Caleb
CALEB
Caleb abre los ojos sin saber muy bien cuándo los ha cerrado.
Despierta sobresaltado, con la sensación de que sigue en las mazmorras de Damira y una pesadilla en la que Astrey no deja de arrancarle tiempo sobrevolando los límites de su mente.
Tiene el pulso y la respiración acelerados, pero se calma en cuanto baja la vista y descubre a Darien abrazado contra su cuerpo, dormido.
Alguien los ha tapado con una manta y, cuando levanta la vista, descubre que Derek e Ishtar están tumbados un poco más allá, junto a un fuego encendido que batalla contra la noche cerrada que los rodea.
Tenía que estar agotado para quedarse dormido y ni siquiera enterarse de cuándo han vuelto sus amigos.
Lo último que recuerda es besar a Darien, abrazarlo, sentarse con él, los dos muy juntos, hablar, compartir algún beso más y después…
Después, se relajó lo suficiente como para cerrar los ojos.
Supone que en gran parte la culpa ha debido de ser no solo del cansancio, sino del alivio.
Por unos momentos, pensó que lo perdía. Que Destino había conseguido asustarlo lo suficiente como para renunciar de antemano al futuro que pudieran tener por delante.
Al final, sin embargo, se ha rendido igual que él.
Ninguno de los dos tiene modo de saber qué les espera ahora, pero, mientras Caleb observa ese rostro dormido, se convence aún más que nunca de que va a hacer lo que haga falta para mantenerlo a su lado todo el tiempo que pueda.
No tiene ni la menor idea de cómo romper la maldición que hay sobre ellos, ni siquiera está convencido de que pueda hacerse, pero no dejará de intentarlo.
Durante esos días de viaje, también ha pensado mucho en ello.
En las posibles soluciones, si es que hay alguna.
Una parte de él quiere obligar a Destino a presentarse ante él y enfrentarlo para ver qué inmortal cae primero, pero Destino no es como Muerte.
Él no camina por ese mundo, no se relaciona con los mortales.
La otra opción, por supuesto, era llamar a Sikil.
Esperaba poder exigir su ayuda, aunque no tenía claro cómo y, después de lo que le ha contado Darien, ni siquiera está seguro de que acceda a ayudarlo.
Al celestial le ha contado cosas de la muerte de sus padres, mientras que a él nunca le dijo nada.
Nunca le habló de su madre ni le dio la más mínima pista de que tenía un hermano vivo.
Y, al mismo tiempo, quizá haya sido mejor así.
Prefiere ser necromante a celestial. Prefiere la familia que ha encontrado a la que tiene su misma sangre.
Aun así, le gustaría ver a su diosa. Hay muchas cosas que quiere saber, no solo sobre sí mismo.
Se pregunta si aparecerá si reclama su presencia, si estará cerca, observándolos.
Lanza un vistazo a su alrededor, al bosque y sus sonidos.
El crepitar del fuego. El viento suave de la noche moviendo las ramas de los árboles.
Nota la energía de las criaturas nocturnas, desde insectos hasta los animales que duermen en madrigueras.
Por lo demás, están solos. No hay ni rastro de la Original, aunque se presentó ante Darien la tarde anterior en el antiguo hogar de Tara y Chronos.
El lugar donde empezó todo.
Si va hasta allí… ¿Se mostrará ante él también?
—¿Caleb?
Da un respingo y baja la vista para descubrir que Darien ha entreabierto los ojos y lo observa, todavía somnoliento, todavía cerca.
—Celestial.
—¿Estás bien…?
—Claro. —Su preocupación le resulta lo suficientemente dulce como para estar a punto de dejar escapar una sonrisa—. Sigue durmiendo. Es tarde.
Caleb aprieta los brazos que tiene alrededor de su cintura y Darien suspira y vuelve a cerrar los ojos. La mano que tiene apoyada contra su pecho se cierra sobre su camisa.
—¿En qué estabas pensando? —murmura más dormido que despierto.
No quiere mentir, pero tampoco traer de vuelta todos los miedos que ha conseguido espantar, así que solo le coloca un mechón de pelo tras la oreja y dice:
—En más cosas de las que me gustaría. Es lo malo de no necesitar dormir: resulta difícil dejar de pensar.
—¿Y hay algo que yo pueda hacer para ayudarte a dejar de pensar…?
Caleb lo observa mientras le perfila el rostro con el dorso de los dedos.
La caricia le repasa la mejilla, desciende hasta sus labios, cae desde el mentón hasta el cuello.
Darien se aprieta más contra él con un suspiro que choca contra su clavícula y, por un instante, Caleb piensa en la noche que pasaron juntos.
Mientras recorría ese cuerpo, mientras se lo aprendía y lo veneraba y se concentraba en obedecer sus peticiones, no pudo pensar en nada más…
Aparta la vista y la mano al mismo tiempo, turbado, con los dedos cosquilleando y el cuerpo tenso.
—Estaba pensando en ir a buscar la casa de Chronos.
Las palabras le salen a borbotones, pero, además de ser ciertas, las prefiere a dar más espacio a ese pensamiento intrusivo que le insta a acercarse un poco más, a olvidarse incluso de su nombre gracias a unos cuantos besos.
Darien se despeja de repente al escucharlo. Abre los ojos, sobresaltado, y lo mira como si acabara de decir una locura.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Tú la has visto, ¿no? Yo también siento curiosidad. —Aunque esa no sea toda la verdad, tampoco es una mentira—. Pero no tienes por qué venir conmigo.
El celestial aprieta los labios y se separa de él hasta incorporarse por completo. Se pasa una mano por los ojos para terminar de despertarse y sacude la cabeza.
—¿Qué esperas conseguir? No hay nada allí, no son más que… ruinas.
—Es lo esperable, ¿no? Han pasado mil años.
Mil años de encuentros y desencuentros. Mil años de una historia que no deja de repetirse y que él quiere comprender lo mejor posible, porque así quizá se le ocurra una solución.
Se pone en pie. Darien lo observa desde abajo, dubitativo, antes de extender una mano de la que Caleb no duda en tirar. Hay un eco de voces, pero se aferran el uno al otro con la fuerza suficiente para que ningún recuerdo tire de ellos.
—No me sueltes —murmura Darien—. Ayer… Fue como perderme en el pasado. A veces… A veces me parecía que dejaba de ser yo. No quiero dejar de ser yo. No quiero que dejemos de ser nosotros.
Su miedo resulta tan evidente que Caleb odia de inmediato no haber llegado a su lado antes. Odia imaginárselo perdido entre los árboles, sin distinguir pasado ni presente, dejándose llevar por la sombra de una vida anterior.
Pero no va a dejar que vuelva a suceder.
—No voy a soltarte. Nunca.
De la mano, tal y como prometieron hacer algún día, se internan en el bosque.