La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
40%

Darien

DARIEN

Regresar a la casa de Tara y Chronos es diferente ahora que Caleb le sostiene la mano.

Las visiones no lo asaltan, como si ya no pudieran atraparlo, y los fantasmas de otra vida no lo aterran de la misma manera.

Durante el camino, se gira en varios momentos, convencido de que alguien los observa y de que hay gente caminando entre las sombras de las paredes derruidas, pero no es capaz de ver ni una sola silueta.

En algunas de esas ocasiones, su acompañante también vuelve la vista atrás, le aprieta la mano y murmura:

—¿Todo bien?

Y Darien solo asiente y sigue adelante. Recorre el laberinto de casas como si pudiera encontrar la salida y se interna en el bosque con la sensación de que tropezará si piensa demasiado en dónde está pisando.

Sobre ellos, las estrellas y la luna les ofrecen luz más que suficiente para perfilar el mundo que los rodea y darle algo de sentido a ese paseo nocturno.

Cuando al fin llegan a lo que queda de la casa, tiene la sensación de que el paisaje se convierte en un lugar salido de un sueño, familiar y extraño a la vez.

Las ruinas están tal y como las recordaba, con sus piedras en precario equilibrio formando el esqueleto de unos muros y las zarzas abrazándolas para que no cedan.

Incluso en la penumbra distingue que el camino que abrió entre las espinas sigue intacto; las rosas se han cerrado con la llegada de la noche y las flores parecen ser lo único vivo que queda allí.

La quietud solo logran romperla el mar lejano y el sonido amortiguado de sus propios pasos entre la hierba alta.

Caleb se detiene y Darien lo hace con él.

Es curioso, pero, ahora que está acompañado, la casa le parece inofensiva, al contrario que el día anterior.

Dio por hecho que ir hasta allí juntos despertaría esos recuerdos que solo son suyos a medias, que vería a la pareja de sus visiones en todos lados, pero esa casa está tan muerta como Tara y Chronos, más vacía incluso que la ciudad fantasma.

Colarse en el interior de lo que queda del edificio hoy también es más sencillo y dentro lo único que le demuestra que su encuentro sucedió es que el árbol sigue allí, inclinado, con un aspecto centenario pese a que apenas ha vivido más de un día.

Casi espera ver a Muerte entre las ramas, quizá en forma de pájaro o columpiándose de una soga como el recuerdo de algún cadáver del pasado.

Por suerte están solos, apartados del mundo y de los dioses.

—¿Sientes algo?

Al celestial su voz le suena demasiado fuerte, pero a Caleb no parece molestarle.

Niega con la cabeza y estudia la casa hasta que él también detiene la mirada sobre el gran árbol.

A Darien le gustaría saber qué se le pasa por la cabeza y describirle lo que vio el día anterior con todo detalle; mostrarle, aunque sea con palabras, cómo era ese lugar cuando alguien vivía allí todavía.

Quiere decirle que estaba lleno de vida, que esa cáscara rota y vacía no le hace justicia.

Al mismo tiempo, siente miedo. Quizá si convoca al pasado, vuelva a aparecer.

Quizá, si sigue llamándolo, llegará un punto en el que se pierda para siempre en él.

¿Es eso lo que quiere? A lo mejor lleva tanto tiempo fijándose en quienes ya no existen porque siente el deseo de volver atrás. A lo mejor ya no recuerda bien cómo vivir en el presente. O puede que simplemente el futuro le dé demasiado miedo…

—¿Qué piensas?

Caleb ha dejado de fijarse en las ruinas y se ha girado hacia él. Al principio su única respuesta es encogerse de hombros, pero lo cierto es que necesita arrancarse de dentro todas las preguntas que lo consumen, todos esos pensamientos que seguirán ganando poder sobre él si se lo permite.

—Solo… pensaba en este lugar. En que aquí vivió un dios, pero nadie que venga y vea estas piedras lo sabrá nunca.

No sabe si sus palabras dejan entrever lo triste que eso le hace sentir.

Es una prueba de lo insignificantes que son, de lo poco que importan en realidad.

Muy pocas personas dejan huellas lo suficientemente hondas e incluso quienes lo hacen suelen estar condenados al olvido.

Él ha sido Tara, Hela, Lev, Nevan, Ezra y tantas otras personas, pero solo unos pocos de esos nombres que tiene en la cabeza han pasado a la historia y menos aún sobrevivirán mil años más.

—No creo que a Chronos le importase el olvido —responde Caleb, con los ojos entrecerrados fijos en el árbol—. No creo que ni siquiera le importase ser un dios. Al menos, hasta que ella murió.

—Pero él tenía que saber que lo haría. Tara era mortal. Tenía que haber estado preparado para perderla desde que la conoció.

—Y tal vez pensó que estaba preparado. —La mirada del necromante cae de nuevo sobre él, tan intensa como siempre, incluso en la penumbra—.

Si no lo hubiera pensado, habría usado su poder antes, ¿no crees?

