Caleb
CALEB
El sol ya ha empezado a caer cuando Caleb termina de curarlos a todos.
Siente la cabeza ligera y las fuerzas al límite, así que suspira y apoya la espalda contra el muro de un antiguo templo abandonado y comido por la vegetación que han decidido utilizar como refugio para esa noche.
Necesita dormir. Nunca había probado los límites de ese cuerpo, pero es evidente que los tiene: que no vaya a morir de cansancio o de hambre no significa que no pueda sufrir y está claro que se ha forzado más de la cuenta.
Probablemente no tendría que haber sanado a nadie, pero ahora que es el único necromante del grupo, ¿qué otra cosa iba a hacer?
—Nunca pensé que diría esto, pero no tienes buen aspecto.
Caleb deja escapar un gruñido ante el comentario de Derek y entreabre los ojos para mirarlo.
Su mejor amigo ha sido el último al que ha curado, aunque se ha negado a quitarse la camisa para que pudiera inspeccionarle bien las heridas.
De todos modos, supone que su expresión burlona significa que está bien.
—Estoy seguro de que tengo mejor aspecto que tú la última vez que te vi.
Derek abre mucho los ojos y se lleva una mano al pecho.
—¿Haciendo bromas sobre mi dramática y heroica muerte? Qué ruin. Que sepas que estoy seguro de que estaba guapo incluso entonces.
Aunque Caleb pone los ojos en blanco, le alegra comprobar que su amigo sigue siendo el mismo, con sus bromas inadecuadas y su actitud despreocupada.
Después de lo que vio en las mazmorras temía encontrarlo cambiado, que su energía se hubiera mezclado y enturbiado tanto como la de la madre de Astrey.
No lo ha hecho, aunque eso no significa que esté bien.
Sus poderes han desaparecido, Muerte ya no lo considera uno de los suyos, y eso no tiene que ser fácil para él.
Aun así, Caleb no puede evitar preguntarse si la pérdida de la magia es el único precio que Derek tiene que pagar por seguir vivo cuando debería estar muerto.
Conoce a su diosa y ha escuchado las suficientes historias como para desconfiar, así que está a punto de preguntarle cómo se encuentra.
Ishtar le da una colleja a su protector antes de que pueda hacerlo. Derek lanza una exclamación incrédula mientras se gira hacia ella, indignado, y se frota la nuca.
—Hay cosas con las que no se bromean —le recrimina la princesa. Después se fija en Caleb y cruza los brazos—. No voy a pegarte a ti también porque nos has salvado, pero lo haré si vuelves a hacer un comentario semejante.
Derek es la viva imagen de la indignación.
—¡Pero si tú eres la primera que hace chistes con la muerte!
—¡No es lo mismo!
—Creo que Caleb necesita descansar.
No es Ishtar quien lo dice, sino la persona a la que ha curado primero y que ha decidido mantenerse callada.
Darien está apartado, apoyado contra otro muro, y juega nerviosamente con una flor que ha arrancado del suelo.
La está deshojando y tiene el regazo lleno de los pétalos ambarinos que ya le ha arrebatado.
Caleb lo observa en silencio. Nota la separación que hay entre ambos, una distancia que va mucho más allá de esos pasos que podría salvar.
Darien se niega a enfrentarlo. En todo ese rato, no ha conseguido mantener los ojos sobre los suyos más de un segundo.
Aunque hacía tiempo que ya no huía de él, de su atención, aunque se había convertido en un experto en hacerlo claudicar primero, ahora ni siquiera parece capaz de comenzar una de sus batallas.
Ishtar y Derek intercambian una mirada antes de fijarse de nuevo en Caleb y luego en el celestial. Es ella quien cabecea y tira del chico para que se ponga en pie.
—Cierto. De hecho, será mejor que vayamos a por leña y a por algo de cenar antes de que anochezca.
Darien levanta la vista de golpe.
—Voy con voso…
—Lo cierto es que queremos un poco de intimidad y creo que vosotros también necesitáis la vuestra —señala Ishtar con una sonrisa brillante que hace que Darien se ruborice un poco. Después, se gira hacia Caleb—. Ah, por cierto, Derek y yo estamos juntos.
