Darien #2
A mi lado, Tara sonríe y le da vueltas al anillo que hace unas horas le he puesto en el dedo. Está tan poco acostumbrada a los adornos que creo que todavía le resulta extraño notar el peso y la presión de la joya.
—He escuchado que es tradición entre los mortales ofrecerles regalos a los recién casados.
Mi esposa la mira con sorpresa cuando le extiende el fardo, pero no duda en tomarlo, mordiéndose el labio en un fútil intento de esconder su emoción.
Si el anillo sigue molestándole, ya no se acuerda, porque los dioses no ofrecen obsequios todos los días y Sikil no se relaciona con los humanos más que para acompañarlos de una vida a la siguiente.
—Muchas gracias, aunque no era necesario. Tu presencia es más que suficiente.
Mi hermana la mira con curiosidad y me pregunto si encuentra vacías las palabras de los mortales.
Muchas de sus formalidades son innecesarias, aprendidas al vivir en comunidad, pero carecen de sentido para quienes nos hemos pasado toda nuestra inmortalidad caminando en solitario.
Sin embargo, si mi hermana también lo piensa, no lo dice.
Solo observa el rostro lleno de pecas, esperando a que termine de desenvolver el regalo.
Yo, en cambio, me fijo en sus manos, curioso, incapaz de imaginarme qué le regalaría Muerte a una pareja.
La vaina es lo primero que queda al descubierto.
Está decorada con flores y tallos que se abren y se enredan formando un patrón en el que las hojas se mezclan con los pétalos.
Tara pasa los dedos por el relieve, reconociéndolo tanto con la vista como con el tacto.
Después, envuelve la mano alrededor de la empuñadura.
El acero del cuchillo, limpio, sin un solo defecto, parece cantar cuando lo desenvaina.
—Es preciosa. —A Tara le brillan los ojos mientras sopesa la daga, aunque la sonrisa que dibuja es incluso más resplandeciente que el metal—. Gracias, Sikil.
—No creo que sea tradición regalar armas a los recién casados —me burlo.
Tara me da un codazo. Es tan rápida que ni siquiera puedo prepararme, ni para eso ni para la mirada de reprobación que me lanza y ante la que tengo que contener una sonrisa. Al parecer, la cortesía es mejor que la sinceridad.
—No, pero creo que es un regalo acorde a mí.
—Cuando resoplo me parece ver que una sonrisa asoma tras las mandíbulas de la máscara de Sikil.
La diosa da un paso atrás y, cuando lo hace, sus pies descalzos asoman bajo la falda.
Allí donde estaba hace un segundo empiezan a brotar nomeolvides que le enseñan sus pétalos azules al cielo—.
Quizá habrías preferido que le ofreciera la inmortalidad a tu esposa, Chronos, pero ni siquiera yo puedo hacer eso.
Tara hace un mohín y aprieta el puñal envainado contra su pecho.
—Yo jamás pediría…
—Sé que tú no lo deseas así, pero creo que él todavía alberga alguna esperanza.
Y no puedo hacerlo —repite mi hermana antes de volver sus ojos de oro hacia mí—.
Sin embargo, sí puedo ofrecerte la mortalidad a ti, Chronos.
Puedo ofrecerte morir, si todo te resulta demasiado, si la pérdida duele y no encuentras consuelo.
Y puedo ofrecerle a ella una forma de protegerse incluso de ti.
La sonrisa se me cae de la boca. Esperaba que nos felicitara por nuestra unión y, en cambio, me encuentro con un augurio y un recordatorio que no quiero escuchar.
Todavía nos quedan muchos años juntos antes de que algo le ocurra a mi esposa, pero esas palabras parecen querer matarla antes de tiempo.
Aprieto los labios, molesto.
—¿Crees que yo no voy a protegerla?
—Lo que creo, hermano, es que quizá llegado el momento quieras protegerla demasiado.
Un pinchazo de rabia se me clava en el pecho, pero me distraen los dedos que toman los míos. La mano de Tara no es suave, sino que está endurecida por el trabajo en el campo, pero sus caricias siempre consiguen ser delicadas. Yo me aferro a ella en un intento de contrarrestar cada palabra de Sikil.
—Suena a maldición —le recrimino a mi hermana.
—No lo es. Este puñal es mi forma de equilibrar esta relación. De darle poder a quien no lo tiene y elección allá donde ya todo parecía decidido. Y viene acompañado de mi bendición.
Tara no se mueve cuando Sikil se acerca. Bajo mi atenta mirada, la diosa se pone de puntillas y alcanza el rostro de mi esposa con las manos. Ella no se resiste. Baja la cabeza, sobre la que de pronto florecen gladiolos de todos los colores, y deja que mi hermana le bese la frente.
