Darien #2
—¿Qué? —lo corta él, irónico—. ¿Estamos vivos? Parece mentira que precisamente tú no sepas que hay sufrimientos que pueden ser peores que la muerte.
El necromante entrecierra los ojos y la mano sobre el muro se cierra en un puño, pero Darien se obliga a mantener la mirada sobre la suya. Es como volver atrás en el tiempo, a esas batallas de voluntades, a esos días en los que eran enemigos y las palabras, un arma más con la que atacarse.
Bien. Que lo hiera. Que lo destroce. Que haga lo que quiera con él.
—Y parece mentira que precisamente tú no sepas que hay cosas por las que merece la pena sufrir. Yo sufriría por ti, Darien. Dejaría que me abrieran el pecho en canal todos los días si fuera el precio por pasarlos contigo. No pienso huir más. No voy a dejar que Destino o quien sea…
—¡¡¡No es tan fácil!!! —La voz de Darien explota como un trueno, como la tormenta que siente dentro, peligrosa, dispuesta a destruir a su paso.
Lo que no sabe es si puede dirigirla hacia el necromante o solo lo va a despedazar a él.
Siente un nudo en la garganta y los ojos le queman, pero se obliga a tomar aire—.
Estás dispuesto a aceptar tu propio sufrimiento, pero ¿aceptarías el mío?
—No voy a permitir que te pase…
—¿Nada? —Darien deja escapar una risa, aunque tiene ganas de llorar.
Tiene que parpadear para que los ojos no se le vuelvan a llenar de lágrimas—.
No puedes evitarlo. No has podido evitarlo en ninguna otra vida y no vas a poder evitarlo en esta, del mismo modo que yo no puedo mantenerte a mi lado y a salvo.
Lo único que puedo hacer para protegerte, para evitarte más dolor del que ya has tenido, es renunciar a ti.
Nunca había visto a Caleb tan enfadado, tampoco tan dolido. Está por todo su rostro, en la manera en la que lo observa como si lo acabara de apuñalar. No cree que le hubiera hecho más daño con un filo de verdad.
—Esa es una manera muy elaborada de decir que quieres rendirte.
Darien abre mucho los ojos, incrédulo.
—¿¡Y qué otra cosa quieres que haga!?
—¡Dejar de darle tanto poder a tu dios!
—¡Tiene poder, Caleb, lo quiera yo o no! ¡Tiene mi maldita alma, aunque yo ya no desee nada de él!
Caleb aprieta los dientes antes de dar un paso atrás y deja caer la mano que mantenía junto a su cabeza.
Darien jadea como si hubiera corrido por el bosque, pero por un segundo se permite pensar que eso va a ser todo, que ha ganado esa discusión, esa batalla.
Es solo un instante antes de que el necromante se lleve la mano al cordel que lleva alrededor del cuello.
—¿Esto es lo que te preocupa? —replica mientras le muestra su propio medallón.
El ojo de Destino se balancea entre sus dedos, mirándolo, juzgándolo.
No hay ni una sola fisura en él. Ha estado a punto de hacer un Trato con un demonio, pero ni siquiera eso ha conseguido romperlo; sabe que no quiere seguir siendo un celestial, pero ni siquiera sus dudas han sido capaces de hacerle la más mínima grieta.
Ese trozo de oro no deja de recordarle a quién pertenece. Quién es el responsable de que esté ahí. A quién tiene que maldecir. A quién le debe sus bendiciones.
Odia verlo. Odia comprobar que sigue en sus manos.
Pero entonces Caleb cierra la mano sobre la joya y Darien toma aire cuando nota el escalofrío que le baja por la espalda.
Cuando pasa el pulgar por encima del oro, el celestial siente que la caricia le recorre la piel.
La percibe como un dedo en la nuca, como un beso en el cuello.
Quema tanto como su mirada sobre él, dura, inflexible.
—Los dos sabemos que tu alma ya no es suya, Darien —declara—. Es mía.
Y después, con los ojos todavía anclados en los suyos, se lleva la joya a los labios con la devoción de un creyente.
Darien lo siente como si su boca estuviera por toda su piel al mismo tiempo.
Le afloja las rodillas, le quita la respiración y lo deja indefenso, atado al estremecimiento que le recorre de arriba abajo.
No es justo. No es justo que tenga ese poder sobre él.
No es justo que siempre sepa qué palabras usar o cómo hacer que su pecho florezca incluso cuando él solo se siente atado al invierno.
O quizá tiene todo el sentido, porque nadie se había aferrado a él con tanta fuerza.
Nadie, nunca, se había quedado a pesar de todo. A pesar de sí mismo.
Darien cierra los ojos en un último esfuerzo por resistirse. Caleb aprovecha la brecha para volver a dar un paso hacia delante. El celestial siente que vuelve a apoyar la mano cerca de su cabeza, que se inclina sobre él, tan cerca que podría besarlo. No lo hace.
—Te lo dije una vez, celestial, pero te lo voy a repetir: no importa quién crea que no debemos estar juntos, no hay dios ni mortal capaz de alejarme de ti.
—Darien sabe que ha soltado el medallón porque nota su falta sobre la piel, igual que siente la respiración que bate contra su oreja, más calmada de lo que siente él su corazón—.
Nadie tiene derecho a decidir sobre nosotros; el único que puede alejarme eres tú.
¿Es eso lo que quieres, Darien? ¿Que me aleje?
Si me dices que sí, si de verdad quieres que desaparezca de tu vida, lo aceptaré.
Me marcharé y no volverás a verme nunca más. Pero vas a tener que decírmelo.
Darien no se atreve a abrir los ojos, quizá porque sabe lo que se va a encontrar: una mirada difícil de rechazar, un chico que moriría por él. Que lo ha hecho durante más vidas de las que puede contar.
Un chico por el que él también moriría.
Sería muy fácil mentir. Sería fácil mantener los ojos cerrados, decirle que sí y dejar que desapareciera.
Caleb cumpliría su palabra, lo sabe. Si él se lo pide, se apartará para siempre, para protegerlo o para respetar su deseo.
Se acabarían las discusiones y el miedo al futuro.
Tal vez tendría una vida larga, aunque fuera sin él.