Esta vez quien enrojece es Derek, que la mira con los ojos muy abiertos.
—Ah, ¿estamos…?
—Claro que sí, estás loco por mí. Vamos.
Y tira de él con más energía de la que Caleb le ha visto nunca.
Al principio ni siquiera sabe cómo reaccionar, así que los ve marcharse, hablando entre ellos.
La princesa va por delante, distinta y al mismo tiempo la de siempre.
Derek se deja llevar como si su único objetivo en la vida fuera seguir sus pasos y a Caleb no le pasa desapercibida la sonrisa que se le derrite en la boca, la fascinación con la que le brillan los ojos.
Una parte de él se pregunta si desde fuera él también se ve así. Como alguien irremediablemente atado a otra persona, gustoso de seguirla hasta los confines del mundo si fuera necesario. Si es así, no le molesta. Siempre se ha considerado una persona honesta y eso es exactamente lo que es.
Por eso se siente tan frustrado cuando, al volverse hacia el celestial, se encuentra de nuevo con su mirada baja y sus dedos sobre la flor.
Caleb aprieta los labios antes de separarlos, dispuesto a cortar ese silencio, a lanzarlos a uno de sus enfrentamientos, que le parecen mucho mejor que esa tensión que se acumula en la distancia entre sus cuerpos.
Sin embargo, Darien se le adelanta:
—¿Sabes algo de Lilith y Nathan?
Le frustra más de lo que va a admitir que lo primero por lo que pregunte sea por su prima y por el antiguo Portador, sobre todo en esa situación.
Le molesta que no quiera encararlo y que esté evitando hablar de ellos por todos los medios.
O peor: que esté evitando hablar de sí mismo.
De la razón por la que lo ha encontrado en un nido, a punto de hacer un Trato con un demonio.
Aun así, respira hondo. Bien, puede seguirle el juego un rato, puede fingir que no hay temas pendientes. Quizá de esa manera se relaje un poco. Siempre ha encontrado huecos en los que colarse en medio de sus conversaciones, así que puede esperar a verlo receptivo y hacerlo otra vez.
—Ayudé a escapar a la santa. —Darien levanta la mirada hacia él, sorprendido, y Caleb considera una victoria que sus ojos se encuentren—. Nos encerraron juntos y pensé que eso es lo que a ti te habría gustado, así que lo hice.
Darien traga saliva. En sus iris verdes se arremolinan un montón de sentimientos, pero a Caleb no le da tiempo a descifrarlos antes de que el celestial baje de nuevo la vista, arranque otra flor y sume sus pétalos a los que ya ha coleccionado.
—Gracias —murmura muy bajo.
—Por el chico no pude hacer nada —continúa el necromante.
Las manos de Darien se detienen al fin—.
Parece que le ha cedido por completo el control a su demonio.
Lo último que supimos de él fue que iba a buscar el cuerpo de tu primo: Astrey le prometió que podía revivirlo.
Y es cierto, puede. Lo sé porque mientras estuve encerrado me utilizó para resucitar a otra persona que llevaba mucho tiempo muerta.
Pero, si ese chico regresa de entre los muertos, lo más probable es que no sea el que conocíais.
Esta vez, cuando Darien se atreve a volver a mirarlo, en su rostro hay confusión y un terror que hace que Caleb piense que daría lo poco que le queda (sus armas, las escasas provisiones con las que salió de palacio) por acercarse a él y tomarle de la mano para tranquilizarlo.
Sin embargo, porque le conoce, sabe que es demasiado pronto.
Sabe que tiene que acercarse con cuidado, con los pasos necesarios, como si el celestial fuera un animal más de ese bosque que los rodea.
Un pequeño cervatillo herido que echará a correr en dirección contraria al más mínimo ruido que le haga sospechar.
—¿Qué quiere decir eso? Derek es el mismo. Tú…
—Derek y yo acabábamos de morir cuando usaron el Amuleto con nosotros.
Y si tu amigo hubiera conseguido salvarle la vida aquel día, en la basílica, quizá también habría conseguido traerlo de vuelta sin demasiadas consecuencias, más allá del castigo de su dios.
Pero ahora lleva meses muerto, Darien. —El celestial aprieta los labios, dolido por el recordatorio.
