Darien
DARIEN
Darien siempre había dado por hecho que el romance era imposible en su vida.
Siempre había creído que nadie iba a enamorarse de él si no podía tocarlo, si el precio por quererlo iba a ser desnudar su alma, sus recuerdos.
Ahora supone que lo pensaba porque en el Templo todo el mundo lo rechazaba.
Porque, en el fondo, siempre fue consciente de que nadie allí lo quería incondicionalmente.
Y entonces apareció Caleb y, poco a poco, llegó a pensar que, si lo que le habían enseñado sobre brujos y necromantes era mentira, quizá aquello de lo que se había convencido a sí mismo también podía serlo.
A lo mejor no estaba mal desear un poco de romance.
A lo mejor, si un beso de Caleb le resultaba tan natural, si esas manos sobre su cuerpo tenían sentido, era porque estaba destinado a querer. A querer lo .
Fue un sueño corto. Cuando la verdad sobre su maldición salió a la luz, supo que lo mejor era dar un paso atrás y poner distancia, por eso lo abandonó en su cama pese a que lo único que quería era volver a perderse en su cuerpo.
Por eso, después, le dio la espalda durante la Noche de las Bestias y estaba dispuesto a alejarse todo lo posible de él.
Dejarlo atrás, sin embargo, fue más difícil de lo que esperaba.
Todos esos días sin él han sido más difíciles de lo que esperaba.
Y ahora no sabe cómo enfrentarlo. Lleva recordándose que es mejor mantener cierta distancia desde que Caleb apareció en el nido.
Ha estado resistiéndose a tocarlo, resistiéndose incluso a mirarlo.
Apenas le ha hablado, ni siquiera mientras le curaba la herida en el pecho, y sabía que no debía darle la oportunidad de acercarse demasiado.
Así quizá Destino se olvidaría de ellos y la condena que llevan siglos sufriendo no se repetiría una vez más.
Darien está acostumbrado a renunciar a todo tipo de cosas, así que estaba dispuesto a renunciar también a él si eso podía salvarlos a ambos.
Ahora, sin embargo, lo único que quiere es rendirse.
Escuchar la confesión de Caleb es suficiente para que una primavera cálida le estalle bajo la piel y le abra flores en el pecho.
Es un sentimiento que se parece demasiado a la esperanza y Darien está a punto de agarrarse a él y olvidarse de todo lo demás.
Tiene ganas de echarse hacia delante, capturar la boca de Caleb con la suya y hacer que su beso revele cuánto lo ha echado de menos, cuánto ha temido por él, cuánto desea un futuro a su lado y a cuánto sería capaz de renunciar por conseguirlo.
Quiere aferrarse a sus palabras y cavar en ellas un refugio que los proteja de cualquiera que quiera hacerles daño.
Quiere tirar de él, desnudarlo de ropa y secretos, abrazarse a su cuerpo igual que hizo la última noche que pasaron juntos.
El problema es que a estas alturas ya ha aprendido que el amor no es suficiente. En todas las vidas que han compartido, quererse solo les ha hecho daño.
Así que, al final, escapa una vez más de los ojos de Caleb y murmura:
—Ayer Muerte vino a buscarme.
No lleva ni un día cargando con ese secreto, así que no sabe por qué se siente tan aliviado al confesarlo.
Quizá porque al pronunciarlo consigue justo lo que quería: la mención a la diosa enfría el aire entre ellos y borra la suavidad del rostro de Caleb.
Primero la sustituye la sorpresa, después la incomprensión y por último la desconfianza.
—Muerte no se aparece ante nadie sin un motivo.
Darien siente que puede respirar mejor cuando el necromante se aleja un poco.
Sus ojos azules están entornados y tiene la expresión tensa, a medio camino entre la preocupación y el enfado.
El celestial se aferra a eso. A su preocupación y su ira puede enfrentarse; a la honestidad y sus palabras hechas para hacerle temblar, no.
—Encontré la casa de Tara y Chronos y ella estaba allí. —La expresión de Caleb se endurece incluso más—. Me… Me llamó Tara. Me dijo que yo podía llamarla Sikil, me habló como si… como si me apreciara. Me dijo que no era nuestra enemiga y que… tenía expectativas puestas en mí.
Caleb aprieta los puños. Todo su cuerpo parece un resorte a punto de saltar.
—¿En ti?
—Me dijo que creía que yo podía solucionar los errores del pasado.
—La risa que le sale es demasiado corta, demasiado seca—.
¡Yo! Pero yo no me siento capaz de resolver nada, Caleb.
No sé qué espera ni por qué. A lo mejor cree que Tara podría haber llegado a la respuesta correcta, pero yo no soy ella. Ya no. No del todo. No quiero serlo.
—No lo eres. —Caleb suena inflexible, como siempre.
Tan seguro como si conociera todas las verdades del universo y esa solo fuera una más—.
Quizá para ella seáis… indivisibles. Quizá para ella yo sigo siendo Chronos y, al mismo tiempo mil personas más, todas a la vez.
Quizá para ella la energía es lo único que importa y es incapaz de separarla.