Un beso de la muerte puede ser tanto una advertencia como una gracia, y ni siquiera yo estoy seguro de cuál es ahora.
—Gracias por hacer feliz a mi hermano.
La luz desaparece poco a poco, abrazada por la oscuridad que todavía reina en las ruinas de la casa.
El silencio vuelve a ser ensordecedor, igual que lo son los pensamientos que van regresando a su cabeza.
Aunque no debería, aunque sabe que todo lo ha visto desde la perspectiva de Chronos, el beso de Muerte le arde en la frente.
Es extraño. Todo es demasiado abrumador y las piernas le fallarían si no tuviera a alguien en quien apoyarse.
Aunque todavía no es capaz de enfocar a Caleb, aprieta su mano para volver a sentirse a su lado, igual que estrecha el agarre que tiene alrededor del puñal.
Con dificultad, mareado, observa el filo que aún brilla como el primer día.
Un regalo de bodas. Esa daga fue un regalo de bodas y puede matar a un dios.
Al menos, eso es lo que ha entendido. Ese filo no es muy distinto a Eunomia o Dysnomia, pero fue forjado mucho antes de que ninguna de ellas existiese.
La diferencia es que Muerte creó esa arma no como una condena ni un castigo, sino como una oportunidad.
Les dio una manera de reencarnarse juntos, pero Chronos decidió que quería a Tara y a nadie más, ni siquiera a todas las vidas que pudieran venir después.
Darien siente un nuevo peso en el estómago, una incomodidad de la que sabe que no va a poder desprenderse así como así.
Cuando mira hacia Caleb, la sensación se acrecienta.
El necromante mantiene la cabeza baja. Se aferra con tanta fuerza a él que al celestial comienzan a dolerle los dedos, pero ni siquiera se plantea alejarse.
—¿Caleb?
El chico toma aire con una bocanada brusca en cuanto escucha su nombre y, cuando levanta la vista, es solo para mirarlo con una tristeza que le contorsiona el rostro.
Lo siguiente que Darien sabe es que está entre sus brazos.
Que Caleb se está aferrando a él con todas sus fuerzas y tiene la cara escondida contra sus cabellos.
—Me… —comienza a decir, antes de poder desprenderse de los restos de la visión, de los recuerdos de esa persona que fue pero que ya no va a volver—. Se equivocó. Chronos. Se equivocó al querer alargar la vida de Tara en lugar de renunciar a su propia inmortalidad.
El celestial aprieta los labios y alza una mano para enredarla en su camisa.
Siempre había pensado que Chronos no tenía más opciones, así que podía llegar a entender que hubiera roto las reglas para que ella lo acompañase.
Para no tener que recordarla durante el resto de la eternidad o para no tener que volver a enamorar, una y otra vez, a las existencias en las que ella se fuera convirtiendo.
Para no tener que sufrir al ser consciente de que ninguna de esas personas iba a volver a ser Tara, porque ella ya no estaba.
Ella había sido única, inimitable. Por muchas veces que se reencarnara, nunca volvería a ser igual.
Pero lo que saben ahora cambia las cosas.
El silencio los envuelve. Darien no encuentra palabras para responder, así que calla y abraza al necromante, porque quizá así pueda recordarle que no son esa pareja de sus recuerdos, sino Darien y Caleb.
Son su presente, el único tiempo que importa.
No van a cometer los mismos errores que otras personas cometieron hace mil años.
Tampoco pueden enmendarlos, porque ese cuchillo no podría matar a Caleb.
Él no es un dios. Él solo es inmortal. A él lo ha herido antes con ese puñal y se ha curado.
Incluso si rompe el medallón de Darien antes de que muera, quizá no pueda seguirlo hasta la próxima vida.
Su condena es más cruel que la del dios que fue un día.
—¿Darien?
El chico se tensa entre sus brazos, consciente del rumbo que han tomado sus pensamientos. Consciente de lo horrible que es la inmortalidad, de lo triste que es saber de antemano que siempre vas a perder, que estás condenado a quedarte en un mundo que los demás abandonarán una y otra vez.
—¿Sí?
—Necesito volver a ser mortal.
Es un susurro, un ruego, una plegaria.
—Encontraremos la forma. Sea cual sea la clave, la descubriré. Te lo prometo.
Caleb no ha dejado de esforzarse en cumplir sus deseos, a veces incluso antes de que él mismo fuera consciente de ellos.
Ahora le toca a Darien intentar cumplir los suyos.