La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
36%

Lilith

LILITH

El día que su hermano empezó su Peregrinación, Lilith lo vio marcharse desde la ventana de su cuarto.

El sol apenas empezaba a asomar, pero Adam cruzó el claustro a grandes zancadas y, sin mirar atrás, desapareció de la vista.

Se habían despedido la noche anterior, con un abrazo que ella fingió que le daba a desgana. Él le dijo:

—No aprovechéis que no estoy para meteros en problemas.

Ella apretó los labios y se olvidó de luchar contra sus brazos durante un instante.

Quiso responderle de malos modos, pero no fue capaz de convocar ni una sola palabra.

No pudo decirle que iban a estar mejor sin él, pero que prefería que volviese.

Tampoco fue capaz de confesarle que lo iba a echar de menos, aunque durante los meses que siguieron se arrepintió de no habérselo dicho.

Se maldijo por no haber sido lo suficiente valiente como para dejarle saber que lo quería, aunque fuera sin tener que pronunciar palabras de cariño demasiado obvias.

Porque había celestiales que tardaban años en volver de aquel rito de paso y a lo mejor ese era el caso de Adam.

Había celestiales que no regresaban nunca, y entonces lo último que recordaría de ella sería aquel abrazo torpe y que había guardado silencio.

Tal vez se habría sentido mejor si se lo hubiera confesado a alguien.

Darien la habría amonestado por no ser sincera (él podía hablar de sentimientos, él sí le había dicho a su primo cuánto lo iba a extrañar, aunque no lo hubiera abrazado hasta que Adam lo había obligado a hacerlo) y le habría asegurado que su hermano ya sabía todo lo que se callaba.

Nathan, por su parte, habría aprovechado para burlarse de ella, pero también la habría consolado.

Lo hizo sin saberlo un mes después, cuando se retiraron solos de la cena para ir a sus dormitorios y, al pasar por el claustro, su amigo se detuvo.

Lilith lo recuerda porque se lo quedó mirando y fue la primera vez que no lo reconoció.

Aquel día se preguntó desde cuándo parecía tan adulto.

El corredor apenas estaba iluminado, así que su expresión seria estaba recubierta de sombras.

Observaba las estrellas como si se hubiera perdido en ellas o estuviera buscando con ansias un mensaje escondido en su brillo.

—¿Has soñado con él?

En retrospectiva, la pregunta, junto a la actitud melancólica y amarga que tuvo durante el tiempo en el que Adam no estuvo en el Templo, debería haberle dado una pista de los sentimientos que Nathan tenía hacia su hermano, pero en aquel momento quiso pensar que su humor era un reflejo del de ella.

Ambos habían crecido con la misma gente, así que lo más probable era que Nathan también pensase en Adam como un hermano.

Por mucho que discutieran o se retasen, era normal que echase de menos al chico que le había enseñado a leer las estrellas y que los molestaba todo el tiempo.

—No. ¿Y tú? ¿Has visto algo?

Nathan apretó los labios con algo parecido a la preocupación, pero negó.

Su mirada seguía anclada en el cielo y Lilith tuvo la sensación de que, por un segundo, se olvidaba de que estaba justo a su lado.

Se preguntó si también la echaría de menos cuando llegara su propia Peregrinación.

Si buscaría en el firmamento alguna noticia de su presente o su futuro.

—¿Alguna vez te preguntas cómo será? Estar sola ahí fuera. ¿No te preocupa?

El chico seguía demasiado serio y la celestial supuso que quizá tenía que ver con que esa sería otra cosa que él no podría vivir. El Portador no podía salir de Daiva. El Portador apenas podía salir del Templo.

—Por supuesto que no —mintió, porque cualquier otra respuesta habría sido cobarde—. Aunque no sé cuánto tiempo estaré lejos y tengo miedo de que, sin mí, no sobrevivas en el Templo. O en palacio, si para entonces ya estás allí.

La sonrisa de Nathan destelló en la penumbra y a Lilith le dio la sensación de que un hechizo se rompía, de que al mirarla volvía a ser él, el chico dispuesto a aceptar cualquier reto. El que estaba encantado de bromear, sobre todo si era para meterse con ella.

—¿No será que lo que pasa es que no puedes ni pensar en marcharte sin mí?

La celestial resopló al tiempo que reemprendía la marcha.

—Destino nos pone a prueba, pero tener que asegurarme de que no te mueres mientras hago mi Peregrinación es más de lo que podría soportar.