Pero yo soy Caleb y tú eres Darien. Eso es lo único que importa.
Ni los dioses ni sus deseos ni lo que quieren de nosotros ni…
Darien siente que las flores de su pecho se retuercen con ganas de volver a crecer, de echar raíces en sus pulmones y cubrirlo todo con su aroma, así que se apresura a interrumpirlo:
—También hablamos de ti. —Caleb vuelve a callar. Aprieta los labios en un gesto de frustración y no pregunta. Aun así, Darien continúa hablando—: De tu inmortalidad. Le pregunté si era cosa de Destino, si formaba parte de su venganza hacia Tara y Chronos…
—Darien, tienes que…
—No lo hizo. —El celestial baja la vista hacia sus manos, se aprieta los dedos.
Sabe lo que quiere decirle Caleb, pero no puede escucharlo, así que sigue hablando, incansable—: Pero tampoco fue una consecuencia de usar el Amuleto.
Tu padre solo te dio unos pocos años más, los que se arrebató a sí mismo.
No sé cuántos, pero no creo que a él tampoco le importaran los que fueran mientras tú vivieses.
Sobre todo porque sabía que santa Tabitha lo encontraría y, en cuanto lo hiciese, él moriría.
Caleb frunce el ceño, confuso, perdido. Aunque nunca duda, es evidente que ahora titubea, sin saber si seguir esa conversación.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que tu padre la quería, Caleb. Santa Tabitha era tu madre.
Por fin, la expresión de Caleb se descompone. Es como si le hubiera dado un golpe que lo ha pillado desprevenido, un puñetazo en el pecho capaz de arrebatarle la respiración. Es la misma expresión que puso cuando descubrieron quién era su padre, qué pasó con él, qué llegó a hacer con el Amuleto.
Darien se siente culpable en cuanto la ve. Está a punto de pedir perdón, pero es consciente de que eso los acercaría de nuevo, así que se aleja un poco más. En lugar de extender las manos hacia él, se pone en pie y deja todavía más espacio entre ellos.
Caleb tarda en reaccionar. Lo sigue con la vista, desde el suelo, pero no dice nada. De pronto parece tan vulnerable que Darien tiene que clavar la mirada en sus botas.
—Ahora todo encaja —continúa—. Valerick huyó de Damira con el Amuleto y se refugió en Arsay por la misma época por la que Tabitha debía de estar haciendo su Peregrinación.
Se encontraron y lo siguiente que sabemos es que Tabitha volvió al Templo con un niño en brazos…
y Valerick se quedó atrás con otro. Tu madre no…
no murió, Caleb. Dio a luz a dos niños y dejó que tu padre se quedara con uno de ellos, pero también le prometió que…
que lo mataría si alguna vez ponía en marcha el Amuleto del Tiempo. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?
Por supuesto que lo hace. Esta vez es Caleb quien aparta la mirada, abrumado.
Por unos momentos, se queda tan quieto que Darien está seguro de que ha traspasado un límite.
Está convencido de que va a enfadarse con él, o quizá con Sikil, o puede que con ese padre del que ha descubierto una mentira más.
Su madre nunca estuvo muerta, por más que le dijera lo contrario.
Durante gran parte de su vida, creyó que estaba solo en el mundo, pero tenía toda una familia en el Imperio y una madre y un hermano en Daiva.
De haberlo sabido, ¿qué habría hecho? ¿Habría ido a buscarlos? Quizá sí. Quizá se hubieran conocido en el Templo y…
Sus pensamientos se detienen cuando Caleb por fin reacciona. Cuando vuelve a alzar la vista y se fija en él, parece enfadado. Sus ojos arden y están helados al mismo tiempo y es evidente que su furia no es con su diosa ni con su padre.
Su furia es con él.
Darien da un paso atrás y se golpea la espalda contra la pared cuando el necromante se levanta de golpe.
Caleb tiene la mandíbula tan apretada como los puños y, aunque sigue sin tocarlo, se acerca a él sin darle opción a huida.
Sus pieles no se tocan, pero, aun así, el celestial lo siente por todas partes.
Odia que su mirada sea suficiente para atraparlo.
Odia sentirse tan pequeño pese a que no hay tanta diferencia de altura entre ellos y odia no saber qué va a pasar a continuación.
Debería sentirse satisfecho por haberlo enfadado, se supone que quería alejarlo, pero…
—¿Crees que no sé lo que estás haciendo, Darien?
El celestial siente que la comisura derecha le tira de los labios en un gesto nervioso. De pronto se siente expuesto, torpe.
—Te estoy intentando explicar lo que he…
—No. —La voz del necromante suena afilada, tajante.
La palma de una de sus manos golpea la pared junto al rostro de Darien, que abre mucho los ojos, sorprendido—.
Estás intentando evitarme. Llevas haciéndolo desde que he vuelto, y me parecía bien, estaba dispuesto a tener paciencia, pero se acabó.
Te estoy hablando del presente y tú me cuentas otra historia del pasado.
¿De verdad crees que me importa eso ahora?
Mi padre está muerto. Mi madre, fuera quien fuera, también. Nosotros, en cambio…