Quizá pensó que podía contentarse con algunos años, con cuidar de la familia que creasen juntos, pero, a la hora de la verdad, el dolor pudo más.

Supone que eso tiene sentido. Le parece una respuesta muy humana, impropia de un dios, pero quizá Chronos se volvió un poco más humano después de tanto tiempo entre ellos.

—No soy capaz de culparlo —confiesa—. La parte de mí que creció escuchando las enseñanzas de la Hermandad me dice que todo es culpa suya, pero la realidad es que él no le dio su poder a nadie.

Llevo toda la vida pensando que Tara y Chronos lo empezaron todo, pero fue idea de Destino castigarlo por usar su poder.

Fue Destino quien aceptó que su reliquia se dejara entre los humanos y la lucha que llegó después.

Fue Destino también quien decidió atormentar a dos almas que ya no recuerdan qué pecado cometieron.

—Darien aprieta un poco más esa mano que lo ancla al presente, a la realidad, todavía con miedo—.

Y tiene cómplices que han dejado que sigan castigándolas, una y otra vez.

Caleb frunce los labios.

—Te refieres a Muerte.

—No la entiendo —masculla él, frustrado—. No sé qué quiere de mí, de nosotros. No deja de interferir, pero nunca es clara. Si no es cruel, si está de nuestro lado, ¿por qué viene solo para confundirme más? Y eso por no hablar del puñal.

Con la mano libre, busca el objeto entre su ropa.

No ha dejado de llevarlo encima, aunque cada vez siente más rechazo por ese filo que, por muy liviano que pueda parecer, le pesa tanto como todas sus preguntas.

Incluso se ha planteado dejarlo ahí, en esa casa, enterrarlo entre las raíces del árbol y hacerle llegar así un mensaje claro a Sikil: «Déjanos en paz».

Pero lo cierto es que no se siente capaz de soltarlo. El acero destella con un rayo de luna y Darien alcanza a ver la sombra de su reflejo.

—Cada día estoy más convencido de que te lo dio para que me llegara a mí. Tara lo tuvo primero y siento que el hecho de que ahora lo tenga yo, siendo su reencarnación, tiene que significar algo, pero no sé qué.

Caleb observa el acero con tanta atención como él. Parece estar pensando en el arma, quizá incluso en el día en que su diosa se la tendió. Sin embargo, lo que piensa sobre Sikil y la daga se lo calla y lo único que dice es:

—Todavía no conozco una respuesta que no hayas sido capaz de conseguir.

Darien entiende de inmediato su insinuación. Sí, su don ha ofrecido solución a todas sus dudas y esa debería ser razón suficiente para no titubear, pero lo hace. Porque cada vez que usa su poder siente que pierde un poco el control y porque utilizar su don implica volver a recurrir a Destino.

O quizá sea solo que, en el fondo, le asusta lo que pueda llegar a ver. Tiene la impresión de que cada vez está más cerca de descubrir toda la verdad y no sabe si está preparado. Cada secreto que descubre le recuerda que pronto será demasiado tarde para volver atrás.

Aunque él no quiere volver atrás. No quiere volver a ser ese chico que no se acercaba a los demás, el que no expresaba sus sueños en voz alta y estaba demasiado preocupado de llamar la atención, el que siempre anteponía a los demás a sí mismo.

No le gusta ese chico, quizá nunca le ha gustado, pero sí le gusta este otro, el que está en Arsay en medio de la noche, siguiendo la pista de un pasado que sucedió antes de que él mismo existiera.

Le gusta que quiera desafiar a los dioses, que ya no confíe en las lecciones que le han metido a la fuerza en la cabeza.

Ese muchacho, el que entrelaza los dedos con el que debería ser su enemigo, sigue perdido, pero ya no tanto como antes.

Al menos tiene algo que sabe que quiere, algo por lo que luchar.

Y, solo por eso, quizá, se siente más osado. Más libre. Más él que nunca.

Darien aprieta la empuñadura de la daga y, después, cierra los ojos. Se concentra, sin soltar a Caleb. Y, aunque no sabe de dónde viene la visión, si sale del acero o de la piel con la que está en contacto, se abre paso entre sus pensamientos, empujando, y…

—Sikil, no te esperábamos.

Hoy los ojos de mi hermana son dorados como el oro, dos medallones que destacan contra el blanco del hueso de la máscara que lleva.

No sé de qué animal ha sacado el cráneo que le cubre el rostro, pero tiene aspecto fiero, con grandes dientes que le tapan la boca y grietas que se pierden entre las flores rojas con las que se ha hecho una corona.

Rojo es también su vestido, decorado con pétalos en los que todavía se posan gotas de rocío.

A la luz del sol poniente, toda ella brilla: su atuendo y sus ojos y las flores abiertas que parecen estar bebiendo de la luz.

Su piel tostada también destella, pero ese fulgor es la única pista de que es una diosa y no solo una mujer normal, baja y delgada, con unos dedos finos entre los que sostiene un bulto cubierto de tela.