.
Y, aunque quiere convencerse de que Nathan no lo ha hecho mucho mejor, es consciente de que no fue él quien atacó primero en las montañas.
No, ella lo empezó todo. Ella dio comienzo a esa guerra en la que están sumidos.
Ella se convenció de que debía luchar contra él, derrotarlo, desterrarlo de cada recuerdo y cada conversación.
Se atrevió a tachar su nombre, incluso cuando fue el segundo que aprendió a escribir, justo después del suyo propio.
Pero ahora está ahí para intentar compensar todo eso.
—Quiero hablar con Nathan.
—Ya te lo he dicho, santa: él no quiere hablar contigo. Así que si has hecho todo el camino hasta aquí solo para…
—El Amuleto del Tiempo no funciona como tú crees.
El silencio que sigue a esa verdad está cargado de tensión.
Adriel la mira con el ceño fruncido, tan sorprendido que no discute.
Tan desubicado que Lilith puede colarse entre las grietas que, de pronto, ve en la fachada del depredador.
Da un paso hacia delante, dos, con las manos alzadas para que vea que no va a atacar.
—Lo he visto. He visto al Portador revivir a una persona que llevaba tiempo muerta.
Era una mujer que ya se había reencarnado, que ya había pasado a su siguiente vida.
Y la persona que volvió no era ella. Se comportaba de forma errática.
Apenas reconoció al emperador más que unos segundos.
—El estómago se le revuelve ante el recuerdo de su desesperación, de su confusión—.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo? —Dos pasos más.
Ya está lo bastante cerca como para notar el calor del demonio—. ¡Nathan! Si me estás escuchando…
—No te escucha. —Adriel pasa de la sorpresa al hartazgo—. Y no, no entendemos lo que quieres decir.
Lilith aprieta los dientes.
—Que Adam no va a volver. Al menos no como él quiere.
La criatura bufa con desprecio. Lilith vuelve a llevar su mano hacia la espada cuando él da un par de pasos hacia delante, pero pasa por su lado como si su presencia ni siquiera fuera algo reseñable.
—¿Qué sabrás tú de lo que quiere? No lo conoces, ya ha quedado claro.
No la toca en ningún momento y, sin embargo, ella siente ese golpe de manera física.
—Sé que quiere recuperarlo. Y así no va a conseguirlo.
El demonio no se detiene, dispuesto a dejarla atrás.
—Eso lo juzgaremos nosotros.
—¡Nathan! —Lilith se apresura a seguirlo—. ¡Por favor, escúchame! ¡No quieres hacer esto, lo sé! ¡Adam no…!
Sus palabras quedan interrumpidas por una risa que es más bien un bufido antes de que Adriel se detenga por fin y gire la cabeza hacia ella.
Así, de lado, a contraluz, el perfil de Nathan no es más que una sombra en la que no se distingue nada más allá de esas brasas que arden de forma perpetua.
Parece salido de una pesadilla, un ser que no ha terminado de tomar forma.
—Eres patética.
Lilith se queda muy quieta mientras Adriel se vuelve por completo hacia ella. Nathan siempre ha sido más bajo y delgado que ella, pero ahora parece imponente. Quizá porque ahora hay algo mucho más grande debajo de esa carne humana, una criatura de un plano más allá del suyo.
—¿Sabes lo que creo, santa? Que no has venido para salvar a tu hermano ni ayudar a Nathan, sino para ayudarte a ti misma.
Para hacer que por fin te elija a ti. —Su sonrisa crece, muerde—.
Llevas los celos escritos por toda la cara, los huelo.
Serías una bruja magnífica si entraras en un nido y dejaras que uno de los míos se alimentara de todas las cosas horribles que anidan en ese feo corazón tuyo.
A estas alturas, todo el mundo sabe lo mucho que te molesta que Adam Rheiz fuera mejor que tú, que todo lo que has hecho ha sido un intento de superarlo a él y a su recuerdo.
Pero he conocido a suficientes humanos como para saber que no es solo eso.
—Alza la mano, pero no hay nada familiar en el gesto con el que le pone los dedos bajo el mentón.