La carcajada de Nathan hizo eco por los pasillos vacíos.

—Estarás perdida sin mí en cuanto pongas un pie fuera de las murallas, Lilith Rheiz.

No recuerda qué le respondió a eso. Tal vez algo desagradable para que quedara claro que no lo necesitaba, que era superior a él en todo.

Quizá incluso le dijo algo hiriente, como que ni siquiera lo iba a echar de menos o que estaba deseando tener un descanso de él después de tantos años obligada a aguantarlo.

La Lilith de aquel entonces se escondía así, en burlas o comentarios dañinos, en silencios.

Consideraba que los sentimientos la volvían débil, que las lágrimas eran una señal de fragilidad que no podía permitirse.

Y quizá no solo le ocurriera a la Lilith del pasado.

Mientras camina sola por Arsay, mientras se mueve por los bosques siguiendo la pista imposible del demonio de Nathan, la celestial es consciente de que en parte sigue siendo así.

Sigue ocultando lo que siente, sigue parapetada detrás de un escudo que, aunque esté resquebrajado, todavía la protege.

Del mundo exterior, pero también de todo lo que tiene dentro.

De todas las culpas a las que debería enfrentarse, de todas las cosas que todavía no se ha atrevido a decir en voz alta.

Admitir que Adam está muerto, que se ha ido para siempre y que ella se arrepiente de no haber podido despedirse de él es solo la primera de ellas.

La siguiente la encuentra en las caravanas de exiliados del Sacro Reino que se cruzan en su camino.

Ve la primera a los pocos días de llegar, intentando abrirse paso por los caminos estrechos.

Avanzan despacio, cargados con sus pertenencias.

Tienen un par de carros, pero van más llenos de gente que de objetos y comida.

Se ve que los han dejado para las personas que tienen más dificultades para caminar: hay varios ancianos, algunos niños pequeños que dormitan contra sus compañeros de viaje y una mujer embarazada que se acaricia la prominente barriga y le canturrea una canción.

Los demás avanzan por detrás con pesadez.

En cuanto los ve, la celestial se aparta para dejarlos pasar, con la capucha subida y el medallón bien oculto bajo la ropa.

Sabe que es ridículo, que parece que tuviera miedo de ellos, pero no puede evitar sentirse responsable por el sufrimiento de esa gente que ha tenido que abandonar su hogar.

Debería haber intentado evitar su exilio.

Debería haber hablado más con Ammarah, haber encontrado la forma de contrarrestar la seguridad con la que su madre la convenció de que la Purificación era una respuesta adecuada.

Mientras observa a la comitiva, no puede evitar pensar que ella ha matado a gente como esa.

Personas inocentes cuyo único pecado fue negarse a consagrarse o servir a otros dioses.

Algunos viajeros la saludan inclinando la cabeza y ella corresponde con un cabeceo sutil, sin hacer nunca contacto visual, pero se arrepiente cuando ya se alejan.

Esas personas pertenecen al Sacro Reino de Daiva, son su pueblo por mucho que hayan tenido que dejar atrás las murallas, y se supone que ella es su santa.

Debería hacer algo por ellos, lo poco que pueda, precisamente por todo lo que no ha hecho antes.

—¡Disculpad!

La última persona de la comitiva es un hombre pelirrojo que se gira hacia ella con sorpresa y cierta precaución.

Lilith se acerca a él y deja sobre su mano la bolsita con lo que queda de las monedas que Caleb le dio antes de abandonar Damira.

Todavía son bastantes, de oro puro. Le sorprendió ver la cantidad cuando la comprobó en el barco.

Sabe que no es suficiente para pagar la deuda que tiene, pero espera que pueda ser un principio.

—Es todo lo que tengo, pero me gustaría que os lo quedarais.

El hombre parpadea, incrédulo.

—¿Por qué?

—Allá donde voy yo no lo necesito. Y a vosotros os vendrá bien. Si seguís el río, encontraréis un pequeño puerto fluvial: desde ahí hay barcos que van a Odelia. Espero que podáis encontrar una nueva vida gracias a uno de ellos.

—Pero…

Lilith no dice nada más. No espera el agradecimiento ni la adulación, no los quiere, no los necesita, así que solo agacha la cabeza y se apresura a alejarse para continuar su camino.

Es esa misma tarde cuando encuentra a la lechuza.

