La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar
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Ishtar

ISHTAR

Ishtar se ha preguntado cómo sería tener un demonio dentro desde que tiene memoria.

Nació en un palacio plagado de historias sobre criaturas que anidaban tu cuerpo y se convertían en una extensión de ti, aspiraba a un trono en el que solo se habían sentado aquellos que habían conseguido domarlos de manera excepcional y convertirse en los más fuertes, creció en una ciudad que cambiaba cada día bajo su influjo.

Su vida ha estado marcada por esas criaturas, por las ansias que tenía de fusionarse con una y la frustración que le provocaba tenerlo prohibido.

Su deseo ni siquiera tenía nada que ver con la enfermedad: un demonio no era una solución a largo plazo.

Un demonio no puede salvarla, lo sabe. Han sido muchos los príncipes que han muerto de la sharada, tuvieran o no demonios.

Su propio padre necesitaba utilizar el Amuleto del Tiempo para mantenerse sano, siempre joven, eterno.

Pero, al parecer, lo que sí puede hacer un demonio es hacerla sentir más viva que nunca.

Tener a esa criatura en su interior es mejor que nada que haya probado.

Se siente como si hubiera accedido a una nueva versión de sí misma, con una nueva piel más resistente, la cual se puede transformar a su antojo, igual que ella puede transformar el mundo que la rodea.

Ahora puede cambiar la materia a su voluntad y, con cada paso que da, se doblega ante sus órdenes.

El terreno se convierte en una escalera que la alza sobre el suelo, las piedras se apartan de su camino o ruedan a su lado como si fueran compañeras de viaje.

Ishtar apenas necesita concentrarse para caminar por encima de un tronco caído, manteniendo el equilibrio mientras convierte las ramas en una baranda sobre la que deslizar la mano.

Cuando quiere bajar, una rampa de tierra y piedra aparece ante ella para que se deslice por su superficie.

Ishtar camina, salta y corre por ese bosque que se mueve con ella. No es consciente de que se queda sin aire hasta que se le entrecorta la risa, pero ni siquiera entonces tose, porque un demonio ha cambiado su cuerpo, le ha dado más energía, más resistencia, más fuerza.

«Pero recuerda que es Destino quien hace milagros, alteza, no yo», le advierte la criatura en su interior.

Su voz está ahí todo el tiempo, pero a Ishtar no le resulta tan intrusiva como había leído.

No parece querer luchar contra ella después de la batalla que tuvieron en el nido y, de hecho, parece satisfecho cada vez que hace uso de él y pone a prueba sus nuevos poderes.

—¿Es como te lo imaginabas?

Derek la sigue solo unos pasos por detrás.

En todo ese tiempo no ha dicho nada, pero es obvio que ha estado observándola.

Por un momento, Ishtar se pregunta si le resultará doloroso verla ahora que él ha perdido su magia, pero, cuando se gira hacia él, comprueba que en su expresión no hay ni ápice de lástima.

En su boca se dibuja esa media sonrisa que a ella tanto le gusta, sus hombros están relajados y sus ojos grises rebosan adoración. Está feliz. Por ella.

—Es mejor. —Dentro de ella, el demonio casi ronronea de placer por el halago—. Es como si no tuviera límites. Como si, por primera vez en mi vida, el mundo fuera a adaptarse por completo a mí en lugar de al revés.

Derek deja escapar una exclamación cuando la tierra se mueve bajo sus pies como una onda y lo arrastra sin remedio hacia delante, hasta dejarlo justo enfrente de la muchacha.

No se chocan por una cuestión de un par de pasos, pero el chico la mira con los ojos muy abiertos antes de soltar una risa entrecortada, sorprendida.

Mira hacia el suelo y después hacia ella, suspicaz.

—¿Vas a convertirte en uno de esos brujos borrachos de poder?

Ella esboza su sonrisa maliciosa, de diablillo.

—Puede. Me convertiré en una tirana. Seguro que mi padre estaría orgulloso.

Quizá incluso lo estaría su madre, aunque en ella prefiere no pensar. Ojalá pudiera verla. Ojalá todavía estuviera viva para poder presentarse de nuevo en palacio y demostrarle que se equivocó con ella.

Se pregunta si la miraría con la misma adoración con la que la mira ahora Derek o si la censuraría. Si le diría que ha cometido una locura y le recordaría, una vez más, que sigue enferma y el demonio que ahora tiene dentro no va a cambiar eso. Que el reloj sigue corriendo en su contra.

—¿Y yo seré tu sicario personal?

—Y mi más fiel servidor. —Ishtar enarca las cejas, burlona—. Además de mi pareja, por supuesto.

La sonrisa de Derek tiembla, cambia, se torna un poco tímida. Cuando aparta la vista y se frota el cuello, nervioso, Ishtar tiene ganas de reír.

—Pareja —repite él—. No recuerdo haber tenido una conversación sobre esto…

—¿No te parece bien?

