Darien #3
Pero eso también significaría renunciar a la serenidad que siempre ha sabido darle solo con unas palabras.
Desaparecerían esos ojos claros y repletos de seguridades a las que agarrarse, desparecería el asomo de esa sonrisa que solo le muestra a él.
Nunca más podría hablar con él y sentirse tan comprendido, tan perfecto para alguien.
Desde luego, no cree que vaya a volver a enamorarse.
No podría. No se imagina queriendo a otra persona como lo quiere a él, por mucho tiempo que pasase.
Viviría con su recuerdo pegado a la espalda, como una sombra.
«Entonces ¿desearías no haber conocido a Caleb jamás?», le preguntó Muerte.
No, claro que no. Conocerlo ha sido una de las mejores cosas que le han pasado en la vida, a pesar de que el camino que los ha unido ha sido pedregoso y complicado. Ha dolido, pero no lo cambiaría por nada.
Caleb tiene razón.
Hay sufrimientos que merecen la pena.
Cuando Darien vuelve a abrir los ojos, el necromante está tan cerca que solo tendría que estirar el cuello para besarlo.
Está tenso, a la espera de sus palabras.
De su condena o de su oportunidad. Es imposible, porque parece que Caleb no le teme a nada, pero en sus ojos le parece reconocer el miedo a que lo rechace.
—Lo que quiero es que… me jures que lo destruirás.
—Su voz no es más que un hilo frágil—. El medallón.
Si algo me pasa, quiero que lo destruyas.
No… no le dejes que me aparte de ti para siempre.
No quiero convertirme en celeste, Caleb.
Quiero… Necesito volver a este mundo. Necesito saber que podré volver a ti.
Que, si ser felices no es posible en esta vida, quizá lo sea en otra.
Caleb relaja los hombros. Su expresión cambia, se suaviza. Darien nota el suspiro que deja escapar, la manera en la que se inclina un poco más hacia él, hasta que sus frentes casi se rozan.
—¿Eso es lo que estabas haciendo en el nido? ¿Estabas buscando una forma de recuperar tu alma?
Ahora le resulta una idea absurda, casi vergonzosa, así que baja la vista.
—Odio sentir que estoy atado a él. El medallón sigue intacto, aunque yo haya dejado de creer en Destino.
Sigue intacto diga lo que diga, haga lo que haga, incluso si hablo con Muerte o acompaño a alguien a un nido.
Pero pensé que… podría obligarlo a dejarme ir si hacía un Trato.
Pensé que ni siquiera él podría retener mi alma si me convertía en brujo.
—Pero tú no quieres ser brujo. Nunca has querido.
—No, claro que no. Pero tengo miedo, Caleb. Estoy aterrado y desesperado y… Me pareció lógico. Me pareció… la única salida.
Esta vez el rostro del necromante se llena de una frustración triste, pero no hace comentarios al respecto.
Quizá porque lo entiende. Quizá porque sabe que muchos pactos con dioses se hacen en situaciones desesperadas.
Quizá porque él también hizo así el suyo con Muerte: cuando más perdido se sentía, cuando más asustado estaba, cuando pensaba que no tenía ningún otro lugar al que ir.
—¿Qué estabas dispuesto a dar a cambio de ese Trato, Darien?
Él traga saliva antes de volver a mirarlo. Está seguro de que lo sabe, de que puede imaginárselo, porque le curó las heridas en el torso. Vio las marcas de las cinco uñas que todavía le arden bajo la piel, que han tenido que dejarle muescas en las costillas.
—El demonio me pidió… el corazón.
—Pues dámelo a mí.
Caleb alza la mano y entonces, por fin, lo toca.
Presiona sus dedos contra su pecho, allí donde a Darien se le disparan los latidos.
Tiene la sensación de que hay ruido de fondo, de que la imagen que tiene delante está a punto de desintegrarse, así que se agarra a su brazo para evitarlo y aferrarse a él, al presente en lugar de al pasado que intenta tirar de ambos.
—Dame tu corazón y hagamos un Trato —continúa Caleb, tan cerca de su boca que las palabras le rozan los labios—. Yo te protegeré, Darien. De todo. De todos. Nada más podrá hacerte daño. Nadie más. Nunca. Haré todo lo que esté en mi mano para hacerte feliz, en esta vida y en las que vengan.
No sabe si pretendía que sus palabras sonaran tan solemnes, pero cada una de ellas toma la forma de una promesa.
Resuenan entre las ruinas, se esconden entre las hojas de la hiedra que sube por los muros, caen sobre los pétalos dorados de las florecillas a sus pies.
A Darien le hacen eco en el pecho, en los huesos, en su esencia misma, como si las hubiera susurrado sobre su medallón.
Se siente incómodo y, al mismo tiempo, extrañamente feliz.
Sí, que se lleve su corazón. Sí, que se le meta dentro, que ocupe cada recoveco, que se adueñe de cada secreto, de cada pensamiento.
Está seguro de que, con él, podría vivir en armonía.
A él merece la pena venderle una parte de sí mismo, porque sabe que cumplirá su promesa hasta las últimas consecuencias.
Darien suspira contra esa boca que se muere por volver a tocar.
—Está bien. Es tuyo.
Después, tira de él y lo besa como lleva queriendo hacer desde que volvió a verlo.
Puede que desde antes. Desde que se tuvo que separar de él en la Noche de las Bestias o esa mañana en la que abandonó su cuarto dejándolo atrás, cuando todavía le quemaban en el cuerpo las caricias a las que se habían abandonado por la noche.
Es una capitulación hecha caricia. Un compromiso para rendirse solo ante él, para permitirle que se lo lleve todo a cambio de un poco más de tiempo a su lado.
El que sea.
Toda una vida o mil segundos.