En cómo le acerca el rostro con una suavidad que no casa con esas palabras cortantes o con la manera en la que las uñas le pinchan la piel.
Lilith siente que se le acelera el pulso—.
¿No será que en el fondo querías que Nathan te tocase como lo tocó a él… ?
La bofetada resuena entre las paredes abandonadas.
No siente que sea ella quien ha movido la mano, pero de pronto la tiene en alto, la palma le arde y el demonio ha girado la cara con la fuerza del golpe.
La sonrisa de Adriel se ha caído al fin, pero Lilith da un paso atrás buscando distancia y se frota la barbilla como si temiera que el toque del brujo fuese venenoso.
Se siente sucia, pero sobre todo se siente ridícula.
No sabe si las lágrimas que le pican en los ojos son del dolor que le palpita en los dedos o de simple frustración, pero no importa, porque no va a dejarlas caer.
Esa criatura quiere colarse en su mente, quiere desestabilizarla, pero no va a conseguirlo.
La idea de Nathan tocándola como algo más que una amiga le da asco y despierta en ella un rechazo inmediato, abrasivo.
No, no se trata de esa clase de celos. Sí, quería que la mirara.
Sí, quería su atención. Quería a Nathan para ella, quería algo que no tuviera que compartir con Adam.
Quería que la eligiera por encima de cualquier otra cosa.
Sí, todavía lo quiere y, si eso la convierte en una persona horrible, quizá lo sea.
Pero no lo ha buscado solo por eso.
—No me conoces. —Le gustaría que la voz no le temblase tanto, mantener más estable la mano que ahora guarda en un puño—. Puede que creas que sabes mucho de nosotros, pero la realidad es que no sabes nada. No de mí. Y tampoco de Adam.
El demonio se pasa la lengua por los labios y recupera la sonrisa. Recomponerse es así de sencillo para él, pese a que todavía tiene la marca de la mano en la mejilla.
—¿Y tú sí? ¿De verdad conociste a tu hermano o tan solo te quedaste con la versión de él que más te interesaba? Yo diría que te has pasado toda la vida entre gente que ni siquiera te molestaste en conocer. La única persona que siempre te ha importado eres tú misma.
Esas palabras le devuelven la bofetada, quizá porque empujan a la superficie pensamientos que ella misma ya ha tenido.
Si siente que Darien, con quien pasaba tanto tiempo, es un desconocido, ¿por qué no va a serlo su hermano, a quien ella misma alejó con los años?
A él, que estaba segura de que era incapaz de hacer algo mal, lo vio romper con todo por Nathan.
Él, que esperaba que se quedara siempre siguiendo a su madre, bailando a su son como el niño amado que era, era la última persona a la que esperaba ver dándole la espalda al Sacro Reino, a Destino y a la Hermandad.
Sí, quizá no lo conoció de verdad. Quizá aprendió a dar por hechas a las personas que la rodeaban. A lo mejor se quedó con la versión que conoció cuando era niña y nunca se atrevió a mirarlos más porque tenía miedo de verlos cambiar.
Delante de ella, Adriel se mueve hacia la salida, decidido a dejar la conversación ahí. Pero no va a permitirlo.
—Quizá no conocí a mi hermano tanto como debería —replica—. Pero conozco a Nathan mejor de lo que tú crees. Mejor incluso de lo que él mismo cree. Llevo toda la vida a su lado. Lo he visto cada día durante casi veinte años. Y lo voy a recuperar. Voy a hacer que me escuche, demonio, esté donde esté.
Otra risa. La criatura sacude la cabeza y el pelo blanco se alborota a su alrededor como el halo de un celeste. Así, de espaldas, si no fuera por el cabello, podría fingir que es su amigo. Que sigue como siempre, solo que lleva una ropa diferente.
—Puedes intentarlo, santa. Pero, aunque Nathan está en alguna parte de este cuerpo, la persona que tú estás buscando ya no existe.
Lilith aprieta los labios y lo sigue con paso fuerte. La mano aún le arde, pero se traga el dolor, igual que se ha tragado las lágrimas.
Está deseando demostrarle que se equivoca.