Aunque intenta que su voz suene ligera, le preocupa haberse apresurado.

Derek no se compromete con nadie, así que quizá tampoco quiera hacerlo con ella.

Ni siquiera le ha dicho que la quiere, al menos no como se lo dijo ella, pero hay actos que hablan mucho más alto, que gritan.

Derek la adora de la misma manera que ella lo adora a él, está segura, pero quizá no quieran lo mismo.

Las dudas se disuelven en cuanto él toma aire y vuelve a enfrentarla. En sus mejillas hay un rastro de rubor y en sus ojos una de esas miradas que hablan por sí solas.

—No he dicho eso.

Ella tiene que morderse el labio para contener la sonrisa. En su interior, el demonio se revuelve un poco.

«Es una pena que te guste tanto: estoy seguro de que su carne sabría deliciosa».

Es una broma, Ishtar está casi segura, pero aun así no puede evitar un escalofrío.

De todos modos, sabe que la criatura no va a hacerle nada a Derek ni a Darien ni a Caleb aunque solo sea porque la armonía precaria que han pactado se haría pedazos en el momento en el que lo intentase. Y ninguno de los dos quiere eso.

Así que decide ignorar esa voz y acercarse un paso más a Derek, con las manos entrelazadas a la espalda en su actitud más inocente.

—Entonces, pareja —sentencia. Derek respira hondo, como si se le hubiera olvidado respirar, y ella sonríe un poco más.

No sabe si sus nuevos poderes incluyen oler el miedo de sus enemigos, pero ella puede sentir sus nervios—.

Aunque vas a tener que esforzarte. Mi demonio opina que pareces delicioso y quién sabe lo que podría hacerte si me rompieras el corazón.

Derek siempre ha sabido encajar mucho mejor las bromas que la seriedad, así que no le sorprende que relaje los hombros y resople.

—¿Es solo la opinión de tu demonio? ¿No fui de tu agrado la última vez que me probaste?

Ishtar lanza un vistazo demasiado evidente hacia el cuerpo que tiene delante. La boca que besó por última vez hace solo unas horas. La piel que esconde la ropa, que tuvo bajo sus dedos hace tanto tiempo ya…

El ambiente cambia. Sabe que Derek solo quería bromear, pero de pronto la bruja piensa en que lo único que los detuvo el día anterior fue la fiebre y ahora, en cambio, se siente bien.

Ahora tiene un demonio dentro y la enfermedad se ha escondido por el momento.

Se siente más osada que nunca, más resistente que nunca.

Ishtar se muerde el labio antes de avanzar el único paso que los separa. Es consciente de que él ve sus intenciones, que reconoce en su cara lo que quiere, porque desliza la mirada hacia su boca, tentado.

—Necesito un recordatorio.

Él parece dudar. Uno. Dos latidos.

—Deberíamos volver —murmura al final. Su voz suena ronca, nerviosa—. Le dijimos a Darien y Caleb que…

—Probablemente quieran estar solos. ¿Y tú? ¿No quieres estar a solas conmigo?

—Sabes que sí, pero…

—Pero ¿qué?

Derek calla y alza la mirada a sus ojos. Ella no sabe por qué lo hace tan complicado, de dónde vienen las dudas cuando es tan evidente que la anhela. Ishtar se muerde el labio y retrocede un paso para volver a dejar un poco de aire entre ellos.

—¿Tienes miedo de que no pueda soportarlo? —Él hace una mueca y abre la boca para protestar, pero, antes de que pueda decir nada, ella continúa—: Porque, si es así, déjame recordarte que ya no soy tan delicada.

El suelo cambia entonces bajo los pies de Derek.

Tiembla, se mueve, y el chico pierde el equilibrio.

Cuando cae de rodillas ante ella, Ishtar siente más satisfacción de la que debería, aunque no es nada en comparación con la que le despierta la expresión que ve en su rostro.

La sorpresa está ahí, pero también hay algo más.

Como si verla así, de pie ante él, tan poderosa sin ni siquiera tocarlo, fuera lo más atractivo del mundo.

Quizá sí que vaya a convertirse en una de esas brujas borrachas de poder.

Derek se humedece los labios. A Ishtar no le pasa desapercibida la manera en la que desliza los ojos por su cuerpo, desde el rostro hasta los pies, y después de nuevo hacia arriba.

No intenta ponerse en pie. Se queda ahí, postrado como el fiel servidor que ella le ha dicho que debe ser, y la princesa se acerca de nuevo ese único paso que se ha alejado.

—No quiero que tengas cuidado conmigo nunca más.

—Ishtar extiende la mano hacia él. Le roza el mentón con la punta de los dedos y después la desliza hacia los cabellos.

Cuando los agarra, con firmeza, y tira de ellos hacia atrás, lo oye jadear.

Su mirada enturbiada, ansiosa por tocarla, la hace sentir incluso mejor—. No lo necesito.