El animal se apoya sobre el tocón de un árbol mientras ella trata de decidir qué camino debería tomar a continuación, izquierda o derecha, y, por un momento, la celestial se tensa al verlo.

Guarda la esperanza de que sea Altair, de que el celeste haya considerado que vuelve a necesitar un compañero de viaje o que haya decidido presentarse ante ella por la actitud que ha mostrado con los exiliados, pero sabe que es una idea tonta, la clase de esperanza que albergaría una niña.

Aun así, en ese momento se da cuenta de lo mucho que le gustaría volver a verlo.

A pesar de que no se lo merece, a pesar de que decidiera enfadarse con sus verdades en vez de afrontarlas y permitiese que la rabia lo apartara de ella, igual que ha estado apartando a todo el mundo.

Esa es otra de sus culpas. La lleva arraigada al pecho, como todas las demás.

—No eres tú, ¿verdad? —le dice al animal.

Y se arrepiente casi al instante, consciente de que, por muy atento que parezca, no hay nada de celeste en esa criatura.

Aun así, continúa hablando, por si Altair sí la está mirando desde alguna otra parte—.

Lo siento. No me porté bien contigo. No estuve a la altura.

Y… nunca te agradecí lo que hiciste por mí. Así que gracias. Por todo.

Le avergüenza darse cuenta de que las palabras pesan, de que las disculpas siguen siendo una lección que no se le ha dado bien aprender, pero en cuanto las deja ir se siente un poco más ligera. Se siente capaz de alzar el vuelo igual que lo hace el animal.

La lechuza desaparece entre la espesura, pero tras de sí deja una idea.

Los días con Altair hace mucho que quedaron atrás y Lilith no espera que vuelvan, pero pensar en él le hace pensar también en los dones que le mostró.

Los sueños no han estado dando resultado, es obvio que está perdida dentro de ese bosque infinito y no puede seguir sin rumbo fijo, pero hace ya tiempo que no es solo una soñadora, sino una santa, alguien bendecida por Destino, con poderes que otros celestiales no pueden alcanzar.

Altair le mostró cómo ver resquicios del futuro más inmediato sin necesidad de dormir, a adelantarse unos segundos en el tiempo a los movimientos de sus enemigos para defenderse.

Pero quizá pueda hacer lo mismo fuera de la batalla.

Quizá, en lugar de adelantarse a los pasos de otros, pueda adelantarse a los suyos propios.

Lo más difícil es concentrarse. Es un don que solo ha utilizado cuando estaba en peligro, pero el escenario en el que está ahora no es amenazante.

De todas formas, respira hondo y trata de recordar la desesperación que sintió esos días.

Trata de convocar a Nathan, de evocar la imagen del demonio, su sonrisa retorcida, sus ojos capaces de devorar la luz.

Intenta recordar también al chico que le lanzó su medallón para devolvérselo, el que le dijo que le había mentido con una sonrisa irónica en la cara.

Piensa en el brujo que vio en las mazmorras, el que le dijo que Adam lo perdonaría sin dudar, hiciera lo que hiciese.

Piensa en Nathan en todas sus formas, celestial y brujo, amigo y enemigo.

Piensa en todo lo que es y todo lo que ya no, piensa en todos los años juntos y en todo el tiempo separados.

«Por favor, Destino, deja que lo encuentre».

Al principio es poco más que una sombra.

Una ráfaga de viento que mueve el sotobosque.

Le da la impresión de escuchar pisadas, pero no es hasta que un escalofrío le sube por la espalda que otra Lilith se materializa entre los árboles.

La muchacha de su visión mira un segundo hacia atrás, como si quisiese guardarse la imagen del bosque en quietud, y echa a andar con paso seguro hacia la izquierda, hasta perderse entre los troncos.

Es una imagen tan rápida, tan borrosa, que Lilith no puede evitar dudar cuando se acaba, porque ni siquiera está segura de no habérsela imaginado.

Porque seguir a esa chica significa confiar en ella y no recuerda la última vez que lo hizo.

Quizá no lo haya hecho nunca, y por eso sus pasos son erráticos cuando se pone en marcha.

Apenas ha avanzado antes de volverse y mirar hacia atrás. Busca algo más, alguna pista, alguna otra señal de que está haciendo lo correcto. No la encuentra. Lo único que tiene a su alrededor es la foresta en calma y la sombra de un pájaro blanco que planea entre las ramas antes de desaparecer.

Lilith vuelve la vista al frente. Se aleja con pasos inciertos.

Y se obliga a creer.