Le brillan los ojos y esta vez a Caleb no le cuesta desentrañar la tristeza que hay en ellos—.
Cada día que su alma pasa en otro cuerpo es un día más en el que la esencia de lo que fue se diluye.
Lo que tu prima y yo vimos… —Frunce el ceño al pensar en la mujer pelirroja sobre el suelo de la mazmorra, en los distintos estados por los que pasó en cuestión de minutos—.
Cuando descubrimos que podías ver mis vidas pasadas, estuve…
confundido. Frustrado. No tenía claro qué sentimientos eran míos y cuáles de mis recuerdos y eso me hacía sentir perdido.
Era una sensación desagradable, pero solo eso: una sensación.
Al final, siempre he sido yo, mis sentimientos eran míos, al margen de los recuerdos que me arrancases.
Pero, en ese caso, era una persona extraviada para siempre entre todas sus existencias, incapaz de agarrarse a una única identidad.
Darien se ha puesto tan pálido que Caleb teme que esté a punto de vomitar. Ya no deshoja la flor que tiene entre las manos, pero la aprieta con fuerza.
—Eso es…
—Tan horrible como te imaginas. Por eso tu prima ha ido a buscar al antiguo Portador: para evitarlo, sea como sea. Cree que ella puede hacerlo entrar en razón.
El celestial deja escapar una risa carente de humor.
—¿Y cómo piensa hacerlo? Nathan no… No ha entrado en razón hasta ahora. No sabemos nada de él. Apenas sabemos quién es. Ninguno somos ya los mismos. Ni Lilith ni él ni… ni yo. Ni siquiera yo sé quién soy.
Lo dice como si pronunciarlo le doliera y eso es más de lo que Caleb puede soportar, así que se pone en pie.
No se siente recuperado, pero tampoco tan al límite de sus fuerzas como hace unos minutos, por eso se acerca y se arrodilla frente a él.
Darien lo observa con la mirada a punto de desbordarse y el necromante tiene que cerrar los puños para resistir la tentación de alargar las manos hacia él y tocarle la cara, el contorno de los ojos, esa boca que no deja de fruncir y que le gustaría que se relajara bajo la caricia de su pulgar o de sus labios.
Pero teme que un roce despierte un recuerdo que Darien no pueda controlar en ese momento, así que espera acariciarlo con las palabras, ya que no puede acariciarlo con el cuerpo.
—Yo sí sé quién eres, celestial. Te lo dije una vez, ¿no?
Alguien imperfecto, a veces incomprensible, lleno de contradicciones.
Sé que pierdes la noción del tiempo cuando lees, que te gustaría tocar a la gente que te rodea mucho más de lo que te permites, que estás tan acostumbrado a anteponer a los demás que a veces te olvidas de ti mismo.
—Y cómo odia eso. Cómo odia que se haya acostumbrado a ser el último que importa—.
Sé que a veces te sientes insuficiente y que dudas de todo lo que en el pasado te dijeron que no podías dudar, pero también sé que tienes más carácter de lo que el resto de la gente se imagina, porque confunden tu bondad con debilidad.
Sé que puedes parecer inofensivo, pero eso no significa que no sepas hacer sangre cuando te lo propones.
—Y cómo adora esa faceta suya. Cómo adora que a veces le sorprenda incluso a él, que le encare y le enfrente y luche como si siguieran siendo enemigos, aunque ya estén muy lejos de aquello—.
Sé cómo sabe tu cariño y tu desprecio, celestial.
Sé cómo eres, sé quién eres. Ante mí nunca te has escondido, ¿no?
Darien toma aire y el necromante se clava las uñas en la palma de la mano cuando ve la primera lágrima que se desliza por su mejilla. Se inclina hacia él, pero no lo toca. Todavía no. Hasta que él no se lo permita, no.
—Eres Darien —continúa. La voz se le suaviza, como si su nombre fuera un hechizo fácil de pronunciar, un silbido al que la naturaleza debe responder— y conozco todo lo que se esconde bajo ese nombre. ¿Entiendes por qué?
El celestial deja escapar un sollozo.
—¿Por qué?
Y Caleb, casi contra su boca, sin llegar a rozarla, responde:
—Porque estoy enamorado de ti.