Y, para demostrarlo, se inclina hacia él y lo besa como nunca lo había besado.

Sin reparos. Sin paciencia. Sin control.

Desde luego, sin cuidado, porque no le importa perder la respiración.

Su cuerpo aguantará. Puede que el demonio no haga milagros, puede que no vaya a curarla, pero puede darle la resistencia suficiente como para olvidarse, al menos por unos minutos, de que la sangre que le arde en las venas está contaminada.

Y Derek responde.

Lo hace como si ese fuera el beso que se ha estado guardando todos esos años.

De pronto, está en pie y la tiene entre sus brazos, e Ishtar se queda sin aire, pero no tose y no le duele y solo puede pensar «sí, sí, sí».

Eso es lo que quiere. Eso es lo que nunca ha tenido en su vida.

La falta de precaución absoluta, la locura.

A veces se permitía fantasear con ella. Ha imaginado muchas veces cómo sería volver a tener a Derek contra su cuerpo, contra su boca, y en ocasiones se lo imaginaba justo de esa manera, como un amante feroz con el que todo ocurría rápido, furioso, desesperado.

En ese momento es exactamente así y, al mismo tiempo, mejor incluso que en sus fantasías.

Le lame los labios, se los muerde. Ambos se mueven con torpeza hasta chocar con una fría pared de piedra, apenas el rastro de otras ruinas del pasado, donde Derek la acorrala y se presiona contra ella.

Hunde la boca contra su cuello, le mete los dedos por debajo de la camisa y, cuando encuentra su pecho, los dos gimen.

—Más.

Es un jadeo entrecortado, una súplica. Derek gruñe en respuesta antes de apretarle el muslo con la otra mano y levantarle la pierna para acercarse más a ella, hasta que Ishtar puede sentir su cuerpo tenso contra el suyo, hasta que siente su piel temblar solo con esa fricción.

Pero no es suficiente. Todavía no es suficiente.

—Eres mi peor pesadilla —murmura él contra su oído, sin aliento—. Eres… Eres la única cosa del mundo a la que no puedo resistirme y vas a acabar conmigo. Nunca has necesitado un demonio: tú eres uno.

Ishtar podría gritar solo con eso, pero esta vez es él quien le coge el rostro con la mano y se lo gira para volver a besarla, así que se traga su aliento, su saliva y sus sonidos.

Pero sigue sin ser suficiente. Sigue queriendo más, sigue queriéndolo todo.

Por eso lo agarra de la camisa para tirar de ella, para arrancársela o romperla, lo que ocurra primero.

Quiere sentirlo por completo. Quiere desnudarlo y arañarle la piel.

Derek le agarra las muñecas antes de que pueda hacerlo.

Es un movimiento tan rápido y brusco que la sorprende, aunque no le desagrada.

En realidad, le eriza la piel, le revoluciona el cuerpo.

Quizá eso es justo lo que necesita. Quizá, después de toda una vida entre algodones, disfruta un poco del peligro.

Así que no se queja cuando él le alza los brazos y se los sujeta contra la pared.

Luego se separa lo justo para mirarla, con la respiración perdida y la mirada nublada y desprovista de humor.

La observa como si fuera él quien quisiera devorarla, quien tuviera que luchar contra un demonio en su interior, y a ella lo único que le parece mal es que se detenga.

Ishtar traga saliva. Tiene el corazón disparado y el demonio de su interior gruñe por más, más, más. Porque él también echa de menos sentir un cuerpo contra el suyo o quizá solo porque esa no es más que otra manera perfecta de provocar el caos.

Tras ese momento de tensión, de silencio roto solo por sus respiraciones agitadas, Derek se humedece los labios.

Se pega un poco más a Ishtar, cuyas caderas lo buscan por inercia, por necesidad.

Derek tensa la mandíbula, pero se asegura de que no queda aire entre ellos para darle lo que pide.

Sus dedos fuertes y largos le aprietan las muñecas.

Ishtar se tiene que morder el labio para que no se le escape otro gemido, aunque sin demasiado éxito.

Es obvio que él lo sabe. Tiene que ser consciente de lo que le está haciendo.

Su boca vuelve a acercarse a la suya. Susurra contra sus labios:

—¿Sigues queriendo lo mismo?

Ishtar asiente, acelerada, nerviosa.

—Sin cuidado, Derek —jadea—. Haz… Haz lo que quieras conmigo.

Nota la manera en la que las palabras se le cuelan bajo la piel.

Lo ve en sus ojos nublados por el deseo, lo escucha en el gruñido que deja escapar.

Después, lo único que sabe es que Derek le suelta las manos para agarrarle la cintura y obligarla a girarse.

De pronto, ella está frente a la pared en ruinas, con el cuerpo de él a su espalda, su aliento contra su oído y sus manos por todas partes.

Le sostiene las caderas. Le sube la falda.

—Apóyate bien —le dice. E Ishtar obedece.

Después, no es delicado.

Y por eso es perfecto.